En alguna página de sus Carnets, Henri de Montherlant se declaró admirador del genio en longevidad. Aquellas mentes que sin deterioro cognitivo llegan a una edad avanzada como si apenas fuera el día de ayer. Quizá ninguno como el filósofo Edgar Morin, quien murió el pasado 29 de mayo a los 104 años. Meses antes, en enero de 2025, se publicaba su testamento intelectual, Lecciones de la historia. ¿Podemos aprender de nuestro pasado?
Para Morin, autor del concepto de pensamiento complejo —una comprensión de la realidad desde una perspectiva integral y multidimensional en la cual todo está interconectado y debe analizarse como redes de relaciones que aceptan el azar y la incertidumbre—, si bien la modernidad ha adquirido conocimientos sin precedentes sobre el mundo físico, biológico, psicológico y social, y la ciencia ha hecho esenciales los métodos de verificación empírica y lógica, a pesar de ello el error, la ignorancia y el extravío progresan por todas partes. “La patología del saber, la inteligencia ciega”, le llamó a esta situación.
Las causas de estas contradicciones y peligros tienen un carácter común: el modo de organización del conocimiento, que es incapaz de reconocer y aprehender la multiplicidad de lo real al ser mutilado por lo que Morin llamó el “paradigma de la simplificación”. Un paradigma lastrado por los principios de disyunción (que comenzó con la separación cartesiana del “pienso, luego existo” y acabó aislando entre sí la física, la biología y la ciencia del hombre, aislando la ciencia de la filosofía), de reducción (que sometió lo complejo a lo simple, lo orgánico a lo mecánico y condujo a una hiperespecialización fragmentaria y desgarrante del tejido heterogéneo de la realidad) y de abstracción (que aisló a los fenómenos y a los seres de sus contextos plurales y diversos).
“El pensamiento simplificante —escribe Morin— es incapaz de concebir la conjunción de lo uno y lo múltiple (unitas multiplex). O unifica abstractamente anulando la diversidad o, por el contrario, yuxtapone la diversidad sin concebir la unidad”. Así se llega a la inteligencia ciega que destruye los conjuntos y las totalidades, aísla objetos y sujetos de sus ambientes, y las realidades clave son desintegradas porque “no puede concebir el lazo inseparable entre el observador y la cosa observada”.
Los medios de información producen una cretinización vulgar, pero la universidad produce una cretinización que Morin llama de alto nivel. La metodología dominante ocasiona oscurantismo y conocimiento parcial porque no asocia los elementos disjuntos del saber. Tal conocimiento insuficiente ya no está hecho para reflexionar sobre sí mismo y tampoco para ser discutido por las conciencias humanas. Y en esta mutación sin precedentes, como Morin la califica, una “nueva, masiva y prodigiosa ignorancia es ignorada por los mismos científicos, quienes no controlan las consecuencias de sus descubrimientos ni el sentido y la naturaleza de sus investigaciones”.
Esa mutación mutiladora y unilateral deriva crecientemente en causar crueldad y sufrimiento humanos. La incapacidad para vincular al ser individual (una micro-dimensión) con el conjunto de la humanidad y el planeta (una macro-dimensión) ha conducido a tragedias parciales que pueden llevarnos a una tragedia suprema. Toda estrategia política, dirá Morin, debiera requerir el conocimiento complejo, pues toda estrategia surge trabajando con y contra lo incierto, lo aleatorio, el juego múltiple de las interacciones y retroacciones.
Al preguntarse qué es la complejidad, Morin responde que es un tejido (complexus: lo que está tejido en conjunto) de elementos inseparablemente asociados y compuesto de una paradoja: lo uno y lo múltiple. La suma de eventos, vínculos, efectos, determinaciones y contingencias que componen el mundo fenoménico. La vida, asegura Morin, no es una sustancia sino un fenómeno de auto-eco-organización extraordinariamente complejo. Su dificultad es que debe afrontarse desde la bruma, la ambigüedad y la contradicción.
Para hacerlo propone algunas definiciones conceptuales que reemplacen el paradigma prevaleciente de disyunción/reducción unidimensional por otro de distinción/conjunción, el cual “permita distinguir sin desarticular y asociar sin identificar o reducir”. Acudiendo al filósofo Gastón Bachelard, Morin recuerda que lo simple no existe: existe lo simplificado. Esta patología moderna del espíritu que proclama una hiper-simplificación ofuscada ante la complejidad de lo real.
Proveniente de la misma sabiduría intemporal de los chamanes prehistóricos, la filosofía perenne, la intuición poética, los filósofos presocráticos, el pensamiento esclarecido del medioevo, las certezas místicas, las absorciones meditativas profundas o las hipótesis de científicos heterodoxos como Jacobo Grinberg y su Laticce, esa red de energía que conecta todo lo que existe, la unitas multiplex de la teoría del pensamiento complejo de Edgar Morin representa un camino para corregir el fatal rumbo nihilista del no-pensamiento actual.
AQ / MCB