Cultura

“El jinete”

Milenio M logo
Únete al canal de Milenio  
No hay suficientes manuscritos para desarrollar una cartografía completa de las canciones que escribió José Alfredo | Especial
No hay suficientes manuscritos para desarrollar una cartografía completa de las canciones que escribió José Alfredo | Especial


Cuando los escritores y poetas dejan manuscritos, mecanoscritos o algún otro soporte material, los investigadores tenemos la ventaja de rastrear, estudiar y hacer conclusiones sobre esos textos. Desafortunadamente, no cuento con suficientes manuscritos para desarrollar una cartografía completa de las canciones que escribió mi padre. Sé que estas son un testimonio, por eso he seguido ese mapa con la finalidad de expresar, desde mí interior y con fundamentos de investigación, lo que encuentro y lo que siento a través de sus letras. Por suerte, de repente, en su libreta negra aparecen algunas curiosidades que me permiten hacer hermenéutica y escribir algo sobre ellas.

“El jinete”, para muchos una de sus más bellas canciones, ha sido un tema que ha despertado polémicas distintas por varias razones. Una que a mí me parece fuera de lugar es la que afirma que José Alfredo compuso esa canción a la edad de once años; desde luego, eso es falso, gracias al hecho de tenerla dentro de su libreta negra, podemos constatar el dato, pues él mismo escribió: Letra y música de: Alfredo Jiménez Sandoval, febrero de 1944. Mi padre aún no se daba a conocer en el ambiente artístico, acostumbraba firmar y reconocerse por el nombre que aparece en su acta de nacimiento, el de pila, es decir el de José, lo agregó el sacerdote precisamente el día de su bautizo.

“Por la lejana montaña va cabalgando un jinete, vaga solito en el mundo y va deseando la muerte…”.

Desde la primera estrofa el autor nos ha revelado una amplia gama de significados. Sabemos que es un jinete, porque cabalga. Sabemos también que va buscando la muerte, aunque desconocemos aún la razón. Pero cuando evocamos la imagen de un jinete, casi siempre, aparece ante nosotros, una suerte de héroe rodeado de atributos de grandeza y, sin embargo, el jinete de Jiménez, vagabundo y solitario va deseando la muerte. Tal reseña me transporta a la observación de Jung, al señalar que la imagen contemporánea de un jinete está relacionada al miedo y a la desesperación internas.

“Lleva en su pecho una herida, va con su alma destrozada, quisiera perder la vida y reunirse con su amada…”.

La segunda estrofa confirma mi sospecha y lanza la interpretación hacia múltiples sentidos. Por una parte, “El jinete” es un canto cargado de imágenes bañadas por la brisa del erotismo. La lejana montaña invoca; está cargada de sentido. La montaña es la presencia de la divinidad, es la proximidad de Dios como menciona Jean Chevalier: “Por su altura, verticalidad y elevación participa del simbolismo de la trascendencia”; el jinete cabalga en ella solo y vagabundeando, haciéndonos sentir su desolación y la búsqueda de su único anhelo: la muerte, otro de los elementos más relevantes de la concepción erótica. Apunta George Bataille, “La posesión del ser amado no significa la muerte, antes al contrario; pero la muerte se encuentra en la búsqueda de esa posesión”; es ese deseo el objetivo del protagonista. En esta canción encontramos la lucha de los opuestos que, a pesar de verse como irreconciliables, son, dentro de esta controversia, complemento del Eros –vida– frente a Thanatos –muerte–. La dualidad juega entre los diferentes planos: pecho-alma, que son la materialidad del cuerpo y la espiritualidad del alma; el jinete-la amada, que son hombre y mujer, vivo y muerta.

Siento que, de alguna manera, el poeta une en estos versos la ancestral idea de las dos fuerzas que rigen el universo: alma y espíritu, corazón y mente; antagónicas, pero complementarias. Energía femenina y energía masculina danzando para lograr el equilibrio.

Por su parte, el caballo es un símbolo muy complejo, pues desemboca en la imaginación y, así, por analogía, se le puede asociar “a la tierra en su papel de Madre, su luminaria la luna, las aguas y la sexualidad, el sueño y la adivinación, la vegetación y su renovación periódica”. Apunta Chevalier. Después de esta lectura, se manifiesta con claridad que para encontrar la muerte, el jinete debe ir montado en un caballo, pues “no es un animal como los otros. Es la montura, el vehículo, el navío, y su destino es pues inseparable del humano”. Hay un vínculo complementario entre hombre y caballo: el primero guía durante el ciclo diurno, el segundo lleva a su auriga por las tinieblas de la noche; el acuerdo es tácito, el misterio sigue siendo la vida misma, Explica Octavio Paz: “La realidad, ella misma, es doble: presencia y ausencia, cuerpo e imagen. La realidad, la vida y la muerte, el erotismo, en fin, se presenta siempre como una máscara fantasmal. Esa máscara es nuestro verdadero rostro. Sus rasgos son la cifra de nuestro destino: no la paz y la salud, sino la lucha, el abrazo de los contrarios”. Los jinetes están revestidos de una magia, pues representan a los héroes.

“La quería más que a su vida y la perdió para siempre, por eso lleva una herida, por eso busca la muerte…”.

La muerte no es un fin en sí misma y, no obstante, es percibida como liberadora. La Muerte, al ser hija de la Noche y hermana del Sueño, evoca el delirio, la entrada al inaudito mundo de las sombras que, de algún modo, es complemento del alma, de esa alma ya materializada, pues donde hay sombra tiene que haber luz. El pecho simbolizaría esa materialidad del alma y también su lado masculino y, también, al héroe, al valor del cual el héroe va investido; mientras que el alma podría representar ese principio femenino de donde todo emana: En La llama doble, apunta Octavio Paz: “Ese algo es la fascinación erótica, lo que me saca de mí y me lleva a ti: lo que me hace ir más allá de ti. No sabemos exactamente lo que es, excepto que es algo más. Más que la historia, más que el sexo, más que la vida, más que la muerte.” Pues Eros tiene un doble atributo: es luz y es sombra.

Con su guitarra cantando se pasa noches enteras, hombre y guitarra llorando a la luz de las estrellas. Después se pierde en la noche y aunque la noche es muy bella, él va pidiéndole a Dios que se lo lleve con ella.

Al igual que Orfeo, este jinete quiere bajar al inframundo a rescatar a su amada. Me parece que en estas dos últimas estrofas el poeta hace titilar una constelación de símbolos que se despliegan en el cosmos interno de José Alfredo para deleite de todos sus escuchas. Es evidente que unos versos tan potentes no podrían salir de un pequeño de once años; no obstante, mi padre tenía apenas dieciocho. Dejo, con gusto, el manuscrito para que tú, querido lector, veas los pequeños cambios que José Alfredo hizo cuando finalmente la grabó en 1953, casi diez años después de haberla compuesto para la casa de discos Columbia. Algunas reflexiones pertenecen a mi tesis doctoral.


Google news logo
Síguenos en
Paloma Jiménez Gálvez
  • Paloma Jiménez Gálvez
  • paloma28jimenez@hotmail.com
  • Estudió la maestría en Letras Modernas en la Universidad Iberoamericana, y es Doctora en Letras Hispánicas. Desarrolló el proyecto de la Casa Museo José Alfredo Jiménez, en Dolores Hidalgo, Guanajuato. Publica su columna un sábado al mes.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.