Transgredir significa quebrantar, violar una regla, pasar por encima de lo que hacen todas y todos.
Yo soy transgresor. Por eso hoy, en lugar de hablar de lo que otros hablan, me voy a ir a una de las notas más sublimes del espectáculo y de la cultura de nuestra nación:
El reestreno, a la medianoche de hoy jueves 13 de agosto para mañana viernes 14, en el canal TLNovelas, de “Rina”, una de las telenovelas más importantes de todos los tiempos.
Por primera vez, la vamos a poder gozar completa, bien, en una versión remasterizada escena por escena por ese equipo de genios encabezado por Daniel Lares que tantas satisfacciones le ha dado a las audiencias más exigentes de la industria de la televisión de paga.
Volver a ver “Rina” de Valentín Pimstein hoy es como volver a ir al cine a ver “Canoa” de Felipe Cazals, como volver a escuchar el disco “El alma joven” de Juan Gabriel, como volver a leer “Las batallas en el desierto” de José Emilio Pacheco.
No se confunda. No estamos hablando de nostalgia. Es recuperar algo, regresar a un tipo de experiencia que el mundo digital nos arrebató, el descubrimiento de un México digno que supo crear en tiempos de censura y construir un imperio en el peor momento de la historia de la televisión iberoamericana.
Yo sé que ahora todo el mundo goza mucho quejándose de lo mal que está México, de nuestra violencia, de nuestra miseria, de la falta de apoyos para la creación artística y de esta censura tan terrible en la que estamos sumergidos.
Cuando “Rina” se estrenó en 1977, veníamos del momento más sangriento de la Guerra Sucia y nuestra moneda se había devaluado en un 76 por ciento. ¿Alcanza a entender lo que fue eso?
En aquellos tiempos, se hacía muy poco cine, el rock estaba prohibido, pensar en conciertos masivos era simple y sencillamente inimaginable y el gobierno controlaba cada palabra que se decía en radio y televisión.
Póngase a pensar, por favor, en cómo era la vida para aquellas familias con miedo, sin dinero, sin esperanza y sin válvulas de escape.
La televisión, que era la gran novedad tecnológica, que estaba en todos lados y que era gratuita, era nuestro único refugio.
Una empresa muy nueva llamada Televisa había conseguido sobrevivir al sexenio de Luis Echeverría y todas las noches, a través del Canal 2, llenaba de felicidad a las multitudes con un suculento menú de programas de comedia y variedades.
Había que aprovechar la llegada de José López Portillo a la Presidencia de la República para crecer. El nuevo presidente tenía otra visión, otra narrativa.
¿Qué clase de contenido se le podía ofrecer a la gran familia mexicana para que verdaderamente todas y todos sintieran un cambio, una mejora, una evolución?
¿Qué clase de contenido se le podía ofrecer a la gran familia mexicana para que no cayera en la peor de las depresiones?
La respuesta fue “Rina”. Yo sé que vista con los ojos de hoy parece una telenovela.
¡No! “Rina” era mucho más que una telenovela. No se le llamó serie porque en aquel entonces las series no eran este concepto genérico que tenemos ahora para nombrarlo todo.
¿Entonces cómo se le llamó? Teatro seriado. Ahí están los “spots” de la época que no me dejarán mentir.
La idea era desvincular esto de las telenovelas, que por ser femeninas y populares carecían de prestigio, asociarlo al teatro que era sinónimo de calidad y lo más importante de todo:
Acercar a un público más abierto, que incluyera a los hombres, que incluyera a los ricos.
A pesar de que la historia de la televisión mexicana está llena de extraordinarios contenidos dramatizados nocturnos, algunos entonados en melodrama como “El derecho de nacer” de 1966 y los inolvidables “Domingos Herdez” que nos regalaron joyas como “Yesenia” (1970) y “La maldición de la blonda” (1971), aquí hay algo fundamental.
“Rina” fue el primer teatro seriado, la primera telenovela, que se transmitió en horario nocturno, justo a las 21:00, en capítulos de 30 minutos, en una frecuencia de lunes a viernes.
México está en deuda con “Rina”. Si no hubiera sido por esta propuesta, jamás hubiéramos llegado a “Los ricos también lloran” (1978), “Colorina” (1980) o “Cuna de lobos” (1986).
A partir de esta historia original de Inés Rodena, increíblemente bien adaptada por el gran Luis Reyes de la Maza (“Mundo de juguete”, 1974), México no ha dejado de transmitir, ni por un momento, una telenovela por las noches.
“Rina” volvió sagrado el ritual de ver telenovelas. “Rina” fue el título que lo cambió todo y, por lo mismo, Emilio Azcárraga Milmo le dio carta abierta a Valentín Pimstein para que contratara un reparto como no se había visto otro, en aquel entonces, en nuestro país.
¿Por qué? Porque fusionaba lo mismo a las mejores actrices y a los mejores actores de cine, teatro y televisión del momento que a las mujeres más hermosas que fueran capaces de atraer al público masculino.
No hay manera de ver “Rina” y de no enloquecer con Ofelia Medina, Enrique Álvarez Félix, María Rubio, Carlos Ancira, Otto Sirgo, Rafael Llamas, Magda Guzmán, Lupita Lara, Miguel Córcega, Guillermo Zarur, Salvador Pineda y Miguel Palmer.
Además de Olga Breeskin, Alicia Encinas y una diosa que venía del cine de ficheras: Sasha Montenegro.
Para no hacerle el cuento largo, el elenco de esta joya está plagado de curiosidades que van desde una Laura Zapata haciéndola de secretaria hasta nuestro nominado al Oscar, el señor Demián Bichir, pero de niño.
Estamos ante un acontecimiento lleno de anécdotas, de virtudes.
Luche con todas sus fuerzas por ver el reestreno de “Rina” en el canal TLNovelas. Le va a gustar. De veras que sí.