Sólo esto. De la palangana/ En que me bañaron/ Al nacer en Chetumal,/A la tina/ En que me bañarán/ Al morir en la Condesa,/ Sólo/ Algunos/ Papelitos con palabras y/ Futbol. (Sobre un poema de Issa).
Versos y balones. Dinero (no me alcanza),/ Ocupado (trabajo)./ Abril,/ Futbol, mujer, agotado,/ Distraído./ Ahí va esa foto/ Deportiva: soy el de la X./ Destrozo/ Tantos versos/ Dándoles con el/ Balón,/ Con la/ Cabeza.
Hoy tengo algo más de dinero./ (Treinta de mayo, no trabajo.)/ He dejado en tres o cuatro/ Vientres inútiles/ Otros tantos hijos/ Que tenía reunidos. /Mayo/ Se me acaba y yo/ Descanso del/ Balón/ Que tantos/ Versos/ Me rompe. (Sobre pasajes de dos cartas de Miguel Hernández, desde su pueblo Orihuela, a Federico García Lorca).
Certeza. En el futbol, los sueños rara vez se cumplen. Los miedos, siempre.
Desde el retiro. Fue a mí lo que a Borges la vejez: álgebra, espejo, la inminencia de saber quién sería.
Fue para mí lo que, para los Argonautas de Seferis, conocer otra alma, la mía: al enemigo y al extranjero ya los había visto en el espejo.
Fue para mí el secreto de encontrar el espejo de una puerta con tres palos.
Lo que Lear a Lamb: supe que nadie montaría esa obra para mí si no era en mi propia mente, aunque la tempestad se fingiera con todo y truenos en el teatro.
Fue para mí la lección de bovarismo: supe que no debía buscar manzanas en los naranjos.
Fue para mí lo que aquella divisa en una espada de la nobleza italiana inscrita en la línea larga de la hoja: “Se il cor ti manca, non ti fidar in me”. Supe que no sólo el corazón: si el talento también me faltaba, de nada ya la espada serviría.
Fue para mí lo que Trueno sobre Cielo en el I Ching: supe que en los dedos de los pies residían toda la fuerza y toda la debilidad –o todo el poder y todo el posible desvanecimiento—del mundo.
El futbol fue para mí lo que el mar para Conrad: ahí supe quién era.
No hay más. Cada poema/ Es un epitafio./ Cada texto/ Es el último./ Cada partido/ Es contra Alemania.