Da cuenta The Economist (2/7/26): gracias a la IA y un acelerador de partículas podría empezarse la lectura de los Papyrus Herculanensis, los rollos carbonizados cuando el Vesubio hizo erupción en el año 79 y sepultó a Pompeya. No podían abrirse por temor a que se desvanecieran como en el futuro se le disuelven los libros en cuanto los toca al personaje de La máquina del tiempo. Ahora, este asombro. En los 400 rollos que se conservan podrían estar 3 millones de palabras de viejos (perdón: nuevos por recién descubiertos o recuperables) clásicos. Como diríamos en México: la recuperación de esos textos equivaldrá a apoderarse de los calcetines sin tocar siquiera los zapatos.
Mientras, una cosa. Menciona The Economist las cartas “en vivo” de Plinio el Joven sobre los hechos. Yo recuerdo aquí un poema de Primo Levi sobre Plinio el Viejo que murió por acercarse demasiado al Vesubio durante la erupción. Lo traigo del inglés (Primo Levi: Collected Poems, ff, 1988). Es como toda una película en veintiún escuetos versos.
“Plinio”. “No me detengan, amigos, déjenme salir./ No iré lejos; sólo hasta la otra orilla./ Quiero ver muy de cerca esa nube oscura,/ En forma de pino, sobre el Vesubio,/ Y encontrar la fuente de tan extraña luz./ ¿No vienes, sobrino? Está bien; quédate y estudia./ Repasa las notas que te di ayer./ No temas a la ceniza; ceniza en la cima de la ceniza./ Nosotros mismos somos ceniza; ¿recuerdas a Epicuro?/ Rápido, preparen el bote, ya es de noche:/ Noche al mediodía, portento nunca antes visto./ No te preocupes, hermana, soy cauto y experto;/ Los años que me encorvaron no han sido en vano./ Claro que vuelvo pronto. Sólo dame tiempo/ De cruzar; observo los fenómenos y regreso,/ Mañana tomo notas de ellos para un nuevo capítulo/ En mis libros que aún, espero, vivirán/ Cuando por siglos los átomos de mi viejo cuerpo/ Giren, disueltos en los vórtices del universo,/ O vivan de nuevo en un águila, una jovencita, una flor./
Marinos, obedézcanme: lancen al mar ese bote”.