Siempre me han llamado la atención las arañas, en especial las saltarinas, quizá las arañas más comunes dentro de nuestra casa.
Pequeñas, quietas hasta que saltan, diurnas, las saltarinas son fáciles de ver mientras buscan a su presa, por lo general algún mosquito o alguna mosca. Son sumamente rápidas y sus larguísimos saltos en proporción a su diminuto cuerpo es lo que les da el nombre.
Me las topo de vez en vez en mi casa y las dejo tranquilas. Sé que están ahí para devorar algún insecto pequeño.
Su mortal efectividad se las da su complejo sistema de visión de ocho ojos. Los dos más grandes tienen doble retina: una le da una imagen clara de la presa y la otra una imagen borrosa.
La imagen clara se torna menos clara a medida que la presa está más cerca. El diminuto cerebro de la araña es capaz de notar la diferencia entre las dos imágenes e inferir la distancia exacta entre ella y su objetivo.
Este jueves, de visita al Cañón de Fernández con mis estudiantes de Desarrollo Sustentable, Marijosé Castellanos me llamó para ver un bicho raro: una araña saltarina como nunca había visto una.
De menos de cuatro milímetros, con un abdomen iridiscente de tonalides cobrizas, doradas y rosas y una cabeza verde iridiscente. Patas de bandas claras y oscuras.
Tomamos las fotos y las subimos a Naturalista, la plataforma de Conabio esperando que un experto nos dijera algo más de lo que ya sabíamos (que pertenecía a la familia de los saltícidos).
Pronto llegaron las respuestas. Se trataba de Salticuspeckhamae, cuya distribución conocida es en los Estados Unidos.
Pudiera ser la nuestra, la primera observación de esta araña en el estado y en el país.
Este sólo hecho nos causó un gusto y un orgullo. No sólo por haber hecho un registro tan interesante y raro sino por haber descubierto una maravilla más del Cañón de Fernández. Una maravilla diminuta y bella.
Todo gracias a la curiosidad y la colaboración entre aficionados y expertos, el núcleo mismo de la ciencia ciudadana.