De alguna manera u otra hemos enfrentado la experiencia del mal. Visto así, como señala Rüdiger Safranski, “no hace falta recurrir al diablo para entender el mal. [Porque] el mal pertenece a la libertad humana. Es el precio de la libertad”.
Como seres no fijados, no determinados de una manera, irremediablemente, nos vemos enfrentados al dilema de darle rienda suelta o ponerle un freno a nuestra capacidad de ser libres. A diferencia de nosotros, la naturaleza no es mala. Un tornado, un tsunami o un volcán no brotan decididos a provocar una desgracia; las personas sí. Tampoco los animales no humanos se levantan cada mañana movidos por la sed de venganza; las personas sí. De ahí que el mal no se queda en el plano de la abstracción conceptual. Como dice el mismo Safranski, el mal “sale al paso de la conciencia libre. […] La conciencia puede elegir la crueldad, la destrucción por mor de ella misma”.
Esto último nos permite entender por qué existen personas que, sin padecer una enfermedad mental, realizan actos malvados por el gusto de serlo. A este tipo de gente de poco le sirven las fórmulas moralinas que tratan de inhibir o desactivar el mal. Son conscientes del mal que provocan sabiéndose libres de hacerlo.
Han corrido ríos de tinta describiendo la relación entre libertad y maldad. La mitología griega está repleta de historias que lo ilustran, los filósofos de la antigüedad, los pensadores del medievo, los renacentistas, los ilustrados, los modernos y los posmodernos han tratado el tema, pero sin llegar a conclusiones definitivas.
Traigo a cuento este asunto del mal, a raíz de una discusión que sostuve el fin de semana con un grupo de amigos que reaccionaron a mi artículo pasado. Una pregunta llevó a otra cada vez más acalorada: ¿Puede una acción aislada convertir a una buena persona en alguien malo? ¿Quién se queda solo en la intención, es menos malo que quien la convierte en acciones? ¿Qué tanto mal y de qué tipo, es admisible? Quien ha generado un mal, ¿puede ser considerado bueno en el conjunto de su vida? ¿Caben los matices? ¿Cuáles serían socialmente aceptables? ¿Hay grados? ¿El contexto los vuelve aceptables?
Dada la complejidad moral de cada una de estas preguntas, evidentemente no alcanzamos un acuerdo. Por suerte, antes de que la cena se enfriara vislumbramos una certeza: no éramos los más buenos del barrio, pero, eso sí, malos no somos.