Circuló en redes sociales un posicionamiento de alumnos y exalumnos que se oponen rotundamente a que cierta Universidad le facilete un espacio a Mauricio Clark para tener una conferencia en sus instalaciones la próxima semana en la ciudad de León, esto bajo la consigna que asegura que el susodicho “promueve un discurso de odio y homofobia en contra de la comunidad LGBTTTQ+”.
La estrategia es clásica y recurrida, se busca chantajear y presionar a una institución (en este caso la Universidad que renta el espacio) para que se allane a la petición, bajo la amenaza de ser igualmente desacredita por la complicidad en acción u omisión con el supuesto “criminal del odio”.
En la misiva, (que tiene por objeto la censura del conferencista), se inserta como argumento acusador, un boletín de la CONAPRED que señala que: “Las terapias de conversión, son una forma de violencia y discriminación por motivos de orientación sexual e identidad de género”, no obstante, el mismo Mauricio expresó en su cuenta de Twitter que el no cree en dichas terapias ni las promovería y que únicamente tiene la intención de abordar temas diversos como las adicciones, redes sociales, pornografía, trampas del éxito, entre otros.
En una especie de juicio sumarísimo, estos grupos acusadores -intentan- demostrar la relación de causalidad entre aquello que se quiere expresar y el inminente daño que se le provocará a una comunidad en particular. De manera muy forzada, ellos ya probaron, enjuiciaron y sentenciaron que el ponente inevitablemente “incitará al odio” por la simple manifestación de las ideas.
La petición ya suma unos miles de firmas, eso no sorprende. La defensa iracunda de “La Nueva Fe” es ampliamente seductora para quienes encuentran satisfacción en la victimización colectiva y en el hecho de solidarizarse con movimientos de corrección, donde el buenismo hipócrita le hace segunda a una minoría de voces ideologizadas.
La Corrección Política está dañando profundamente a las democracias modernas al ser una clara amenaza hacia la Libertad de Expresión, somos una sociedad titubeante, vivimos con temor a opinar algo que pueda ofender al colectivo y movilizar reprimendas que afecten nuestro status laboral, social o político.
Para los activistas por la libre manifestación de pensamiento, esta corrección es una nueva forma de Inquisición, donde se persigue y se reprende el pecado y la blasfemia en contra de la “Nueva Religión Progresista”. Simplemente no se permite la expresión de ideas que contradigan los nuevos dogmas, no existe el debate ni la posibilidad de generarlo cuando los postulados defendidos tienen la característica de ser incuestionables.
Los guardianes de lo correcto, actúan como turba y bajo la justificante de que están “combatiendo el discurso de odio”, no solo censuran y desacreditan, de hecho, terminan creando una cadena de odio y acoso hacia el objetivo a corregir. “En defensa de la tolerancia, se vale la intolerancia”, así lo dicen y lo sostienen abiertamente sin ningún pudor.
Resulta confuso ver la cantidad de insultos, amenazas y humillaciones que recibe Mauricio Clark diariamente en redes sociales, su pecado fue decir abiertamente que dejó de ser homosexual para ser heterosexual, si el tema fuera al revés, quizá estaría siendo felicitado y aplaudido por su valentía y seguramente los ataques a su persona serían reprochados y tildados de homofobia, sin dudarlo.
Esto no me checa, ni a los librepensantes que propugnamos por el regreso del sentido común como el criterio que garantice la convivencia social pacífica.
Al parecer, en el seno de los grupos en pro de la diversidad, la única diversidad que no se encuentra permitida es la de pensamiento.