Política

Gobernar la espera

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La espera es una noción imprecisa que se habita mal en la embestida de la pandemia. Podremos estar a la expectativa de una cura o de una vacuna, pero sabemos que ésta no se anunciará mañana y tampoco nos permitirá recuperar los días. Esperamos sin tener muy claro a qué, hasta convertir la espera en una condición de apariencia inalterable.

Nada es más incómodo para un gobierno que administrar una espera contra la que no basta repetir futuros de raíz nostálgica. En el vacío de la espera, el nacionalismo patriotero se presta a disfrazarse de certeza para ocultar la ausencia de ellas. Sin soluciones mágicas que toquen la puerta, se ha hecho común que, como si se tratara de placebo para sanar las horas, se le quieran dar poderes milagrosos a la soberanía. Sea sanitaria, económica, sobre el petróleo, o estadística. Por si fuera útil recordarlo, toda materia de la vida pública es política.

Los mejores gobiernos —esos que no conocemos— tienden a ser discretos. Conocen la importancia de economizar los discursos. En cambio, los gobiernos que hablan mucho son los que menos tienen que decir. En la precariedad política se habla en exceso y se enaltecen muy minúsculas realidades que prescinden de las que no acomodan.

La existencia política de una sociedad es el juego constante entre los hechos y lo que se piensa de esos hechos, o se quiere hacer pensar. Acostumbrados a la falta de equilibrio que construye la vida pública priorizando el discurso, nos enfrentamos a un momento en el que la demagogia puede hacer poco contra la enfermedad.

Las consecuencias sociales de un virus no encuentran remedio en la insistencia por sostener un relato que no coincide con las brutalidades sanitarias y económicas de la pandemia. El balance se puede dar por perdido si frente a los saldos de estos meses alguien le puede dedicar más tiempo a atacar el escepticismo que a tenerlo frente a las decisiones de cualquier administración. Lo opuesto es depositarse en la estulticia de las creencias. Ya unos vitorearon las luces que leían la palabra fe en algunos edificios de la capital, y otros hicieron lo mismo con la torpeza política de la secretaria de Energía en un acuerdo para estabilizar el precio del petróleo. Si la capacidad de negociación es levantarse de la mesa internacional, no hay capacidad política.

La cordura política es una necesidad que, en tiempos de crisis, se convierte en un bien público donde demasiada precariedad puede cobrar lo impagable. El entorno que México ha alimentado en los últimos años dificulta la prudencia.

A pesar de la imposibilidad natural de asepsia, si las acciones de un gobierno ante una crisis de dimensiones mayúsculas fueran medianamente adecuadas, sus incondicionales no tendrían necesidad de defenderlas. Se sostendrían por sí mismas.

El chauvinismo juega con una falsa idea de autonomía que supone no necesitar del mundo, pero olvida que de ser cierta, el mundo tampoco necesitará de uno.

La espera de estos días cantó a la soberanía petrolera y la incorporó al vacío, pero excluyó a los 10 mil migrantes expulsados de Estados Unidos en medio de la pandemia.

Soberanías hay tantas como lo permita el parloteo. La insensatez también puede ser soberana. 


@_Maruan

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Maruan Soto Antaki
  • Maruan Soto Antaki
  • Escritor mexicano. Autor de novelas y ensayos. Ha vivido en Nicaragua, España, Libia, Siria y México. Colabora con distintos medios mexicanos e internacionales donde trata temas relacionados con Medio Oriente, cultura, política, filosofía y religión.
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