A todo, o casi todo el mundo, le tomó por sorpresa que el Banco de México redujera la tasa de interés de referencia en un cuarto de punto en la reciente sesión de política monetaria. Disminuir la tasa de 7 a 6.75 por ciento no parece lógico en un contexto en el que la principal preocupación, tanto en México como en el mundo, es una posible presión inflacionaria en el corto plazo derivada de los fuertes incrementos en el precio del petróleo.
El valor del crudo ha aumentado de manera significativa: el WTI pasó de 66 a 110 dólares por barril, mientras que el Brent ha llegado a niveles de 115 dólares. Estos incrementos ya se están reflejando en el precio de las gasolinas prácticamente en todo el mundo. La situación se complica aún más debido a que el conflicto geopolítico ha derivado en el cierre del estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial hacia los países consumidores. Economías como India y China han sido particularmente afectadas, y lo más preocupante es que, en el corto plazo, no se vislumbra una solución clara.
Dado que el petróleo es una de las materias primas con mayor impacto en la inflación global, surge la pregunta: ¿por qué el Banco de México no optó por esperar a observar la evolución del conflicto antes de tomar una decisión, y en cambio decidió recortar la tasa como si el fenómeno fuera estrictamente transitorio? Es evidente que este choque eventualmente será temporal; sin embargo, su duración determinará el impacto real sobre la inflación. Además, si el conflicto se intensifica y afecta la infraestructura energética, el periodo de ajuste podría prolongarse considerablemente antes de que los precios del crudo se estabilicen.
Desde mi perspectiva, la expectativa del Banco de México es que el conflicto se resuelva relativamente pronto, que el daño a la infraestructura energética global sea limitado y que los beneficios de una reducción en la tasa de interés —en términos de crecimiento económico— superen los riesgos. En este punto, si bien el impulso al crecimiento es deseable, resulta llamativo que el banco central adopte esta postura, considerando que su mandato no es fomentar la actividad económica, sino preservar el poder adquisitivo de la moneda y mantener la inflación bajo control.
La decisión, en ese sentido, parece arriesgada, y será el tiempo el que determine si fue acertada.
Algunos analistas han visto con buenos ojos el recorte, argumentando que una menor tasa de interés podría restarle valor al peso. Sin embargo, considero que una reducción de apenas un cuarto de punto difícilmente modificará de manera significativa el atractivo relativo de invertir en pesos frente a otras monedas con menores tasas de interés, que ha sido uno de los principales factores detrás de la fortaleza del tipo de cambio.
Adicionalmente, es importante subrayar que el Banco de México no utiliza la tasa de interés como un instrumento para influir directamente en el tipo de cambio. Desde 1994, año en que se adoptó el régimen de libre flotación, el banco central ha evitado intervenir de manera discrecional en el valor de la moneda. Este enfoque ha sido clave para consolidar la credibilidad del peso mexicano como una divisa líquida y no manipulada.
En este contexto, mi conclusión es que el Banco de México decidió, en esta ocasión, priorizar un modesto apoyo al crecimiento económico, asumiendo un nivel de riesgo que, si bien debatible, refleja una lectura específica del entorno actual.