Cultura

Odiseo, el único sobreviviente

  • 30-30
  • Odiseo, el único sobreviviente
  • Fernando Fabio Sánchez

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Ya en la costa, junto a la nave —continuó Odiseo—, reprendí a mis hombres uno por uno. Aunque fue inútil: las vacas ya estaban muertas.

Los dioses manifestaron signos. Los cueros comenzaron a temblar y la carne en los pinchos —tanto la cruda como la cocida— mugió. Era el sonido de los rebaños.

Por seis días devoraron la carne que pertenecía a Helios. Cuando Zeus, el hijo de Cronos, dio paso al séptimo día, el viento amainó. De inmediato abordamos el barco.

Elevamos el mástil y desplegamos las velas. Entramos en mar abierto, lejos de la isla.

No podíamos ver nada más que mar y cielo. Zeus formó una tormenta sombría y azul sobre nosotros. El mar se oscureció.

Por un momento, la nave avanzó. Pero entonces aulló Zéfiro, el viento del Oeste, y, ruidosamente apresurado, desató un torrente tempestuoso.

Una ráfaga desprendió los dos estayes. El aparejo quedó hecho pedazos.

El mástil se quebró y cayó en la popa, aplastándole el cráneo al piloto, rompiéndole todos los huesos.

Se despeñó de la cubierta como un clavadista, mientras su espíritu salía de su cuerpo.

Zeus tronó y descargó un rayo. El barco se sacudió, lleno de azufre.

Todos los hombres cayeron al mar. Fueron barridos como gaviotas y quedaron flotando sobre las olas. Ya no podrían nunca regresar a casa.

Caminé de un lado a otro por cubierta hasta que la corriente arrancó el costado del barco de la quilla.

Las olas se llevaron el casco y destrozaron el mástil. Pero una cuerda de cuero de buey había quedado atravesada.

La usé para amarrar la quilla y el mástil, y navegué, montado, a merced de los vientos nefastos.

Al final, cesó la tempestad. El viento del Oeste se calmó. Temí que el viento del Sur me llevara de regreso a la terrible Caribdis.

Toda la noche fui arrastrado justamente hacia allá.

Al amanecer, me encontraba ante las rocas de Escila y frente al peñasco de Caribdis, que tragaba agua salada en ese instante.

Vi la higuera del peñasco y salté. Quedé sujeto al tronco, como si fuera un murciélago, sin poder trepar ni poner los pies en tierra. 

Las raíces estaban muy abajo y las ramas muy arriba.

Permanecí aferrado, con la esperanza de que Caribdis escupiera el mástil y la quilla. ¡Y así lo hizo!

De la misma manera que un juez se pasa el día mediando disputas entre jóvenes y por fin se va a comer a esa misma hora, los tablones emergieron de Caribdis.

Me solté del tronco y caí en el mar, junto a los maderos que flotaban. Me subí a uno de ellos.

Remé con las manos mientras Zeus se aseguraba de que Escila no me viera.

Estuve a la deriva por nueve días. Hasta que, a la noche del décimo, los dioses me ayudaron a llegar a la isla de la terrible, hermosa y divina Calipso.

Ella me amó y me cuidó. La historia de mi cautiverio en su isla, rey Alcínoo, ya la conoces.

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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