Cultura

Matar para vivir

Hannah Arendt observa que uno de los efectos más importantes de la Revolución francesa fue el de que, por primera vez en la historia, el pueblo salió a la calle y se hizo visible, tomó conciencia de sí mismo, de su dimensión y de su fuerza. “Cuando sucedió aquello”, dice Arendt, “se descubrió que no únicamente la libertad, sino también la autonomía para ser libres, había sido desde siempre el privilegio de unos pocos”.

Aquella recién estrenada autonomía liberó al pueblo francés del miedo con el que vivía hasta entonces, pero no lo liberó de la necesidad, cosa que prevalece hasta nuestros días. “Solo los que están libres de la necesidad pueden apreciar plenamente lo que es estar libre del miedo”, dice Arendt desde ese marco épico que le da la Revolución francesa; pero si descendemos al mundo de todos los días, a la dimensión personal, encontramos que, en realidad, uno no se libra nunca del miedo.

El psiquiatra Stanislav Grof trató durante años a sus pacientes con dosis, escrupulosamente controladas, de LSD; un método que provocaba unas poderosas introspecciones, verdaderos viajes que llegaban hasta el mismo origen; los pacientes de su consultorio californiano regresaban hasta el vientre de sus madres, a ese paraíso amniótico que súbitamente, cerca del alumbramiento, era perturbado por los movimientos del útero. Lo que produce esa perturbación, en todas las criaturas de nuestra especie, es un miedo atroz.

De manera que lo primero que siente una persona en su vida no es ni amor, ni hambre, ni frío; es miedo, miedo a lo desconocido, miedo a lo que pueda suceder, miedo al miedo.

El Antiguo Testamento, ese libro que ha configurado durante siglos el paisaje mental de los occidentales, nos presenta un mundo que da miedo, lleno de peligros y amenazas, en el que la mayoría de los personajes viven sin esa autonomía para ser libres que brotó de la Revolución francesa. Las historias que ahí se cuentan parten de la visión que se tenía del universo antes de Cristo, un universo que ya, desde luego, no es el nuestro. Además el monoteísmo se ha empeñado en la interpretación casi literal del libro, cuando es muy claro que se trata de una mitología que requiere de una profunda interpretación, o sea, de mucho trabajo. Ya lo dice el célebre mitólogo Joseph Campbell: la religión es una mitología mal entendida.

Además de que el libro nos presenta ese paisaje que da miedo, propio de otro tiempo y que sería otra cosa si se abordara desde el mito, la biblia está en pie de guerra contra la naturaleza. En sus páginas nos cuentan que la naturaleza ha experimentado una caída y se ha corrompido, está condenada por Dios y desde el Génesis se le dice al lector que hemos sido creados para ser los amos del mundo.

En el siglo XXI ya es muy evidente que en nuestra relación con la naturaleza no tiene cabida la visión bíblica; de hecho es a causa de esta visión arcaica, que ha llegado con toda su vigencia hasta bien entrado el siglo XX, que nuestro planeta empieza a instalarse en un estado de emergencia ecológica.

La consigna bíblica de que somos los amos del planeta enmascara esa inquietante realidad de que la vida, para mantenerse viva, necesita devorarse a sí misma; las criaturas vivas necesitamos comernos otras criaturas vivas para subsistir.

Llegados a este punto, conviene asomarse a los ensayos del filósofo Peter Singer (Ethics in the real world, Princeton university press, 2016). Hace más de 40 años Singer comenzó en Oxford, junto con otros estudiantes, una larga protesta contra el tamaño de las jaulas en las que transportaban entonces a las gallinas, que terminó en el año 2012, cuando esas jaulas fueron prohibidas en la Unión Europea. Esa protesta, hecha por múltiples flancos y con diversas intensidades, generó el movimiento de los ethical eggs, los huevos de gallinas tratadas, digamos, con esa decencia que la biblia no contempla.

Singer es vegetariano a pesar de que, según dice en uno de sus ensayos, le gusta la carne; es su forma de enfrentar esa idea terrible, vampírica, de que para vivir necesitamos matar a otro ser vivo. Los vegetales también tienen vida, claro, pero ese es un inciso que desborda las dimensiones de este artículo.

Winston Churchill dijo una vez: “Debemos evitar el absurdo que significa criar un pollo completo para comernos la pata o la pechuga, con un método que nos permita producir esas partes por separado”. Lo de Churchill era un gracejo pero, nos dice Singer, el método ya existe, ya puede producirse, a partir de los tejidos del animal, una hamburguesa in vitro que, por lo pronto, tiene un precio prohibitivo: 200 mil Libras Esterlinas la unidad.

Más allá del flanco ético que tiene el matar a un ser vivo para comérselo, está el ecológico: un gran porcentaje del calentamiento global se debe al exceso de carne que se produce en los países industrializados. El ganado libera enormes cantidades de metano, un gas que producen las vacas durante la digestión, que sale convertido en un pedo altamente tóxico. Según la FAO, las vacas producen más metano que todos los transportes juntos, coches, camiones, aviones y barcos; y si no se reduce sustancialmente su número, por más que las energías renovables se adueñen del planeta, no podrá ganarse la batalla contra el calentamiento global.

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Jordi Soler
  • Jordi Soler
  • Es escritor y poeta mexicano (16 de diciembre de 1963), fue productor y locutor de radio a finales del siglo XX; Vive en la ciudad de Barcelona desde 2003. Es autor de libros como Los rojos de ultramar, Usos rudimentarios de la selva y Los hijos del volcán. Publica los lunes su columna Melancolía de la Resistencia.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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