—Odiseo, hijo mío —dijo Anticlea, mi madre—. ¿Cómo cruzaste las tinieblas si aún estás vivo?
Hay ríos y corrientes espantosas, y el gran océano que solo se puede atravesar en barco. ¿Acaso no has llegado a Ítaca para encontrarte con tu esposa?
—Madre, he tenido que viajar al Hades para consultar el espíritu del profeta. No he pisado Grecia ni nuestra amada tierra.
Pero dime, ¿cómo es que la triste muerte se apoderó de ti? Cuéntame de padre y del hijo que dejé, y de mi esposa: ¿qué piensa? ¿Se ha vuelto a casar?
—Ella es fiel. Su corazón es fuerte. Pero cada noche es un tormento, y pasa los días llorando.
Sus pretendientes la cortejan con regalos. No son más que invasores que se comen tu comida en tu propia casa. Aunque Telémaco, tu hijo, mantiene el trono.
”Tu padre está en el campo. Solo en el invierno duerme bajo techo, frente al fuego, junto a los esclavos. Sus ropas son harapos.
En el verano y durante la cosecha, las hojas son su cama. Se queda allí, en duelo, lleno de tristeza, esperando a que regreses.
”Eso mismo me ha pasado a mí. Ninguna enfermedad me quitó la fuerza, ni una flecha de Artemisa me alcanzó. No, fue extrañarte, Odiseo, mi sol, tu bella mente y tu corazón amable. Eso me arrancó la dulce vida”.
En ese momento, quise abrazar el espíritu de mi madre. Pero, como estaba muerta, no pude hacerlo.
Tres veces intenté, añorando tocarla. Y tres veces su fantasma se alejó de mí, como las sombras, como los sueños.
Sentí que un dolor me atravesaba las entrañas más profundas. Comencé a llorar.
—¡No, madre! ¿Por qué te apartas? Déjame abrazarte, aunque estemos en el Hades. Envolvamos nuestros brazos uno alrededor del otro con amor para encontrar un frío consuelo mientras lloramos juntos. ¿O es que no eres tú realmente? ¿Quizá la reina Perséfone ha enviado un espectro para aumentar mi pena?
Y ella me respondió:
—Oh, hijo mío. Eres el hombre más desafortunado de los vivos. Perséfone no te está engañando.
Esto les sucede a los mortales cuando mueren. Los músculos cesan de sujetar la carne y los huesos. Tan pronto como la vida se va de estos blancos huesos, una oleada de fuego ardiente destruye el cuerpo.
El espíritu vuela y de inmediato desaparece, tal como un sueño.
”Ahora, vuelve a la luz. Recuerda todas estas cosas. Las necesitarás frente a tu esposa en los días por venir”.
Mientras hablábamos, Perséfone envió a otros espíritus: hijas y esposas de antiguos guerreros. Después de hablar con ellas, se dispersaron.
Entonces vino hacia mí el espíritu de Agamenón. Su imagen era de una completa tristeza.
—Rey Agamenón, Señor de los Hombres. ¿Has muerto?
Al beber la sangre, me reconoció. Rompió en llanto. Con lágrimas en los ojos, extendió los brazos, deseoso de tocarme.
Su energía y su fuerza, así como la agilidad de sus miembros, se habían ido.
Lloré como lo había hecho con mi madre, y le tuve lástima. Exclamé:
—¿Fue Poseidón quien desató un vendaval feroz y hundió tus naves? ¿O pereciste en tierra a mano de tus enemigos?
Y de inmediato, me respondió.