O la civilización contra la barbarie. De manera más simple: el mal contra el bien. Mientras estas líneas se escriben la insania de Trump el presidente idiota crece y alcanza dimensiones delirantes históricamente nunca vistas. Hitler hablaba de la superioridad de la raza aria y del espacio vital (el lebensraum) que su excepcionalismo eugenésico merecía. Mussolini glorificaba el Estado absoluto, el culto al Duce y a la violencia junto con la imaginaria herencia del antiguo Imperio Romano. Ninguno de ellos habló en nombre de Dios. Pero Trump no sólo habla en su nombre sino que se considera a sí mismo como Jesucristo según la imagen que publicó en su red social el domingo 12 de abril, donde aparece caracterizado como el hijo de Dios sanando a un enfermo postrado en cama, rodeado de militares, trabajadores de la salud, una mujer rezando y ángeles en el cielo vestidos de soldados, horas después de insultar al papa León XIV y descalificarlo por su condena de la violencia contra Irán y su llamado a la paz. Sugiriendo además que la elección del pontífice se debía a él. Nunca la locura de un dirigente tan poderoso llegó a tal punto.
Trump oye el monólogo narcisista de Trump que a su vez sólo escucha a los fanáticos de la talmúdica secta escatológica judía Jabad-Lubavitch que lo rodean: Kushner, Witkoff y Miller, a los sionistas cristianos Pete Hegset, Paula White (ministra que lo equiparó a Cristo hace unos días en la Casa Blanca), el fétido senador Lindsay Graham y desde luego al genocida Netanyahu que también se juega el cargo y la libertad haciendo la guerra incesantemente —todos ellos creyentes en la “maniaca geopolítica de la profecía”. Proclamando la derrota ante Irán como una victoria sublime, Trump quiere salvar su pellejo, el de su grupo y el de su familia. Si pierde las elecciones intermedias sabe que puede ser destituido y procesado. Psicológicamente hoy es más peligroso que en cualquier otro momento. De ahí su ultimátum a Irán: capitulación o destrucción, opciones psicopatológicas que significan lo mismo. Una destrucción que ya lleva a cabo junto con el nazi sionismo judío contra las infraestructuras civiles de Irán, crímenes de guerra que para él equivalen a un video juego que este fin de semana contempló desde una pantalla. Su locura y depravación moral lo llevaron a creer —dice un comentarista no irónico sino descriptivo— que durante ese par de días “resucitó”. De ahí su redoblada y demencial beligerancia: “El botín es de los vencedores. Yo me quedaré con el dinero de los peajes por el estrecho de Ormuz. ¿Por qué lo tendrían ellos?”
Irán, en cambio, se juega su pasado, su presente y su futuro (incluido el del Sur global y el multilateralismo que nace bajo fuego y entre la sangre) ante la ignorancia homicida del tirano de la Casa Blanca que lo amenazó con reducirlo a la Edad de Piedra, “donde pertenece”, amago que quedará registrado en los anales más oscuros de la historia humana. Ciro el Grande ascendió al trono en 559 a. C., 2335 años antes de la fundación en 1776 de Estados Unidos, una no civilización cuya aportación al mundo sería la Big Mac. La palabra “paraíso” proviene del persa, de “pairi” y “daeza” que significan “espacio cerrado”. El término hace referencia a los espléndidos jardines y parques de la civilización persa, terrenos antes secos y polvorientos que mediante asombrosas canalizaciones de agua y sistemas de riego, siembra de árboles frutales, plantas, flores y árboles de frondosa sombra resultaban paradisíacos. Santuarios cercados para protegerlos del polvo y el ruido, diseñados meticulosamente con cuatro rectángulos de canales de agua que confluyen en el centro y simbolizan los cuatro ríos del paraíso. Nueve de ellos han sido inscritos en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Y los jardines se multiplican en toda la geografía de la cuna civilizatoria que representa Irán.
En cambio Trump el presidente idiota mandó encementar el conocido Jardín de las Rosas de la Casa Blanca para construir un fastuoso salón de baile dorado propio de un casino y no de una casa presidencial. El ornamento, advirtió Alfred Loos en el laboratorio de pruebas para la destrucción del mundo que fue la Viena de fin de siglo (aquella Kakania de Robert Musil), es delito. Trump en sí mismo es un delito y su kitsch representa el mal. Entra en escena una vez más el culto a la muerte al mando del “babuino baboso de Barbaria”, como lapidariamente lo llama Pepe Escobar. Cuatro hechos consigna este analista hasta el pasado 11 de abril: Estados Unidos ya no es una superpotencia, Irán ha vuelto a ser una potencia militar (y moral), las cobardes petro-monarquías del Golfo acabarán expulsando a las bases militares estadounidenses, Catar y Omán harán un acuerdo con Irán, si la civilización sobrevive y la demencia destructiva del Trump-nazi sionista no llega al límite.
Corrijamos a Marx: la historia se repite como comedia, decía. Ya no. Ahora, con el hombre más odiado y odioso del momento histórico, los riesgos rozan lo terminal. Su ex aliado Tucker Carlson le recomendó “ver un buen siquiatra”. Mejor un exorcista.
AQ / MCB