Cultura

La normalización del mal

Al analizar el materialismo positivista de la modernidad (la realidad consiste solamente en lo que se puede ver, tocar y medir), el simbolismo tradicional menciona las grietas en la “Gran Muralla” que circunda el mundo y lo protege contra la intromisión de las influencias maléficas propias de lo que entiende como un ámbito sutil inferior.

Por esas grietas, ahora en irreparable aumento, penetran los “agentes de la desviación moderna”. Describiendo la época actual como la última fase de una manifestación cíclica compuesta por cuatro edades o periodos (oro, plata, bronce, hierro), el pensamiento tradicional asume que este momento civilizacional ha de agotar las posibilidades más inferiores antes de que el tiempo histórico concluya.

En 2014 apareció un artículo del columnista ruso Evgueni Gorzhaltsán, “Cómo legalizar cualquier fenómeno, desde la eutanasia hasta el canibalismo”, en el cual hacía referencia a una conocida técnica de ingeniería social, la Ventana de Overton, llamada así después de la muerte de su creador en 2003, Joseph Overton.

Definida como una secuencia concreta de acciones con el fin de conseguir el resultado deseado, algo “más efectivo que la carga nuclear para destruir comunidades humanas”, y capaz de cambiar la actitud pública hacia conceptos considerados tabú, el analista aventuraba cómo podría el canibalismo, por ejemplo, convertirse paso a paso en aceptable para al fin ser legalizado e introducido en la dinámica social. Su reflexión mostraba que una cuestión así no se conseguiría mediante lavados directos de cerebro sino con técnicas más sofisticadas, hechas efectivas gracias a su aplicación indirecta, pero constante y sistemática sin que la sociedad se percatara de ello.

Impensable, radical, aceptable, sensata, popular, política. Estas son las etapas en las que cualquier idea puede volverse primero realidad tácita y luego práctica consensuada en una sociedad como la nuestra, amorfa y sin ideales fijos ni una clara división entre el bien y el mal. Impensable pero mostrada urbi et orbi con el pretexto de su crítica y condena. Radical aunque velada y machaconamente sugerida en medios audiovisuales y redes sociales. Aceptable a través de legitimaciones académicas y explicaciones seudo científicas. Sensata apelando a la tolerancia social ante “lo diferente”. Popular como si proviniera de las mismas demandas sociales. Política al integrarse a plataformas partidistas e iniciativas de legislación.

No de otra manera puede explicarse la degradación moral, las aberraciones éticas, la decadencia generalizada en el lenguaje, el arte y la cultura, la violencia normalizada, el crimen como constante pública, la enajenación audiovisual masiva, la crispación cortical y el empobrecimiento neuronal de las masas, la histeria de la sociedad del espectáculo, la sobre sexualización de la vida diaria, la biología asumida ideológicamente, el placer narcisista como meta última y la apariencia como definición ontológica. ¿Son procesos naturales o inducciones programadas, mecanismos intencionales de promoción?

Al analizar el aspecto filosófico de lo que llama archipiélago de Epstein —no una anomalía sino un modelo—, la filósofa rusa Natalia Mentelieva encuentra en autores posmodernos como G. Deleuze y F. Guattari y su esquizoanálisis una clara fundamentación: “Hasta ahora hemos interpretado erróneamente las desviaciones como perversiones. Y esto no es más que formas extravagantes de sexualidad, de relaciones entre los sexos. Las prohibiciones sólo conducen a la neurotización de la civilización. Debemos replantearnos lo que se considera excesos prohibidos. ¡En los flujos de la vida no hay ninguna normatividad!”

La aberración Epstein (“Si aún no eres un psicótico perverso, ¡debes convertirte en uno!”, insinúan Deleuze y Guattari, según Melentieva) ha consistido en poner en circulación crímenes atroces, un “nuevo canon bestial” sin castigar a los responsables, excepto a unos cuantos, ostentando su impunidad. El manifiesto tecnofascista de Palantir ha propuesto recientemente tolerancia con las desviaciones de las élites. La guerra cognitiva no es entonces solamente política sino sobre todo moral. En el “nada es cierto, todo está permitido” que promueve el nihilismo posmoderno occidental (ni chino, ruso iraní o asiático), se trata de normalizar la monstruosa decadencia de las élites oligárquicas y sus prácticas criminales, de normalizar el mal. “Así piensa y actúa Satanás”, afirma la filósofa.

Una falsa “democratización” que toca todo, una liberalización más allá de los límites de la norma social y espiritual, haciendo del yo humano un conjunto de flujos de deseos, conducen “al asedio y la conquista del ser humano por fuerzas absolutamente externas, seres oscuros de las jerarquías inferiores”. La solución consiste en apartarse interior y exteriormente del mal, resistir a la degradación colectiva y humanizarse donde uno está. Es el paso lateral taoísta o el dar la espalda de Merlín para escapar del hechizo de Fata Morgana.


AQ / MCB

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Fernando Solana Olivares
  • Fernando Solana Olivares
  • (Ciudad de México, 1954). Escritor, editor y periodista. Ha escrito novela, cuento, ensayo literario y narrativo. Concibe el lenguaje como la expresión de la conciencia.
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