Nuestra historia con las entrañas del planeta es distante si es que existe. Robert MacFarlane habla del subsuelo como el sitio de donde extraemos aquello que más anhelamos y ocultamos aquello que repelemos o tememos.
El petróleo, el gas y el carbón, pilares malditos de nuestra civilización. El oro y las piedras preciosas que desde hace tanto nos fascinan. Los muertos, los murciélagos y los desechos radioactivos, los más peligrosos de cuantos producimos.
Las entrañas del planeta son desconocidas y temidas a tal grado que ha quedado improntado en nuestro lenguaje. Ascenso a los cielos, el ángel caído. Elevado, deprimido. Cataclismo y catástrofe tienen una connotación descendente.
Pocas veces he entrado en cuevas. De niño alguna excursión a la Cueva del Pato en el cerro detrás del de las Noas, con lámparas mineras de carburo comprado en una tlapalería de la Juárez. Joven, recuerdo una cueva en el sur de Chihuahua para ver misteriosas pinturas rupestres y haber topado con la sorpresa de otra cueva, al pie del cerro, a un lado de la casa grande de la hacienda.
Estaba al final de un pasillo de piedra, de unos veinte metros de largo, tan estrecho que se cerraba con puerta y candado.
Dentro de esa cueva había una bañera de cantera, sumergida en un charco de agua transparente y tibia. Unos pasos más adentro un gran chorro de agua muy caliente caía del techo de la cueva.
Otras aventuras rodeado de piedra incluyen una mina rústica en Velardeña cuando en prepa.
Una cueva recién descubierta en las afueras de Perpiñán y, aunque era un sitio abierto, las estrechísimas gargantas del Segre en las montañas de la Cataluña francesa cerca de una estación de montaña del pintoresco Trenecito Amarillo.
Bajo nuestros pies hay un mundo por conocer que apenas empezamos a notar.
Un sitio de madrigueras, filamentos fungales, mares interiores de agua dulce como el Gran Acuífero Maya e innumerables cuevas por descubrir.
Vale la pena volver la vista hacia lo que está debajo de la piel planetaria que pisamos cada día.