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Crónicas urbanas

De Macuspana a Calcuta y anexas

Humberto Ríos Navarrete

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De niña le gustaba leer historietas, ver cine y fotografiar. Lo hacía en Macuspana, Tabasco, donde vivió hasta los ocho años, cuando murió su padre. Después de un largo periodo de estudios y exposiciones en México y otros países, montaría una muestra fotográfica en el Museo Nacional de las Culturas del Mundo, situado en Moneda número 13, muy cerca de la puerta por donde entra a Palacio Nacional su paisano, el presidente López Obrador.

Pura coincidencia.

Y habrá que remontarse a la niñez de Yolanda Andrade, quien siempre estuvo apegada a las imágenes debido a su afición por el cine y su pasión por escudriñar revistas de historietas. Ese germen sirvió para que su familia, ya con residencia en Villahermosa, le obsequiara una cámara fotográfica de plástico, y comenzó a practicar un oficio que al correr de los años la llevaría a cruzar fronteras para exponer y ganar premios.

La niña Yolanda llevaba su cámara a la tienda de fotos para imprimir lo captado. De aquellos años de inquietud supo que era lo suyo, aunque también iría de la mano su gusto por el teatro. Entonces dio el salto. Tenía 18 años de edad cuando convenció a su madre Amparo de emigrar a la capital del país, pues le urgía hacer “todo lo relacionado con las artes y cumplir con mis horizontes”, recuerda Andrade.

Madre e hija llegaron a vivir en la colonia Jardín Balbuena, delegación Venustiano Carranza, de la que ella abordaba el camión Juárez-Loreto, que pasaba por el Centro Histórico y aceleraba hacia la colonia Juárez; descendía y caminaba al Instituto México-Americano de Relaciones Culturales para recibir clases de inglés. También aprendería el idioma francés.

Desde su adolescencia había elaborado un plan y nada la frenaba para cumplirlo, y fue así como en 1968, a los 23 años, inició sus visitas al Club Fotográfico, en la Zona Rosa, un lugar en el que se concentraba la crema y nata de la cultura, entre ellos el artista plástico José Luis Cuevas.

Por ese mismo club —lo sabría más tarde— habían pasado los fotógrafos Pedro Meyer, José Luis Neyra y Enrique Bostelmann, “El buscador de luz”, fallecido en 2003. Andrade aún recuerda ese centro de reunión como un espacio para retroalimentarse.

La joven compraba instructivos para manejar cámaras fotográficas. Las fotos eran en blanco y negro. En el club le permitían usar el cuarto oscuro. Ella, como la mayoría de los que asistía, no tomaba el aprendizaje como un pasatiempo, sino de vivir de un oficio y consolidarse.

Y así fue.

***

En detalles sobre su trayectoria, Yolanda Andrade, nacida en 1950, dice que trabajó en el banco Longoria y fue asistente del cineasta Rubén Broido, en aquellos años director de Conacite 2; estudió fotografía en el Visual Studies Worrshop, en Rochester, Nueva York, de 1976 a 1977, después de aprender teatro con José Luis Ibáñez, cuyo taller estaba junto a la casa de la actriz Rita Macedo, quien le alquilaba un espacio al dramaturgo.

Fue en aquellos años cuando inició su labor como fotógrafa para la compañía paraestatal de cine. De ahí saltó como independiente y publicó en varios medios impresos; inició la cosecha de premios, obtuvo becas y expuso su obra en galerías mexicanas y de otros países. Entre los reconocimientos recibido está la beca de producción de la Bienal de Fotografía, convocada por el INBA.

Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Parte de su obra fotográfica es propiedad de algunos museos de Estados Unidos, como el J. Paul Getty Museum.

Son numerosos los frutos de Yolanda Andrade, quien comenta: “Me interesa la publicación de libros de fotografía”. Hasta la fecha ha publicado tres sobre Ciudad de México: Los velos transparentes, las transparencias veladas; Pasión mexicana/Mexican Passion y Melodrama barroco, además de otros en diferentes estados y países.

En su exposición fotográfica auspiciada por el gobierno del estado de Tabasco, titulada “Cuando empieza la noche”, Yolanda Andrade escribe: “Presento algunos recorridos nocturnos que he realizado al deambular, las más de las veces sin rumbo fijo, por calles y espacios de varias ciudades de México y del extranjero, con el propósito de descubrir y fotografiar la interacción de los personajes que habitan la noche”.

La exposición fotográfica que permanece el Museo Nacional de las Culturas del Mundo, comenta Andrade, “pretende retratar la cultura de la India”. Las imágenes fueron captadas durante sus viajes al país asiático. Destacan algunas ciudades como Nueva Delhi, Calcuta y Jaipur.

***

Yolanda Andrade es una mujer menuda, de mirada tierna y aspecto tímido; usa la cámara fotográfica para retratar personajes representativos en escenarios coloridos, oscuros y recónditos, como se percibe en la exposición denominada “El hechizo de la India”.

Reúne fotos de algunos carteles de películas realizadas en los estudios de Bollywood, en Bombay, una de las industrias cinematográficas más poderosas del mundo. “A la gente le gusta muchísimo el cine”, explica Andrade mientras recorre la sala de su exposición.

En todo el país hay carteles de películas, comenta Andrade, mientras señala coloridas imágenes en muros de la ciudad Sagrada de Varanasi, a orillas del río Ganges.

Su mirada capta fachadas de cines en la parte vieja de Nueva Delhi. “Soy muy aficionada al cine”, explica Andrade y se remonta a su juventud y revela: “La primera película que vi fue Y Dios creó a la mujer”.

Y habrá los retratos de Calcuta, “mi ciudad favorita”, dice, emocionada, “una ciudad vibrante, llena de actividad, caótica”. Un abigarrado y colorido escenario.

—¿Por qué será así?—se le pregunta.

—Es tan intensa Calcuta. Hay mucha cultura popular. Hay un mercado donde hacen esculturas de sus deidades. Está la de la diosa Kali Khajuraho.

Está, por ejemplo, la foto de una gigantesca escultura del dios Monto, sentado sobre una estación del Metro de Nueva Delhi.

Hay más fotografías y otras exposiciones que mirar en este inmueble del siglo XVIII, ubicado cerca del portón por donde entra a Palacio Nacional el presidente López Obrador, paisano de la fotógrafa.

Pura casualidad.

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