Todo nos fue advertido pero lo ignoramos. Desde Apocalipsis 11:18 que anticipó la edad por venir donde serían destruidos quienes destruyen la tierra, hasta las legendarias conferencias pronunciadas por el poeta Schelling, en el Berlín de 1841, cuando expuso que el desastre de la modernidad consistía en haber creado una tajante disociación entre la mente y la naturaleza. Desde Juan de Jerusalén, quien anunció que cuando empezara el año mil que siguiera al año mil los seres humanos se verían ante la entrada sombría de un laberinto oscuro, hasta los heresiarcas borgianos de Tlön que consideraron la cópula y los espejos como abominables porque multiplicaban el número de los que son. Desde la oscura cuarteta profética de que para decir la verdad deberá tenerse la boca cerrada, hasta la reflexión del extraño maestro acerca del puñado de personas que sabiendo recordarse a sí mismas bastarán para que el mundo pueda salvarse. Desde la noción franciscana de la casa de la creación común a todos, hasta el rabioso reclamo juvenil sobre el medio ambiente que se colapsa mientras el dinero hace dinero con ello. Desde el ecologista Lovelock denunciando hace ya décadas que requeríamos planeta y medio para sostener el insaciable consumo de la globalización económica, hasta las aves migratorias que año con año van dejando de serlo.
Nuestra época se reduce a exaltar la razón individual, una mentalidad limitada al estudio empírico de los hechos y la búsqueda del progreso material. Sólo un sentido perentorio de lo común y colectivo podrá enfrentar lo que viene. Aceptar que la disociación entre el ego (la mente) y el eco (la naturaleza) significa una enfermedad espiritual que de no curarse causará extinciones masivas y sufrimientos máximos.
Nuestra patología es el capitalismo desintegrador y caníbal. ¿Conocemos una substitución?
Fernando solana olivares