Aunque casi todos coinciden en el origen de la palabra bohemio, el simbolismo se dispara hacia diferentes interpretaciones. Si bien surge por aquellos migrantes que llegaban a diferentes países de Europa, habiendo salido de Checoslovaquia, el término se fue transformando y llenándose de connotaciones distintas, enriqueciendo la polisemia al mismo tiempo que se ampliaban las posibilidades de la exégesis; además de las aportaciones que cada país le daba desde su visión y su cultura.
Un bohemio es un forastero, un gitano, un excéntrico, un fuera de la ley, un rebelde, un vagabundo o hasta un paria. Con este espectro tan amplio es arriesgado atreverse a definir qué es la bohemia y quiénes son los que forman ese grupo, movimiento o corriente; y, sin embargo, podría ser todo esto y mucho más. Desde mi opinión personal, aquel que pertenece a la bohemia tiene que ser de alguna manera artista, creador. Es imposible que un bohemio no tenga una conexión estrecha con el arte; de no ser así, lo podríamos etiquetar de todo menos de bohemio.
Quizás el punto más álgido de esta corriente se vivió en Francia en los barrios menos favorecidos de París y de algunas otras ciudades. En aquel entonces, algunas de las características más importantes, vistas como un ideal, eran el desprecio por el dinero y la estima hacia la amistad.
Tales rasgos quedaron plasmados por Charles Aznavour en su canción “La Bohème”. Sugiero escucharla en francés, la traducción pierde mucho del sentido que el compositor muestra en el idioma que utilizaba para escribir.
“Les hablo de un tiempo que los menores de 20 años no pudieron conocer Montmartre en esa época: exhibía lilas colgando bajo nuestras ventanas, en el humilde hogar que nos servía de nido, aunque no tuviera buen aspecto; pero fue ahí en donde nos conocimos, yo que (gritaba) moría de hambre y tú que posabas desnuda. La bohemia, la bohemia, quería decir: somos felices. La bohemia, la bohemia entonces comíamos un día y dos no…”. La traducción libre es mía.
Yo me imagino a José Alfredo caminando por las calles de Montmartre o del Barrio Latino con una libreta bajo el brazo y con el estómago vacío, mientras de su mente y corazón brotan versos y notas que después escribiría tarareando una música para cantarnos que, más que de hambre, padecía de amor. Tenemos un ejemplo en su canción “El derrotado”:
“Que vivo en las cantinas, que duermo dondequiera, total… que soy un paria que pronto va a morir”.
No obstante, pienso que el paradigma se encuentra en uno de los temas más cantados “Ella”:
“Me cansé de rogarle, con el llanto en los ojos alcé mi copa y brindé por ella, no podía despreciarme: era el último brindis de un bohemio con una reina…”.
El estilo bohemio desde sus inicios quedó también enlazado a la parranda, a la vida nocturna, a la frugalidad y a las pasiones. Su conexión con la poesía y la música es esencial; van de la mano. Existen óperas como La bohème de Giacomo Puccini o Carmen de Georges Bizet que presenta una temática gitana y un estilo de vida que se consideraba fuera de la ley, ya que exaltaba las pasiones y la libertad desbordada.
En la canción “Esta noche” José Alfredo muestra este tipo de excesos:
“Esta noche me voy de parranda para ver si me puedo quitar una pena que traigo en el alma que me agobia y que me hace llorar. Si me encuentro por ahí con la muerte, a lo macho no le he de temer, si su amor lo perdí para siempre qué me importa la vida perder…”.
Vemos en estas dos estrofas, por un lado, la determinación y por otro, el desapego a la vida. La muerte es uno de los tópicos que más trabajaron los Románticos y de distintas maneras, la bohemia se familiariza y se encanta de las expresiones románticas, principalmente por sus lazos intrínsecos con el yo. Qué me importa la vida perder es un verso que podría haber cantado el joven Werther antes de suicidarse.
“Esta noche le doy serenata, no me importa perder o ganar, esta noche le canto a la ingrata tres canciones que la hagan llorar. Si me matan al pie de su reja a lo macho me harían un favor, qué más puedo pedirle a la vida que morirme juntito a mi amor”.
Qué dulce suena esta sentencia, la serenata encamina al enamorado a su último viaje, morir de amor o de hambre son sinónimos, no hay antagonismos, el vagabundo nocturno se dirige voluntariamente al cadalso. En “Pa’ todo el año” hay otra muestra:
“Si te cuentan que me vieron muy borracho, orgullosamente diles que es por ti, porque yo tendré el valor de no negarlo, gritaré que por tu amor me estoy matando y sabrán que por tus besos me perdí”.
Coincide que me regalaron entradas para ver Moulin Rouge durante mi reciente estancia en Nueva York, es un gran ejemplo para ilustrar este movimiento, dentro del sitio ideal, dentro del paisaje que nos remite a la bohemia y con los personajes que caracterizaron aquel momento. Me siento ahí como un observador consciente que vibra con todos los sentidos al introducirse en la experiencia. La película es una buena opción para entrar en el tema.
En esta ocasión, me despediré con unos versos de algo más contemporáneo, que surgió de la inspiración de otro gran bohemio, Martín Urieta:
“Bohemio de afición, amigo de la farra de noche mi timón navega sin amarras, el antro de lo peor me atrapa entre sus garras si hay vino, si hay mujeres y guitarras…”.