Cultura

Mujeres en el ring

Pocas mujeres han escrito sobre boxeo. Una de ellas es la novelista y ensayista Joyce Carol Oates, quien, en su magistral título Del boxeo (1987) una disertación en torno a este deporte y lo va aderezando con referencias literarias en una suerte de ensayo personal, crónica y reportaje.

El pugilismo un deporte de altibajos, como la vida misma. Y esto también le concierne al género femenino, pues se ha visto en desigualdad de condiciones desde sus inicios. Aunque a Oates no le tocó la época en que las mujeres se abrieron espacio, de tanto insistir, en esta disciplina, la visión de ella como escritora resulta ser enriquecedora y panorámica porque condensa historias, referencias, triunfos y derrotas en una prosa que contagia la “lucha por la sobrevivencia” a la que se refiere Rocky Graziano.

Boxeadoras. Marina Porcelli. Edición de autora. Buenos Aires, Argentina. 2025.
Boxeadoras. Marina Porcelli. Edición de autora. Buenos Aires, Argentina. 2025.

El libro de Joyce Carol Oates vino ser un referente para Marina Porcelli (Buenos Aires, Argentina, 1978), quien desde hace tiempo ha mostrado interés por recuperar la presencia de las mujeres arriba del cuadrilátero, al margen de censura y puritanismo. Se agradece que cada determinado tiempo se publiquen libros sobre la historia del boxeo, y si están bien escritos como en este caso se aprecian mejor.

La autora enfrentó varios retos en esta recopilación de historias, entrevistas, datos y reflexiones. Uno de ellos fue poner orden. El boxeo está plagado de anécdotas dispersas, referencias por aquí y allá, esencia medular de una memoria colectiva. Se escucha sencillo, mas no lo es: la línea del tiempo establecido terminó siendo la columna vertebral de su libro. Cuando la información fluye, se requiere de visión crítica para discernir entre lo bueno, lo esencial, lo periférico y lo que sobra. Así se teje la historia entre las cuerdas: “Hay un montón de gente poco conocida, casi anónima, que sabe muchísimo sobre box, con un caudal enorme de narraciones y relatos, un recuerdo colectivo que resguarda cómo se dieron ciertos mitos y cómo, ciertas peleas, cómo fue creciendo o cambiando o apagándose cada boxeador y boxeadora, y cómo, más allá de los libros, va forjándose desde hace más de cien años nuestro dulce arte de andar a los puñetazos”.

El acercamiento de la escritora al tema marca una diferencia. Porque no se trata sólo de reunir datos duros, efemérides o números de enfrentamientos, sino que convertir ese contenido árido en elementos de una prosa que fluye, suda y se extiende en los momentos que dejaron una marca discriminatoria en torno al pugilismo femenino. Desde las amazonas, lanceras, soldaderas, jinetes hasta las primeras pugilistas. Aquí se menciona que Elizabeth Wilkinson, en 1722 se enfrentó a Hannah Hyfield. Parecía un duelo del siglo XVIII, como si se debatiera por el honor o por alguna afrenta. La recompensa eran tres guineas, sin límite de tiempo. Cada participante debía llevar media corona en la mano; si alguna de ella la dejaba caer, perdía. La oponente recibía una invitación al duelo, y ella respondía que no faltaría a la cita, y que esperaba que su contrincante recibiera “más golpes que palabras, sin compasión”.

En 1880 el boxeo femenino quedó prohibido en Inglaterra. Se cuenta en el libro, en referencia a la reflexión del académico Cristopher Trasher: “Qué se sabe del boxeo femenino en más de un siglo de silenciamientos, cómo la prensa muestra y representa a las mujeres deportistas, en particular, a las luchadoras en esta época de vedas es el corazón de los trabajos que desarrolla, en Noruega, Cathy Van Ingen (2012, 2013)”. Esta última enfatiza en un par de publicaciones: The National Police Gazette y la revista The Ring. Ambos medios de comunicación marcaron la pauta para términos y apreciaciones en torno al cuadrilátero. Ahí aparece la mención a Hattie Stewart, la boxeadora de peso pesado, que lo mismo debatía contra hombres que contra mujeres.

Hay dos países que le interesan, de manera particular, a Marina Porcelli: Argentina y México, pues su vida ha transcurrido entre ambas naciones. Y quizá al descubrir lazos en común, halló la llegada del boxeo a estos territorios, en el siglo XIX, como sucesión de los marineros ingleses. Arribó al puerto de Buenos Aires, Argentina; y a la costa de Tampico, Tamaulipas. No sólo es el enfoque de la relatora, sino que las dos naciones han sido cuna de grandes deportistas. Claro, las buenas conciencias saltarán en este momento para mencionar a Cuba, dentro de la cartografía. Pero volviendo a Argentina y México, se elabora un recuento de mujeres que han seguido en la lucha, como figuras destacadas, al fin reconocidas por su trayectoria, aunque han enfrentado la censura, la discriminación y la paga desigual en múltiples ocasiones: “Mi mayor pelea fue contra los medios porque no aceptaban el boxeo femenino. Tuve más peleas con la prensa que con mis rivales en el ring. Siempre tenemos que estar demostrando. (…) Los deportes son deportes y son los medios los que los toman de espectáculos para venderlos. Son ellos lo que te levantan o te matan”, señala la boxeadora argentina Marcela Tigresa Acuña, citada por Florencia García Alegre.

En México, el pugilismo femenil se legalizó en 1999: primero, se autorizó que las mujeres podían dedicarse a esa profesión y la Comisión de Boxeo se vio obligada a incluirlas en su nuevo reglamento; y segundo, cuando ese mismo año se organizó la primera pelea oficial en la Ciudad de México, con Ana María Torres, Mariana Juárez, María Durán y Gloria Ríos. Laura Serrano, la poeta del ring, también figura en este recuento, como pionera del boxeo mexicano.

“Boxean pero a dos minutos. Sin rédito. Sin espectacularidad. Se les corrige, se les contiene, se las anula y así, inferiorizadas se las reincorpora al orden social. Jerarquizar la diferencia tiene costo. No sólo implica que el cuerpo femenino es deficitario del cuerpo del varón sino porque también, a la larga, justifica un cobro menor en las bolsas”, escribe Porcelli.

Destacan varias partes de este ensayo; no obstante, las más entrañables son el arranque del libro y el final. En esta última sección se abordan los vínculos entre la literatura y el boxeo, puentes en común que conducen a momentos de gloria. Cuando las palabras se mezclan con el espíritu irrefrenable de un combate, ya sea en la realidad o en la ficción; o desde esa suerte de rueda de la fortuna que es el pugilismo en su máxima expresión y devaneo hacia la incertidumbre desde la pluma de Carson MacCullers, Jack London, William Bishop, Conan Doyle, Dashiel Hammet, Ernest Hemingway, Norma Mailer, Ricardo Garibay, José Ramón Garmabella, Hortensia Moreno y Teresa Ochoa, entre otros.

Para la autora, este acercamiento es un diálogo, y por supuesto que lo es, considerando que la eficacia del ensayo consiste en eso, una amena conversación.


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Mary Carmen Ambriz
  • Mary Carmen Ambriz
  • mcambriz@hotmail.com
  • Ensayista, crítica literaria y docente. Fue editora de la sección Cultura en la revista Cambio.
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