Cultura

Estación mujeres

El escritor cabalga entre el ensayo, la bitácora y la memoria bajo el escrutinio de un atento lector. La mirada crítica es mayoría, así como el deleite, la admiración ante los inconmensurables asideros que trae consigo la buena prosa. Los astros alineados marcan las huellas a seguir, constelaciones de cuerpos literario-celestes que brillan con luz propia.

Aunque es inevitable que se hagan presentes, vale más hablar de coincidencias que de discrepancias o extrañamientos. Porque cuando los caminos de la lectura conducen a un mismo estado de la conciencia, resulta memorable. La peregrinación hacia la luz experimentada por los necios que vivimos rodeados de libros, deriva en algo placentero al hallar las escalas que propone José Antonio Lugo (Ciudad de México, 1960).

José Antonio Lugo. Silenciar el miedo. Ensayos literarios. El Tapiz del Unicornio. México, 2025
José Antonio Lugo. Silenciar el miedo. Ensayos literarios. El Tapiz del Unicornio. México, 2025


El libro se lee mejor de atrás para adelante en una suerte de rebeldía ante los nombres que deja estratégicamente sembrados, acaso para saltarse los aperitivos e iniciar así con el banquete. Miscelánea, bazar de asombros, diario de un lector en diversas etapas de la vida, convivencias. Así como nos reunimos con nuestros pares para conversar de temas en común, Lugo establece vértices, líneas paralelas, elípticas, al arribar a diversos autores —la mayoría novelistas y cuentistas. Cava en la tierra firme, insiste, encuentra prodigios. En el bufet, se permite volver a servirse de ese plato fuerte.

Estación mujeres. La invitación del autor marca una diferencia entre quienes elaboran compendios sobre libros, en donde sobredimensionan el momento en que posaron la nariz entre las páginas de tal o cual título; en una suerte de Yo y Borges, Yo y Cortázar, Yo y la Luna. La diferencia estriba en que Lugo es un lector feminista; y eso lo hace atípico, fresco, pues abandona parámetros disímiles.

En un ejercicio de transmutación retoza con la idea de los pendientes, reconocimientos que debieron haberse otorgado a las escritoras y que, por miopía o descuido, no se obtuvieron. Señalamientos precisos, enriquecedores, cuya finalidad es reconfortar un poco el desasosiego de lectores que vivimos en plena orfandad.

Las autoras que merecieron haber ganado el premio Nobel de Literatura. La lista la encabeza Clarice Lispector, una extraordinaria cuentista de origen ucraniano que, huyendo de la Segunda Guerra Mundial, adoptó a Brasil como su hogar permanente. Tras sus sesiones de psicoanálisis, la escritora decide poner en práctica lo asimilado en el diván y dota a sus personajes de un desarrollo psicológico de altos vuelos. Niñas, niños, jóvenes, hombres, mujeres, personas de la tercera edad y hasta personas no binarias —aunque ese término todavía no existía como tal—, deambulan por las entrañas de una prosa renovadora, pulcra y minuciosa; también son cautivadoras sus observaciones hacia el mundo animal —gallinas, pollos, monos, perros, caballos— así como su preocupación contra la discriminación racial. Lispector, a veces, se inserta en la modernidad literaria porque fusiona la prosa con el ensayo personal, en textos donde ejecuta con maestría reflexiones filosóficas. Heredera del ensayo al estilo inglés, quizá bisnieta de Montaigne, replantea crisis existenciales al amparo de una conciencia crítica. Aguda, sensible, en Lispector cuentan mucho los silencios; eso que no se dice, pero que está a la vista en las atmósferas y planteamientos que desarrolla. Tiene razón Lugo, claro que merecía el Nobel. Lo desafortunado fue que su obra se gestó en un tiempo obnubilado por el boom latinoamericano y, tal vez, porque los editores no confiaban en la capacidad de ventas de ella. Los aciertos de Lispector se mencionaron tarde, acaso porque nunca dejó de ser la extranjera que vivía en Brasil y que imaginaba que las mujeres estaban inconformes con roles impuestos. Era una autora, tan adelantada a su tiempo, que seguramente vivió esa incomprensión en el medio que se desarrollaba.

Luego menciona a la “implacable escritora norteamericana Vivian Gornick”. En efecto, Gornick viene de la trinchera del periodismo narrativo y conoce los alcances tanto de la literatura inglesa como de la estadounidense; además ejerce un feminismo con causa y ejemplos a la vista. A ella, como a otras mujeres, le tocó “defraudar” a su familia y dedicarse —por fin— a lo que ella quería. El periodismo la cobijó, la literatura la abrazó y la escritura la hizo emerger como una voz potente de crónicas, relatos, reportajes y ensayos. Llama la atención que Lugo la nombre, pues existe cierta reticencia de parte de los varones a conocer quién es realmente Gornick.

Después continúa con el desfile de las Margaritas: Duras, Atwood. Y el nombre estelar en el libro aunque aquí no aparece, pero que figura en otros recovecos es “Nuestra señora de las letras”, título con el que Lugo y Solana Olivares bautizaron a Marguerite Yourcenar. Los adjetivos no alcanzan para referirse a su poética, a la contribución que hizo a la literatura. José Antonio Lugo prefiere Opus nigrum por ese intrincado momento que vive Zenon, un alquimista, humanista de gran calibre. Como un faro que alumbra en la oscuridad del océano y que simboliza que los marineros han llegado a un puerto seguro, así es la presencia de Yourcenar en las páginas de Silenciar el miedo. “Marguerite Yourcenar, en la boca del emperador Adriano, dijo: ‘Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos’”, observa el escritor. Ella que se impone retos inusuales, como ocuparse de narraciones que pudieran pertenecer a la antigüedad, reinterpreta mitos; aborda tanto a la literatura como a la historia con delicadeza y rigor; escucha a los hombres desde el poder (Adriano), la ciencia, el humanismo y la injusticia (Zenon), y hasta la conciencia ecológica y la aceptación de la mortalidad (Nathanel). Para los amantes del teatro, no deberían perderse el relato “Una hermosa mañana”, incluido en el libro Como el agua que fluye; toda una experiencia relacionada con la historia del teatro isabelino y el pequeño Lázaro.

Recuerdo la ocasión que Vicente Fox frunció los labios para pronunciar Yourcenar, autora que, por supuesto no había leído, y de chiripa no se equivocó al citarla. Pero esa fortuna no le ocurrió cuando se refirió a Borges, pudo más la pifia. La anécdota, aunque no aparece mencionada, tiene que ver con el texto “El mundo de las erratas”. A propósito del tema, el ensayista evoca a su amigo Rubén Aguilar, personaje requerido para precisar “lo que quiso decir el señor presidente”, y ese era Fox.

Pienso en Lugo y me viene a mente la imagen de un aissaoua; es decir, hombres de la cofradía sufí, originaria de Marruecos, que solían practicar encantamientos con víboras bufadoras y cobras norteafricanas. No sólo de la ficción y el ensayo viven los escritores, sino también de hacer discursos para otros, como en su momento lo hizo José Antonio Lugo siendo un encantador de serpientes.

El banquete literario incluye desde Hernán Lara Zavala, Juan García Ponce, Kenzaburo Oe, Elías Canetti, Mario Vargas Llosa, Álvaro Mutis, Mircea Cartarescu, y una pléyade de mujeres comandadas por Marguerite Yourcenar.


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Mary Carmen Ambriz
  • Mary Carmen Ambriz
  • mcambriz@hotmail.com
  • Ensayista, crítica literaria y docente. Fue editora de la sección Cultura en la revista Cambio.
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