Así como intenta abolir el pasado, la pertenencia ancestral y la memoria común, la poshistoria implantada globalmente por el necrocapitalismo ha modificado la noción del tiempo como una sucesión de intervalos, de lapsos y ritmos, de vigilias y noches, de pausas y aceleraciones. Ahora es un presente incesante de 24 horas al día y siete días de la semana, donde cualquier valor de preservación o conservación son irrelevantes.
En su libro 24/7. El capitalismo tardío y el fin del sueño, Jonathan Crary describe como una “frenética orgía ininterrumpida” el saqueo, la acumulación y la expropiación de recursos que tiene lugar incesantemente en el planeta, sin dar tiempo a la regeneración de los sistemas vivientes y los entornos físicos, provocando además una ilusión de tiempo instantáneo según las demandas del deseo propio, un impulso reflejo que al no interactuar con los demás no desarrolla el sentido de responsabilidad ni de derechos y obligaciones que debiera significar cualquier trato.
Toda forma de democracia, observa el autor, requiere la paciencia básica de escuchar a los otros y esperar el turno para hablar. Pero el sistema 24/7 debilita la paciencia y la deferencia hacia el prójimo. Esperar representa una incompatibilidad esencial del capitalismo con cualquier práctica social de compartir (aunque esa acción, y quizá por su crónica ausencia social, sea un término obsesivamente repetido en esta época), de ser recíprocos y cooperativos con los demás. Lo que hoy se exalta es una cultura vacía de autopromoción y autoabsorción egoísta.
La única zona relativamente libre del control avasallante del sistema que queda es el sueño, afirma el autor. Sin embargo, los posmodernos ahora duermen seis horas frente a ocho de la generación anterior y diez de la otra. Los pájaros se despiertan más temprano y trabajan más que los del campo. El tiempo es continuo en las concentraciones urbanas. Se infiltra en la mente, donde sucede, según Henry Jenkins, una convergencia mediática de las industrias visuales: los videojuegos, las teleseries y la telerrealidad, elementos con que las personas crean una artificiosa mitología carente de proximidad.
El cuento es una operación sobre el tiempo, lo mismo que la novela y cualquier otra narración. Hay técnicas diversas como los enlaces, las elipsis, las alusiones, las parábolas, las metáforas, las capas de la cebolla o el reventar los puentes. Todas llevan a un mismo resultado: la condensación. Constituyen un tiempo detenido o en movimiento, una sucesión. Pero cuando el tiempo es indiferenciado desaparecen los actos, los pequeños o grandes gestos con los que la persona habita su biografía y percibe su existencia para construir su propio sentido vital, la intimidad de su ser.
La cortesía es una expresión del tiempo: la atención atenta en el tiempo del otro —una integridad que de pronto se hizo anacrónica. La atención es tiempo que hace de toda virtud una energía. Crory advierte que están apareciendo las tareas preliminares, una “preparación rudimentaria” para las serias luchas políticas que no tardarán en extenderse ante la catástrofe ecológica, la desigualdad económica, los adoctrinamientos cognitivos y las guerras imperialistas a nuestro alrededor. Resistencias personales que consisten en elegir otras maneras de vivir.
Consisten en escapar de la videoesfera, rechazar la deificada y destructiva cultura del dinero y sus fantasías tóxicas, la adoración del objeto, la cosificación utilitaria de los otros, dejar de comprar lo que no se necesita, vencer el deseo o regularlo cuando menos. Los mixes llaman verdadera riqueza a la reducción drástica de la necesidad. Es entonces cuando el tiempo interior significa una acción política.
El espacio de esta elección está en la mente. Todo intervalo que la conciencia construye, esa interrupción voluntaria del flujo mental es lo que los textos llaman yoga: una soberanía personal sobre el tiempo mental que se vuelve propio, se expande y multiplica. Supone salir del compulsivo tiempo civilizacional impuesto (así sea por mínimos intervalos) y alcanzar aquel “don de estar a la escucha” que percibió Benjamin.
Es una atención plena al momento presente, una observación que efectivamente mira el objeto, que lo rodea sin pre-juicio o distracción, un hacer para-nada donde se alcanza la libertad respecto a la finalidad y a la utilidad, la esencia de la inactividad que Adorno entiende como verdadero lujo y Byung- Chul Han llama “fórmula fundamental de la felicidad”. Los viejos senderos canónicos la describen como contemplación.
Aprender a liberar el pensamiento es, según argumentó Borges, “convertir el ultraje de los años en una música, un rumor, un símbolo”. Ocurre entonces que darse tiempo, salirse del tiempo impuesto es una contra narrativa que contiene al tiempo otra vez hecho de tiempos que nos salvan de la oscuridad. La dicha inicua, dirá Renato Leduc, de perder el tiempo. Una paradójica forma para aceptar su misteriosa naturaleza y comprender su liberación.
AQ / MCB