Cultura

La cama de la salvación

  • 30-30
  • La cama de la salvación
  • Fernando Fabio Sánchez

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Bajo la protección de algún dios, anclamos en la costa de Eea, silenciosamente —continuó Odiseo—. Al tercer día, bajé del barco para buscar signos de presencia humana.

Escalé un peñasco y divisé una columna de humo: el palacio de Circe. Cacé un ciervo que los dioses enviaron a tomar agua y alimenté a mis hombres. Al día siguiente, los reuní y les dije:

—Necesitamos reconstruirnos, pero no sé cómo. Ayer vi una columna de humo entre el bosque y la maleza espesa.

Mis hombres lloraron. Recordaron lo que había pasado con los lestrigones, comandados por su rey Antífate, y el poderoso cíclope.

Pero todos esos lamentos no eran de provecho. Les ordené que se pusieran las armaduras y envié a un grupo bajo el mando de Euríloco. Todos iban llorando.

Encontraron lobos y leones. Las bestias los rodearon, moviendo la cola, como un perro recibe a su amo. 

Luego se acercaron, mostrando sus zarpas salvajes. Los hombres se aterrorizaron.

Escucharon un dulce canto que provenía de un templo de rocas pulidas, construido sobre cimientos altos en un claro del bosque. Polites, el más devoto y fiel de mis hombres, dijo:

—Amigos, adentro alguien canta mientras teje en un amplio telar. En el suelo resuena su canto. Quizá sea una mujer, o una diosa. Llamémosla.

Gritaron y ella vino de inmediato. Era Circe, hija del Sol y Persa, que hablaba lenguas humanas.

Abrió las puertas brillantes y los invitó a pasar. Solo Euríloco permaneció afuera, sospechoso.

Circe sentó a los hombres a la mesa. Les sirvió cebada, queso y miel y vino de Pramno. Tomaron la copa y bebieron. Al instante, quedaron hechizados. Los mandó al corral.

Los había convertido en cerdos, aunque solo en cuerpo: su mente estaba intacta.

Los cerdos chillaron. Circe les arrojó bellotas y bayas del bosque. Los cerdos comieron del lodo.

Euríloco corrió hacia el barco. Trató de hablar, pero no pudo. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Odiseo —dijo al fin—, fuimos hacia el bosque, siguiendo tu orden. En un claro, encontramos una hermosa casa. Todos entraron y luego desaparecieron.

Envainé mi espada argentina en la espalda.

—Llévame allí —le dije.

—No, no, mi señor. No puedo regresar.

—Quédate aquí, entonces. Pero yo debo ir.

Casi llegaba al palacio de Circe cuando vi a Hermes, con su vara de oro. Parecía un adolescente, cuya barba apenas comienza a crecer.

—¿Por qué has venido solo? —me preguntó—. Circe ha convertido a tus hombres en cerdos. ¿Crees que los puedes salvar? Si lo intentas, nunca regresarás a casa. Aunque yo te puedo ayudar.

El dios resplandeciente arrancó una flor de raíz negra y pétalos blancos como la leche.

—Los dioses la llaman moly. Los mortales no pueden extraerla, pero yo soy un dios.

Hermes voló entre los árboles y regresó al Olimpo. Yo llegué a casa de Circe. Mi corazón latía con intensidad. Entonces la vi: estaba hermosa, con su pelo trenzado.

Nervioso, la seguí. Me dirigió a una silla plateada. En una copa de oro, mezcló una bebida. Yo le di un trago.

—¡Ahora vete al chiquero y únete a tus hombres! —me dijo.

Pero yo saqué mi afilada espada y la asalté, como queriendo matarla.

Circe gritó y esquivó la espada. Me tomó de las rodillas. Gimiendo, dijo:

—¿Quién eres? Ningún otro hombre resistió mi magia. Envaina tu arma y ven a la cama conmigo. Luego de hacer el amor, quizá confiemos uno en el otro.

—¿Cómo esperas que te trate delicadamente si has convertido a mis hombres en cerdos? No iré a tu cama si antes no me juras que ningún daño me harás al desnudarme.

Apenas lo dije, Circe realizó el juramento. Yo subí a la cama deslumbrante de la hermosa diosa.

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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