En la entrega pasada dije que la moral transhumanista descansaba en la siguiente premisa: si existe la tecnología con la cual podemos mejorar nuestra condición individual, social, mundial y cósmica, es un deber moral echar mano de ella.
Sin duda, este punto de partida suena razonable, sin embargo, las controversias éticas surgen cuando tratamos de materializarlas en el marco de la sociedad de mercado, ya que en ésta los deseos y las necesidades pueden satisfacerse siempre y cuando se tengan los recursos económicos para ello.
De este hecho se desprende uno de los primeros dilemas del discurso transhumanista: ¿Debo mejorar la condición propia, cuando dicha mejora implica que otras personas queden más relegadas de lo que estaban?
El credo neoliberal formula que la libertad, si no riñe con el marco legal, no debe ser limitada, de ahí que si se cuenta con los recursos económicos y tecnológicos para ello resulta absurdo no cumplir el sueño de convertirse en un súper humano. ¿Y dónde queda esa parte del discurso transhumanista que habla del deber de mejorar las comunidades que integran nuestro planeta?
Que yo “trascienda” a través de la tecnología mis debilidades genéticas y limitaciones físicas, no garantiza que dichas mejoras vayan a ser puestas al servicio de los demás. Por ello, los castillos sociales dibujados en el aire por el transhumanismo, a la hora de la verdad, no pasarán de ser un coto exclusivo de esa delgada capa de la población que puede disfrutarlos, simplemente, porque tiene los recursos para hacerse de ellos.
El imperativo moral transhumano de mejorar la sociedad echa aguas por todos lados, ya que los valores que orquestan la sociedad de mercado (rentabilidad, productividad, resultados, etcétera) difieren de los perseguidos por la sociedad cívica, es decir, esa donde la maximización del bienestar individual cede su lugar al bien común, a lo socialmente justo.
Llevado al contexto de los países y las regiones este pernicioso efecto social se acentúa. El primer mundo, solvente como es, podría mejorar su situación desplazando al quinto, sexto o séptimo lugar a los otros mundos. El norte seguirá siendo más poderoso y el sur de precario pasará a paupérrimo.
Dicho lo dicho, sigo convencido de que esa parte del discurso transhumanista que proclama que la sociedad en su conjunto será mejor cuando la tecnología gane la carrera a la naturaleza física humana, es pura fantasía. Atractiva, sin duda, pero irreal como puerto societario de llegada.