Con motivo del reciente festejo mundial para conmemorar el Día del Libro, el pasado 23 de abril, recibí correos, mensajes y artículos sobre el tema; entre ellos, algunos me hicieron recordar que siempre he considerado a mi padre como mi primer cuentacuentos. Es lindo sentirlo así, ya que desde pequeña su voz me acompaña y me cuenta la vida.
Uno de los primeros relatos es el corrido de “El caballo blanco”. Me parece que ya hemos hablado de esta historia en otra columna; sin embargo, me parece importante destacar que esta canción posee los elementos más característicos del cuento popular que señala con precisión Valentina Pisanty: “Aparentemente, tiene una estructura muy sencilla que comprende: planteamiento, nudo y desenlace; aunque esto puede variar de relato a relato, dependiendo de cada tema.
Aquí encontramos personajes planos: el caballo blanco y el noble jinete que juntos atraviesan un conflicto; es atemporal y es concreto, uno de sus rasgos principales es la brevedad. Así, podemos deducir que la canción, de manera particular el género del corrido, se ancla en esta estructura y tiene la necesidad de atrapar desde los primeros versos la atención del escucha”.
“Este es el corrido del caballo blanco que en un día domingo feliz arrancara; iba con la mira de llegar al norte habiendo salido de Guadalajara…”.
Gracias a la columna de Adriana Malvido me enteré que en un país muy lejano montaron dentro de la Biblioteca Británica de Londres una exhibición interactiva que te introduce, mediante un libro gigante, al increíble mundo de las tierras fantásticas que viven en los cuentos. Era un viaje fascinante a través de los relatos más significativos de los diferentes países del mundo.
Esta experiencia suena maravillosa, dan ganas de tomar el primer avión para visitarla. Es un impulso que nace del deseo, queriendo encontrar la manera de lograrlo. De pronto, me ubico en mi circunstancia, cierro los ojos y siento que a pesar de la distancia yo ya traspasé esa puesta en diferentes escenarios, porque he escuchado o he leído desde niña cada uno de esos mágicos relatos.
No es necesario trasladarme a Londres, me basta con dirigir mis pasos al librero y elegir algún tomo que me haga experimentar la narración al sumergirme en sus páginas.
Así aprendí a vivir las canciones de papá sufriéndolas y gozándolas: “Al otro lado del puente de La Piedad, Michoacán, vivía Gilberto el valiente nacido en Apatzingán, siempre con un perro negro que era su noble guardián…”.
Nunca había estado en esa zona del país y, sin embargo, dentro de mí hay la imagen de un puente que se quedó grabada en mi memoria y es el que me lleva a La Piedad.
Juan Rulfo afirma que uno de los principios de la creación literaria es la invención y agrega: “Somos mentirosos; todo escritor que crea es un mentiroso, la literatura es mentira, sale por una recreación de la realidad; recrea la realidad.”
Añado yo: tanto el lector como el escucha comparten con el autor esa mentira y suma sus propias mentiras al imaginar su puente, su perro negro, sus personajes. “Quería vivir con la Lupe, la novia de don Julián, hombre de mucho dinero acostumbrado a mandar; él ya sabía de Gilberto y lo pensaba matar”.
José Alfredo en estas dos estrofas ha desarrollado dos de los pasos que Rulfo considera importantes para la creación de un cuento. Ha presentado la creación de los personajes y ha creado el ambiente en donde éstos se moverán.
“Un día que no estaba el perro llegó buscando al rival, Gilberto estaba dormido ya no volvió a despertar. En eso se oyó un aullido, cuentan de un perro del mal: era el negro embravecido que dio muerte a don Julián…”.
Nos bastan estos versos para darnos cuenta de la analogía que existe entre las canciones y los cuentos o microrrelatos. Los pasos de Rulfo se adaptan al proceso creativo de una canción. Quizás, estimado lector, conoces el desenlace de la tragedia que narra el corrido, de no ser así te invito a escuchar en tu dispositivo alguna de las distintas interpretaciones que tiene.
Yo no quiero dejarte con una opresión en el pecho, de ahí que, por aquello de hacerle al cuento, te platicaré una anécdota que me tocó vivir en el mausoleo de mi padre.
Una mañana calurosa en Dolores Hidalgo, Guanajuato, llevamos a unos amigos a visitar la tumba de José Alfredo y nos encontramos con un personaje que llevaba sombreros, sarapes, jorongos, botellas y caballitos de tequila. Ofrecía sus servicios de guía a los turistas y les prestaba las prendas para hacerles fotografías con sus celulares; era, desde luego, una forma de ganarse la vida. Muchos de los visitantes aceptaban la propuesta y algunos brindaban con el tequila que les convidaba. Hasta ese momento la situación era aceptable.
De repente, el guía sacó su guitarra y comenzó a rasgar las notas del perro negro mientras, detrás de las tumbas aledañas fueron apareciendo unos cuantos cachorritos negros que jugueteaban entre sí. El personaje con presencia y desparpajo dijo: “Son descendientes del Perro negro, pueden comprarlos, así tendrán cerca de ustedes un implacable defensor de sus vidas, un fiel compañero.”
Hay intentos que nos quieren llevar a vivir esa magia fuera de los libros. Disneylandia es uno de los que más se acercan. No lo experimenté, pero el ejemplo de Adriana Malvido en Londres, suena grandioso. En Verona se puede visitar el balcón de Romeo y Julieta.
Caray, estábamos hablando de personajes ficcionales, a mí me sorprendió ver que existen personas que se atreven a desafiar la ficción llevando la mentira al terreno de la realidad. Creo que Rulfo tiene razón: hay mucho de mentira cuando le hacemos al cuento.