En este mismo espacio, echando mano de una expresión que emplea la filósofa española Adela Cortina, dije que a la moral le pasa lo mismo que al peso, la estatura o el color de la piel: todos tenemos una cierta altura, tonalidad y volumen moral. Cuando digo todos, me refiero a todos, incluso a los que creen y sienten estar más allá de ella.
Antes de ir al punto de lo que quiero decir, es importante hacer una acotación, para que no se me acuse a priori de antilópezobradorista o anticuatroteísta: todo lo que tenga que ver con nuestra muy particular idea sobre lo que significa vivir de manera plena y realizada, pertenece al ámbito de la felicidad, es decir, de la moral privada. Si el sentido de mi particularismo proyecto de vida no me afecta, ni afecta o interfiere con la vida de los demás, que los demás hablen y digan lo que quieran, porque la felicidad es variopinta y, por tanto, imposible de imponer a los demás. En un país donde existen libertades civiles y políticas, lo más razonable es dejar vivir a cada quien con su budismo, cristianismo, ateísmo, veganismo, vegetarianismo, minimalismo, morenismo, priismo, verdismo y demás filias existenciales.
Cosa muy distinta es el terreno de la justicia, porque en éste la obligación, y no la apetencia, lleva mano. Aquí, como dice la misma Cortina: “El criterio para discernir cuándo una exigencia es justa no es la intensidad del griterío en la calle o las redes, sino que consiste en comprobar que satisface intereses universalizables, no sólo los de un grupo, ni siquiera sólo los de una mayoría. Ese es el mejor argumento, el corazón de la justicia”.
Traigo a cuento esta idea, porque me preocupa la velocidad a la que se desploman los ideales morales que colocaron en la silla presidencial a López Obrador y Sheinbaum. El no robar, no mentir y no engañar dejaron de ser un imperativo categórico de la acción para convertirse en un mandato condicionado por la apetencia, la avidez y el gandallismo. La exigencia moralina se emplea según convenga, pero sin autoexigirse actuar conforme a los principios que constituyen la base de la moral pública. Los López, Ebrard, Noroña, Delgado, López Hernández, Batres y Monreales, son ejemplo de ello.
En alguna forma, Claudia Sheinbaum aún podría recomponer su talla moral. Esto le urge, porque salir limpia del lodazal de muchas prácticas morenistas será lo único bueno que recordemos de su triste mandato.