El día de ayer el politólogo José Antonio Beltrán compartió en sus redes sociales lo siguiente: “A las instituciones públicas se llega a aportar prestigio y a sumar legitimidad, no a intentar construirlo a partir del cargo”. Comparto totalmente su reflexión, la cual considero que hay que leer en, al menos, dos niveles.
En primera instancia está el contar con los conocimientos que hacen a la persona competente para ocupar dicho cargo. El prestigio y la legitimidad en la mayoría de los casos tienen como fuente primaria el tener un expertise reconocido en el ámbito específico de la responsabilidad para la que se es nombrado. Además, en los niveles directivos, hay que sumar las competencias de liderazgo, trabajo en equipo y administración financiera, ya que sin importar cuán experta sea una persona en determinado tema, desde el momento en que tiene personal y presupuesto a su cargo a fin de alcanzar los objetivos que le corresponden, hay todo otro grupo de habilidades que se ponen en juego. En síntesis, a los cargos públicos no se puede llegar a aprender.
El segundo piso de esta reflexión tiene que ver con que el prestigio es un capital propio que la persona de alguna forma invierte en la labor que le es confiada. Un funcionario que cuente con él tendrá mucho más cuidado en llevar a cabo un desempeño íntegro y eficiente, toda vez que, poniéndolo en palabras sencillas, de no hacerlo, su buen nombre está en juego. Los personajes anodinos no perciben el pago de un costo sobre una reputación construida por años, simplemente porque no la tienen, por lo que fallar les resulta prácticamente gratis. En este punto entra también en juego otra aportación que las personas prestigiosas y legítimas traen consigo a los cargos públicos: su capital relacional. La función pública exige poder moverse en un entramado complejo que sólo se construye al pasar del tiempo. A los cargos públicos no se puede llegar a enterarse apenas de quiénes son los actores estratégicos. Estos dos elementos, capital prestigio y capital relacional, interactúan entre sí y se fortalecen uno al otro.
El sector público está al servicio de la ciudadanía, que sean entonces las mejores personas quienes lleven a cabo ese trabajo.