Política

LA PARODIA DE LA POLÍTICA

De pronto el gobierno, los partidos, los políticos y hasta los pensadores parecen piezas de un juego donde se trata de inventar reglas a mitad del juego. Y no para ganar el juego sino para irritar al adversario, con la esperanza de la equivocación y pierda solo.

En nuestro país, en su aspecto nacional el juego es ganar la frase “… del pueblo de México”. Un programa para vacunarse es el modelo de vacunación del “pueblo de México”. La reforma de alguna ley es la “reforma del pueblo de México”. El acto circense para renovar a los jueces y magistrados de los poderes federales fue “el triunfo de la enorme confianza del pueblo de México” para disponer por votación “libre y secreta” de quienes serían “sus” autoridades judiciales. No se diga la presencia cotidiana de la presidenta de México en la “Mañanera del pueblo de México”.

Sin duda, un viajero venido de alguna galaxia lejana cuando contempla y escucha los dichos de “pueblo de México” podría convencerse de la profunda cultura democrática de este país. Por el contrario, si ese viajero viniera de los primeros años del siglo diecinueve, 1820 más o menos, diría algo parecido a… “dos siglos y hemos avanzado menos que un caracol a punto de morir.”

Algún estudioso de los años noventa del siglo pasado veía la reiteración de una novela muy parecida cada seis años, cuando se renuevan los cargos federales por mandato de una elección popular. El o los candidatos son capaces de mostrar al pueblo los errores del gobierno a punto de terminar, y a la vez, asegurar el cambio radical si el pueblo lo elige primer mandatario del país. El pueblo lo elige. Y ese nuevo jefe de la nación inaugura sus acciones para “ahora sí vamos a resolver… (insértese aquí lo deseado por el elector) pues no somos como los otros; nosotros escuchamos al pueblo y sus deseos los consideramos una orden superior”. ¿Y? ¿Qué creen? Se hace lo mismo de todos los anteriores y sí la avenida solicitada por el pueblo bueno se construyó y… alguien, algunos se fueron de vacaciones a… con toda la familia.

Bien. Más allá de la parodia conviene reconocer como avanzamos, a pesar de todo y de los mismos con camisa diferente u otros con la camisa del anterior.

Si en algo la educación nacional ha fallado en los últimos ciento cincuenta años es en formar, en serio, en esa materia llamada “política” a los mexicanos. Aprender política no es pintar bardas, colgar estandartes, asistir a mítines, gritar “vivas” al candidato o al funcionario en turno y comerse la torta regalada. Tampoco es denunciar a algún funcionario por sus defectos, venta de permisos o asistencia a fiestas en el lugar de moda y con el cantante de mayor popularidad. Tampoco es llenar sus maletas de dólares y depositarlos en el banco de la isla de su preferencia. Todo eso cuesta aprenderlo, la escuela donde se enseña eso tiene maestros durísimos, plazos perentorios y exigencia cuyo cumplimiento implica dejar hasta la camisa antes de “rajarse”. Este aprendizaje es difícil, pues implica adivinar el gusto del don, y no es fácil “sacar diez”. Toda esta armazón es aquello que ve el marciano llegado de Marte y le hace pronunciar: “en Marte no podríamos aprender tanto; los mexicanos son unos monstruos de la política”.

La democracia, “el peor sistema político excepto todos los demás” según Winston Churchill que algo sabía del tema, es una propuesta compleja, tanto como es complejo el ser humano. Se presume y se ensalza como el mejor modo de gobierno “del pueblo, por el pueblo, para el pueblo”. Al mismo tiempo es una materia de aprendizaje continuo, y “si repruebas un semestre, lo más seguro es que te expulsen de la escuela”. De ahí la enorme importancia de hacer públicos los errores de los demócratas, pues esa es la manera de aprender cómo funciona en los hechos, con las personas y pueblos concretos, sus propósitos y sus defectos. Si se esconden los defectos, los pecados, las malhechuras, los excesos y los ultrajes, la democracia se hace autoritarismo, conocido sistema capaz de echar a perder todo.

En democracia un error es materia difícil, no basta la explicación del profesor, es obligatoria de aprendizaje personal y, quizá, en algún momento, materia de disculpa pública, de dejar el puesto y aún de rendir cuentas ante la ley. En democracia podemos aprender, no de memoria, sino en nuestro ser vivo las posibilidades de aportar a la sociedad, a mejorar la atención de las dificultades en medio de las cuales viven compatriotas, a diseñar y convivir con gobierno austero, no para no resolver lo que se resuelve con dinero, sino para no aceptar las mil y una oportunidades de enriquecerse, en detrimento del respeto y de la libertad para construir el bien público.

Una síntesis, de una persona sabia, la dijo así alguna vez: “En política no hay descanso, no es parodia. Todo tu tiempo ha de estar dedicado a procurar sentirte con los pies metidos en los zapatos del otro, de los otros”.


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Miguel Bazdresch Parada
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