Con un asomo de responsabilidad, los actores políticos mexicanos prestarían tanta atención al ambiente de la vida pública como a los eventos que la conforman. Debería causar preocupación la atmósfera que se ha construido y envuelve a la sociedad entre líneas de monólogos circulares. No, no es normal una sociedad que se comunica desde el vituperio y confunde el diálogo con diatriba. La que lo hace es una sociedad idiota.
La polarización se transformó en palabra de moda y vacía de significado. Era apenas un síntoma y vehículo.
A pesar de ser un concepto vastamente mancillado, la causa como figura política firma acuse de incapacidad al dominar ciertas pasiones. En nombre de la causa se han dicho tantas barbaridades que sus inquietudes desaparecieron. El objetivo se convirtió en sí misma, una autosugestiva razón de ser. La demanda fue ella y no lo que ella quería.
La causa deja de ser punto de partida y tampoco se adecua a su acepción de bien común. Es una idea, algo maltrecha, que aglutina ilusiones legítimas, pero provoca la resistencia ciega a admitir todo aquello que no se ajusta a los fervores de los que depende. A negar cualquier argumento, o desesperación que obstruya la retórica desde la que se han construido aspiraciones tan válidas como insuficientes para anular las de alguien más.
Aquellos que, en lugar de regocijarse con su institucionalización, continúan luchando por lo que la causa aseguró un día que quería, se convierten en el pharmakon griego que se sacrificaba para contener los vapores de la enfermedad social. Los métodos de la causa son previos a la era común. El ostracismo fue eficiente entonces y lo es ahora. Los señalados ya no forman parte. Su expulsión deposita el estigma de los comportamientos que rompen el autoconsenso de lo adecuado. En las maneras correctas de la causa, siempre corre dictado quien tiene la razón sin necesidad de construir un solo argumento racional. Cuidado con los gobiernos capaces de afirmar qué es lo adecuado. Para ello siempre necesitarán señalar al pharmakon.
Con la construcción del enemigo, la causa refuerza supuestas virtudes desde las carencias. Se prescinde la definición de intenciones al definir las del contrario. pharmakon, el inapropiado. Menos apropiado para la causa que, incluso, un cura convertido en monaguillo ejemplar.
Será la reducción de la violencia, la justicia y la verdad, la modificación de las condiciones que originaron la ignominia. De importar más que la causa, quedará evidencia de mal comportamiento.
La causa renuncia al saber. Detecta un extraño rechazo a la percepción de la sociedad sobre sí. Ésta es amplia y algunos actores apenas se van dando cuenta de que otros también son grupos dentro de ella. Unos más, creen que su causa es luchar contra quienes tenían el monopolio de movilización.
El equilibro entre la reacción de las sociedades hacia los poderes, y la atención de los poderes a las sociedades, es la materia fundamental para construir el diálogo con el que se habita la democracia.
Desconocer los humores sociales porque no se ajustan a la causa, es abandonar el pensamiento como contenedor del estado de naturaleza. Es decir, en términos políticos: ignorar el Estado.
@_Maruan