Cultura

Nunca hay pérdida menor

  • 30-30
  • Nunca hay pérdida menor
  • Fernando Fabio Sánchez

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Cuando estuvimos a salvo de las Sirenas —continuó Odiseo—, le dije a la tripulación:

—Queridos amigos, acabamos de atravesar un gran peligro. No fue peor que cuando el Cíclope nos obligó a quedarnos en su cueva.

»Aquella vez nos salvamos gracias a mi habilidad, mi inteligencia y mi astucia. Acuérdense.

»Así que confíen en mí, siéntense en las bancas y azoten el abismo embravecido con los remos, que Zeus quizá nos dejará salir de este desastre también.

»Piloto, escucha. Estas son tus órdenes. Sujeta el timón y aléjanos de ese humo negro y de aquella ola alta, y dirígenos hacia esa roca elevada; de lo contrario, estaremos todos en peligro.

Pronto obedecieron. No obstante, no mencioné los riesgos inminentes, ya que eso nos llevaría a la muerte: todos se asustarían y soltarían los remos, para amontonarse luego en la bodega.

Circe me había dicho que, al pasar la isla de las Sirenas, me enfrentaría a dos posibles rutas.

La primera era atravesar un desfiladero donde Anfítrite golpeaba furiosamente con olas poderosas.

Ni siquiera los pájaros podían volar sin peligro, incluidas las palomas que llevan ambrosía a Zeus.

Ningún humano había osado navegar por el pasaje. Al hacerlo, olas y ráfagas de fuego se apoderaban de las maderas del barco y del cuerpo de los hombres.

La segunda opción era dirigirnos hacia dos rocas. Una se elevaba al cielo. Era tan alta que la rodeaba una niebla azul y perenne. No la atravesaba la luz, ni siquiera en verano.

Ningún ser humano podía escalar la roca ni poner pie en ella, ni aunque tuviera veinte pies y manos: era lisa, como si hubiera sido pulida.

Justo en la mitad había una cueva oscura, mirando hacia el oeste, hacia el negro Erebo. Ninguna flecha podía alcanzarla.

Allí vivía Escila, aullando y ladrando horriblemente. Su voz era la de un cachorro, pero ella era tan letal que los mismos dioses la temían.

Poseía doce piernas colgantes y seis largos cuellos con espeluznantes cabezas. En cada rostro se escondían tres filas de poblados dientes, impregnados de muerte.

La otra roca estaba muy cerca. Era más baja. Allí crecía una higuera de robustas hojas. Pero debajo, la divina Caribdis succionaba el agua negra.

Tres veces al día la escupía, y tres veces la succionaba. Nadie podría salvarse de tal destrucción, ni siquiera Poseidón.

Aquello me había explicado Circe la noche anterior y, además, me dijo:

—Rema rápido y mantente más cerca de Escila, pues es mejor perder seis hombres que a todos.

Y así lo hicimos. Le había ordenado al piloto acercarnos precisamente a esa roca.

Me preparé para la batalla, pese a la advertencia de la diosa. Pero la verdad es que no pude resistirlo.

Porté mi gloriosa armadura. Sujeté dos largas lanzas y subí a la proa. Aquel monstruo de seis cabezas aparecería en cualquier momento.

Al borde del llanto, avanzamos por el corto estrecho. A un lado, Escila; por el otro, Caribdis, con su tenebroso gorgoteo, tragándose el agua.

Cuando Caribdis la arrojó, se agitaba en ebullición como un caldero hirviendo sobre una hoguera.

La espuma voló alto, salpicando las rocas de cada lado.

Pero cuando se tragó el mar negro, parecía agitada desde sus entrañas más profundas, y las rocas alrededor rugían terriblemente, y la arena índigo del fondo quedaba a la vista.

Mis hombres se llenaron de miedo.

No obstante, mientras contemplábamos a la espantosa Caribdis, Escila entró en acción y arrebató a seis hombres del barco, a los más fuertes, a los mejores guerreros.

Solo pude ver sus manos y sus pies cuando la bestia se los estaba llevando. Y en agonía lloraban y me llamaban por mi nombre. Fueron sus últimas palabras.

Escila los sacudió por el acantilado como un pescador a un pez. 

Y los devoró en la entrada de la cueva mientras gritaban todavía, extendiendo sus manos hacia mí en su terrible lucha.

Fue la imagen más desgarradora que presencié en todo mi sufrimiento en el mar.

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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