Jalisco siempre ha presumido de disponer de buena educación. Se atienden las necesidades de oferta educativa en aquellos lugares donde se ha extendido la población, en general se atiende las demandas de los maestros y las maestras, el presupuesto no es apretado, salvo por alguna situación excepcional; las autoridades no suelen ser autoritarias y los cuerpos de atención al día a día normalmente están capacitados y cumplen su función. A ratos los líderes sindicales o los grupos de profesores opuestos al sindicalismo común, suscitan algunos diferendos cuya solución requiere de las necesarias tareas de gestión, mediación y satisfacción de algunas demandas.
Los déficit de la educación en Jalisco suelen estar en las variantes de programas en educación básica, peticiones del centro del país para la planeación a ratos burocráticas y a ratos inútiles pero impuestas. Tampoco las peticiones de aquí al centro suelen atenderse cuando se formulan, salvo emergencias no previstas, pues la lógica central es decir “no hay” y resistir los embates de los locales. La deserción y el abandono de los estudiantes existe, en ciertas épocas (por ejemplo, en pandemia) se multiplican más allá de lo conocido por aquellas causas ya conocidas. Las evaluaciones internacionales más conocidas (la prueba PISA, por ejemplo) nos acostumbran a estar en los lugares de “abajo”, lo cual después de repetirse prueba a prueba ya no es sorpresa ni mueve voluntades, y si suscita la repetición de las razones por las cuales los estudiantes mexicanos no obtienen los mejores resultados. Y si sirve para discursos de las autoridades en los cuales “explican” las causas y prometen mejorar… y al rato descalificar a la prueba pues la hacen países ricos que no entienden a los países “en desarrollo”.
Si se incorpora una mirada multidisciplinar, semejante a la cultivada entre otros por Edgar Morin, la educación mexicana, incluida la jalisciense, hemos de aceptar una situación, si no de conformismo, sí de poca atención a ciertas áreas de mejora, ya cultivadas en otros países y aun en nuestro país en proyectos educativos, casi siempre particulares, cuya estructura y visión está basada en las tendencias ya identificadas como importantes hoy y en el futuro cercano. Son iniciativas muy contadas en Jalisco y por ende con un número muy pequeño de estudiantes. Sin embargo, apuntan a una muestra de cómo se puede incorporar, con éxito, las propuestas educativas de los últimos años a la educación obligatoria.
La enormidad del sistema educativo nacional, más de un millón doscientos mil estudiantes, el manejo centralista del mismo, y la idea de privilegiar el propósito a partir de una ideología patriótica, no criticable y sí insuficiente frente a las realidades, ya presentes en nuestro país, las cuales piden una mirada desde la complejidad del mundo y de la realidad, y al mismo tiempo procesos educativos con propósitos centrados en la creatividad, demanda modificaciones importantes en las bases actuales de nuestro sistema educativo.
Desde luego, diversas personas y organizaciones relacionadas con el sistema educativo nacional, sus fundamentos y su funcionamiento cotidiano, ven muy difícil modificar ciertas bases conceptuales y pragmáticas. Por eso, el punto de cambio ha de ser sencillo y profundo de modo tal que sea posible aprender de qué va, entre otras notas, la complejidad, la metodología tutorial, el currículo abierto a la vida social, política y económica del país en general y de las regiones y rumbos concretos de las diferentes latitudes de México.
Desde luego no es “un paso” sino un cambio de cotidianidad, lo cual ha de guardar las acciones y las previsiones necesarias para, de manera muy precisa y detallada, se vaya modificando esa cotidianidad venida de una mirada única de este país, diverso, entrañable y a la vez, hoy atravesado por violencias inaceptables y reales. No se trata de “echar a la basura” las sólidas ideas de nación una y plural, ya conquistadas. Se trata de tomar en cuenta la vena de creatividad surgida desde los tiempos de posguerra y a la vez, aceptar los tiempos, no sólo de reconstrucción sino de nueva construcción pensada desde nuevo constitutivos basados en una nueva mirada ética.
Una ética, no punitiva, sino centrada en renovar el creer en la persona, las personas, y su capacidad de modificación vital y concreta, a partir de los resultados de las acciones educadoras, sus frutos reales, no ideológicos, y sí precisamente con frutos en la comprensión general de los valores éticos, incluso de una nueva ética.
Se puede decir que Jalisco necesita responder a las infancias y juventudes con un programa educativo en el cual se incorporen las bases y los frutos no sólo de los nuevos aportes en clave de propuestas y productos digitales, sino sobre todo se decida a iniciar una nueva formación de maestros centrada en “aprender a aprender” en la cual los aportes de la historia de la educación dialoguen con las nuevas pedagogías (hoy al menos una docena de nuevas propuestas pedagógicas) y se recupere el sentido de aprender como el sentido clave de la escuela, y se revalide la importancia de los procesos de aprendizaje en relación con el mundo, con las personas, con la vida social y política.
No es y no será fácil, así como no fue fácil construir el programa revolucionario, o el modernizador promovido por las diversas autoridades educativas de cada momento, las cuales contaron con el apoyo decisivo de maestros y maestras, quienes hoy están viviendo un gran reto por la renovación del país. Y así será posible.