Si los hados traviesos no disponen otra cosa, quizá cuando a través de tus ojos estas grafías se conviertan en imágenes e ideas, estaremos celebrando en México el “Día de los muertos”, o en otras partes del mundo su equivalente.
“Cerebrar” llamó Cervantes al acto de recordar y eso es precisamente lo qué, desde antes de la llegada española, ésta “cerebración” indígena pretendía, un reencuentro temporal con las ánimas de aquellos que aunque sabemos que aquí estuvieron, hoy nadie sabe “a ciencia cierta” en donde están y ni siquiera si acaso están.
Por eso, ante esa insoportable sensación de ausencia que nos recuerda nuestra propia e inasumible finitud, en donde creer en el mito, por muy absurdo que sea, es mejor que creer y aceptar “la nada”, en todas las mitologías nos hemos inventado mitos, ritos y personajes, para explicarnos y entender lo que nos es inexplicable: la muerte.
Dice Joseph Campbell en su ensayo “El poder del mito”, que con el tiempo los mitos crecen y se fortalecen a través de los ritos.
Así, la diosa mexica de la muerte Mictecacihuatl “Señora de la muerte”, se sincretizó con figuras cristianas tal vez medievales, para luego en el siglo IXX metamorfosearse en La Catrina, gracias a la pluma y tórculo de José Guadalupe Posada, que con su personaje y su creativo humor negro, denunció y satirizó las aberraciones sociales y políticas de su época, no muy diferentes de las que hoy padecemos.
“La muerte no se opone a la vida, la muerte está incluida en nuestra vida.” Dice Haruki Murakami en su novela “Tokio Blues”, en tanto Freud en “De Guerra y de Muerte”, sostiene que ante la muerte el hombre civilizado se comporta igual que el hombre primitivo, pues la idea de la muerte no es algo que la psique pueda asimilar, por lo que yo asumo que el acto de ahuyentarla, burlarse o socializar con ella, es sólo un vano intento de asumirla.
Por sí o por no y en lo que a mi muerte toca, como de su llegada no me ha dado aviso ni del día ni de la hora, seguiré aprovechando la vida, para entonces, al abordar el bote de Caronte, partir como el vate Machado, ligero de equipaje.
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