John Gray abre Perros de paja. Reflexiones sobre los humanos y otros animales con una puntillosa provocación: “La filosofía moral es una rama de la literatura de ficción”.
Después del jugoso abreboca y tras reconocer que la moral es “importantísima”, Gray da un nuevo paso en su crítica al señalar que si somos completamente sinceros con nosotros mismos, llegaremos a la conclusión de que la moral juega en nuestra vida un papel mucho más reducido del que nos enseñaron debía desempeñar. Como género de ficción no pasa de ser un conjunto de “historias que nos explicamos a nosotros mismos y a otras personas acerca de nuestras vidas, para dar a éstas un sentido del que de otro modo carecerían, pero al hacerlo ocultamos la verdad de cómo vivimos”.
Esta forma de entender la reflexión moral y su aterrizaje en la vida diaria, me parece, mantiene un cierto paralelismo con las fantasías embebidas en el discurso transhumanista. Me explico.
Su telón de fondo exhibe el siguiente lema: echando mano de la tecnología, las personas podemos mejorar y perfeccionarnos en lo físico, cognitivo y moral. Heredero del proyecto renacentista ilustrado (Sandberg), el transhumanismo defiende que la especie humana puede trascenderse a sí misma (Huxley) a través de la exploración de nuevos modos de ser (Bostrom). El enfoque de esta mejora evolutiva puede darse en los planos individual, colectivo-terrestre y cósmico.
De su vocación “mejorista” se desprende su perspectiva ética: los humanos pueden y deben mejorar.
Si es posible revertir una discapacidad física congénita, mejorar las capacidades intelectuales, frenar la pérdida de músculo, controlar nuestro ritmo cardiaco, el influjo negativo de nuestras emociones y aquella larga lista de cosas que podríamos mejorar para que nuestra vida sea más grata y feliz, ¿por qué no deberíamos hacerlo? Si la moral apuesta por lo mejor, ¿quién desearía que la enfermedad, la vejez o la falta de capacidades continuaran siendo el principal obstáculo en su vida?
Piense, por ejemplo, en su trayectoria laboral. Imagine que, como decía en la entrega pasada, puede comprar e insertarse en el cerebro un microchip que le permita hablar cuatro idiomas, triplicar su IQ, resistir, fresco y alechugado, jornadas laborales de 12 horas y cuadruplicar sus capacidades lógico-matemáticas.
Si estuviera en sus posibilidades económicas, ¿se haría de dicho dispositivo? ¿Lo utilizaría activamente? ¿Revelaría a sus jefes, compañeros y subordinados que usted es medio cyborg?
¿Esta mejora tecnológica de sus capacidades encierra alguna controversia ética? De ello hablaré la próxima entrega.