Política

Menos tecnología, mejores profesores

Con estas palabras Alex Rayón, investigador en inteligencia artificial, tituló una columna que levantó ámpula a finales de 2018. A la provocación le acompañó una verdad indiscutible: la tecnología digital aplicada en las aulas, por cara o sofisticada que sea, no garantiza la generación de conocimientos de calidad ni evita el fraude académico.

Proporciones guardadas, ese fue uno de mis objetivos en mi entrega pasada: incomodar. Una vez conocidos algunos de los efectos que traerá consigo el uso indiscriminado del ChatGPT, aunque nos irrite, debemos reconocer que no podemos tapar el sol con un dedo y apelar a la conciencia y convicción moral del estudiante tampoco sirve de mucho.

En todo caso, necesitamos ir más allá de rasgarnos las vestiduras, y dedicarle tiempo a conocer el funcionamiento del programa, utilizarlo con soltura y convertirlo en un recurso didáctico que facilite los procesos de aprendizaje en el aula. Del mismo modo que un virus se usa para elaborar una vacuna, el ChatGPT puede ser utilizado de manera positiva y constructiva. Me explico.

Siguiendo algunas recomendaciones que el mismo Alex Rayón nos compartió en un congreso en el que participé esta semana, lo primero que debemos hacer es recuperar dos prácticas “tradicionales” que hemos dejado por darle paso a tecnologías digitales “sofisticadas”: leer libros en papel y escribir en cuadernos –el valor formativo de ambas acciones está documentado en muchas investigaciones–.

En segundo lugar debemos recuperar el protagonismo docente. La tecnología solo es un medio, un recurso que las y los profesores deben utilizar para asegurarse que sus estudiantes efectivamente aprenden.

En tercer lugar, entendido como una renovación de la práctica pedagógica, como dice Rayón, es fundamental tener claro cuándo es conveniente usar la inteligencia artificial en el aula, y cuándo debe dejarse de lado. Por ejemplo, resultará muy provechoso usar el ChatGPT para encontrar respuestas dadas a preguntas muy concretas o para reformular cierta información que está disponible en la red. Será conveniente usarlo para buscar respuestas a problemas concretos, pero muy poco conveniente si se busca responder problemas complejos.

La cuestión está en saber cómo, cuándo y para qué usarlo. Satanizarlo o, más aún, hacer lo indecible para impedir que los y las estudiantes lo usen, además de inútil, resultará tan absurdo como negarles la posibilidad de usar una calculadora, computadora o celular en el aula.

Pablo Ayala


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Pablo Ayala Enríquez
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