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Jueves , 25.04.2019 / 07:47 Hoy

Análisis político y de coyuntura

La comodidad del anonimato

Lía Trueba

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Recuerdo un curso de liderazgo, nos decía el instructor que la mejor forma de señalarle a alguien un error o cuestionarlo, era a través de la técnica del “sándwich”, algo así como: elogio - reclamo - elogio.

Generalmente esto aplicamos cuando hablamos de movimientos como el #MeToo, porque nos da terror pensar que impulsores y aliados nos tachen de insensibles “perpetuadores del pensamiento machista y patriarcal”, por eso buscamos suavizar nuestras críticas, enfatizando en primera instancia, nuestro apoyo al movimiento, la nobleza de su finalidad y lo inobjetable de la misma, sin detenernos en su método.

En este sentido, simplemente no podemos darle licencia para destruir famas, a sicarios digitales que, protegidos en el anonimato, incitan las persecuciones de la masa envalentonada tras el monitor, la cual aprovecha la ola de indignación de movimientos legítimos, para descargar en otros sus carencias afectivas, sin razonar en el daño que causan.

En el contexto del suicidio de Armando Vega Gil, valdría la pena cuestionar las formas, esto no implica que una trágica muerte, desprestigie todo un movimiento, el anonimato desde el que operan, por sí mismo, ya lo vuelve insostenible. En plataformas tan agresivas y polarizadas como Twitter, debería desconfiarse del activismo sin rostro.

Todo se vuelve fácil cuando sabemos que nuestros actos no tendrán ninguna consecuencia, no tenemos incentivo que nos limite a mentir, manipular y exagerar, la impunidad en el escondite, nos otorga una libertad destructiva. Mientras no seamos seres divinos, no somos incorruptibles y definitivamente, nuestra credibilidad no depende de los genitales que nos fueron dados.

Y es ahí el problema, la postura colectivista que nos encontramos inhabilitados para cuestionar, prácticamente sostiene que debe creerse, bajo relevo de prueba, lo que digan las mujeres (por ser mujeres) y dudar tajantemente de lo que en su defensa digan los hombres, (por ser hombres), como si ellos merecieran el descrédito y el enojo de la turba, como responsables históricos del pago por los años de opresión ejecutada por su género.

Olvidar los principios elementales de la defensa jurídica, ahí donde el que niega tiene que probar, llegar a donde no vale el buen nombre, mientras se trate de un hombre, es caer en fanatismos y dogmas irrefutables promovidos por grupos altamente reaccionarios, esta situación, como esposa, hija y hermana, me resulta escalofriante.

Quienes encuentran bondad en la denuncia anónima, (suponiendo su veracidad) dan por hecho que fue la última salida, “las víctimas no tuvieron otras vías”, cuando tal vez las mismas no se exploraron, por una decisión personal donde se eligió no asumir los costos profesionales o sociales que implican hacerle frente al agresor en una posición de poder. Por eso, el anonimato es tan cómodo, porque no te pasa factura, pero si lo que buscamos realmente es justicia, restauración y ahorrarle a otra mujer el dolor de ser violentada por el mismo depredador, la valentía es nuestra principal fortaleza.

Decir que las mujeres verdaderamente empoderadas, dan la cara, es un discurso que no vende y posiblemente sea tildado de insensible, porque algunos movimientos se nutren de incrustar eternamente a la mujer en su rol de víctima.

Debemos asumir los costos de cualquier acción que emprendamos, como el que yo asumo al escribir en este espacio, donde a muchos aliados feministas podrá incomodarles, nada me libra de sufrir ataques y acosos por mis opiniones, de hecho, no me sorprendería si los mismos provinieran de algunos embajadores de la lucha contra el acoso, paradójico.

Lo menor, será acusarme de buscar “aprobación masculina”, el tufo autoritario de los principales promotores de estos grupos es innegable, tal parece que buscan imponernos su visión única, la crítica es inaceptable, entonces recurren a la censura por medio de persecuciones insistentes en redes sociales, su carta fuerte es la corrección política, ellos establecen qué se puede decir y que no, hablan desde la legitimidad de las causas que supuestamente abanderan, se vuelven incuestionables.

Condenamos la violencia contra la mujer en todas sus formas, pero la simpatía por esta lucha no implica aprobar y justificar otro tipo de violencias, donde los sujetos pasivos no serán únicamente hombres, sino familias enteras.

De las reacciones a lo que escribo, espero romper con mis propios prejuicios, uno de ellos es pensar que, “al parecer las mujeres tenemos libertad para todo, excepto hablar mal del feminismo”.


Abogada por la Universidad de Guanajuato

@liatrueba

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