Si bien la reforma electoral fue, paradójicamente, la gran ausente del anuncio de la reforma electoral, toda vez que el texto de la iniciativa sigue sin presentarse, ayer hubo anuncios importantes. Subrayadamente, la modificación en el sistema de asignación de las diputaciones de representación proporcional –además con la genialidad de transformar todo sin tocar ni el número de curules ni la fórmula para asignarlas–, así como la desaparición de las senadurías plurinominales –que aplaudo sin duda por la deformación que infringían a la representación igualitaria de las entidades y con ello al bicameralismo.
Pero también está todo lo que se dijo entre líneas. Primeramente, Claudia Sheinbaum apuntala su fortaleza en dos mensajes: sentido de responsabilidad histórica y convicción ideológica. Lo primero, lo dijo con todas sus letras cuando le preguntaron si sería una derrota si su iniciativa no se aprobaba en el Congreso. Respondió que no porque, en todo caso, la Presidenta habría cumplido con el mandato popular. Es ella, con el pueblo, frente a la historia y a pesar de diputados y senadores. Y en ese ardid pone a los legisladores contra la pared: estar contra la Presidenta es estar contra el pueblo.
El tema de la congruencia ideológica lo marcó cuando dijo que nunca ha estado en favor de las listas y que la prueba de ello era que cuando le propusieron encabezar una, no aceptó. E inmediatamente deslizó que quien se lo había propuesto era el propio López Obrador, dejándolo así en el mismo grupo que todos los jerarcas partidistas que utilizaban los listados para acomodar a sus alfiles, estrategia que, reiteradamente, mencionó que la ciudadanía repudia.
Sin texto conocido, las negociaciones siguen abiertas… sobre los demás elementos. Es decir, en un escenario en el que la falta de acuerdos podría paralizar el proceso, la Presidenta tomó lo que había de valor para ella en la reforma y lo puso a salvo al comunicarlo. Pero bien dicen que “el diablo está en los detalles” y tendrá que cuidar mucho lo que realmente se consigna en la iniciativa y, posteriormente, lo que realmente se aprueba en las Cámaras. Ya sabemos cómo se las gastan los duendes legislativos.