El día de ayer, la Suprema Corte de Justicia de la Nación resolvió un amparo indirecto. Asumió el asunto por considerar que el mismo revestía un interés excepcional por ejemplificar cómo los estereotipos de género afectan la presunción de inocencia, la valoración de pruebas y con ello el acceso a la justicia.
Una bebé de apenas un año se encuentra en su domicilio en la ciudad de Tijuana, donde también están su papá y su mamá. La madre sale de la habitación en la que se encontraba con la niña y dice que cuando regresa encuentra a la pequeña con sangre en su rostro y en el piso. La madre llama al padre, quien se queda a cargo de la menor, mientras la mamá va a la farmacia a preguntar qué remedios puede utilizar en esa situación, mismos que aplica a la pequeña. Algunos días después, estando los tres en el domicilio, el padre advierte que algo está ocurriendo con la niña quien presenta signos de convulsionarse.
La madre la lleva al hospital de la Cruz Roja, donde la deja momentos después al cuidado de la abuela para irse a cambiar de ropa a su casa. Estando fuera del hospital recibe una llamada para avisar que su hija falleció. Luego empieza a recibir llamadas de la Policía Ministerial y ella asume que la vinculan a la muerte de la menor. Se esconde, pero finalmente la detienen, le fincan responsabilidad y aunque ella recurre a cada instancia argumentando que sus derechos fueron violentados, en ningún momento se le otorga razón. Hasta ayer, cuando en el estudio de este amparo indirecto la Corte advierte que los estereotipos de género sesgaron la postura de los jueces que la procesaron y condenaron. De acuerdo a lo que indica el Máximo Tribunal, las autoridades se basaron en una consideración sesgada de lo que es ser una buena madre, cargando en ella toda la responsabilidad de la supervisión de la menor y negándole así la presunción de inocencia.
Los hechos ocurrieron en 2014. Doce años después, la decisión de la Corte es que se regrese el asunto al tribunal y hagan un nuevo análisis a la luz de la obligación de juzgar con perspectiva de género. Las cosas cambian, hay que celebrarlo; pero cambian demasiado lento, hay que lamentarlo.