La Compañía se refiere a la Agencia de Diseño Social (SDA por sus siglas en inglés, Social Design Agency), una empresa de tecnología y comunicación con sede en Moscú que trabaja bajo el control directo de la administración presidencial rusa (el Kremlin). La Compañía opera campañas de desinformación y guerra híbrida en más de 30 países, principalmente en África, América Latina y Medio Oriente. Cuenta con casi 90 agentes especializados en propaganda y manipulación política. Algunos documentos filtrados (76 archivos, 1,431 páginas) revelan un presupuesto de 7.3 millones de dólares entre enero y octubre de 2024 para estas operaciones.
En Argentina, destinó al menos 283 mil dólares en 2024 para publicar propaganda en medios contra el gobierno de Javier Milei. Bajo la dirección de Alexey Evgenievich Shilov publicaron innumerables artículos en la prensa con identidades de periodistas falsas o creadas con inteligencia artificial. La SIDE argentina (Secretaría de Inteligencia de Estado) identificó la estructura en 2025. En Bolivia, tras el “golpe” contra Luis Arce, Sergei Vasilievich Mashkevich organizó expertos para controlar la narrativa y estabilizar el régimen. Su objetivo en Bolivia ha sido blindar la influencia rusa en sectores estratégicos (como el litio y la energía nuclear), asegurando que las narrativas culparan a Occidente de la inestabilidad
del país.
La Compañía usa periodistas “fantasma”, con pagos en efectivo y directivas del Kremlin para moldear opiniones públicas con impacto en elecciones y estabilidad regional. Investigaciones de Forbidden Stories y consorcios como Open Democracy expusieron que la Compañía no suele desarrollar operaciones totalmente “secretas”, sino híbridas: mezclan medios oficiales, redes sociales y actores locales.
Uno de los casos más estudiados a nivel global es la estrategia conocida como doppelgänger: crear sitios web que imitan medios legítimos, publican noticias falsas o manipuladas y luego esas notas se difunden masivamente en redes sociales.
En América Latina, investigaciones de organizaciones como EUvsDisinfo han detectado contenido en español dirigido a audiencias latinoamericanas que no siempre apuntan directamente a un país, sino a moldear la percepción regional. Crean redes de cuentas (a veces bots, a veces usuarios reales coordinados), hacen uso intensivo de hashtags en español y presentan un contenido replicado, casi idéntico, en múltiples países. Organizaciones como Atlantic Council, a través de su laboratorio digital, han documentado este tipo de comportamiento. Más que operaciones secretas de espionaje, siguen un patrón consistente: no crean el conflicto, lo aprovechan; se insertan en debates ya polarizados; no inventan todo, mezclan datos reales, interpretaciones sesgadas, omisiones clave.
Se apoyan en actores locales, influencers y medios alternativos. Buscan efectos concretos: debilitar la confianza en las instituciones, generar dudas (no necesariamente convencer), erosionar narrativas occidentales. Al inundar las redes con versiones contradictorias, teorías de conspiración y ataques cruzados, logran que el ciudadano promedio se fatigue políticamente, desconfíe de las instituciones democráticas, de la prensa libre y del sistema electoral. América Latina, debido a sus altos niveles de polarización política, se ha convertido en el laboratorio perfecto para estas operaciones de bajo costo financiero, pero de altísimo impacto geopolítico.