Política

Emmanuel Carrère

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Gil lee en estos días una novela sorprendente: Koljós, la más reciente aventura novelística de Emmanuel Carrère, un relato familiar, una reconstrucción de sus ancestros. Se trata de una novela sobre la historia de su familia y también la historia con mayúsculas: la Europa del pasado y el presente. Gil arroja a esta página del fondo unos cuantos subrayados.

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El despacho de mi padre fue mucho más difícil de vaciar que el de mi madre. Su contenido era mucho más heteróclito porque era, en todos los sentidos de la palabra, un hombre extraordinariamente conservador. Lo archivaba todo.

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Óscar Wilde escribió esta frase tan bonita, tan justa: “Los hijos empiezan queriendo a sus padres; cuando se hacen mayores, los juzgan; y a veces los perdonan”. Ocurre lo mismo a la inversa: los padres también salen airosos si, antes de morir, tienen la oportunidad de perdonar a sus hijos.

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Los libros, las películas y las historias que más me conmueven son aquellos que muestran al mismo tiempo las dimensiones horizontal y vertical de la vida. Horizontal: el amor, la amistad, las alianzas que se forjan cuando se cruzan las mismas aguas, la misma época. Vertical:  las relaciones entre generaciones. Padres e hijos, antepasados y descendientes que vivieron en mundos distintos, que compartieron otros relatos colectivos, otros valores, otras certezas (lo que era evidente, pongamos, para nuestros abuelos, a nosotros no sólo nos resulta extraño sino a menudo escandaloso). Me gusta que me den acceso a esas dos dimensiones de la experiencia humana; a la vez, creo que es el secreto de los grandes libros (Guerra y Paz, Los Buddenbrook), pero, en realidad, conforme me hago mayor la que más me interesa es la vertical.

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Al mismo tiempo, formo parte de ese grupo de personas, cada vez más numeroso, que están convencidas de que nos encaminamos a una catástrofe histórica sin precedentes: el hundimiento de nuestra civilización si somos optimistas, o la extinción de nuestra especie si nos ponemos en lo peor. Si es cierto, si de verdad es lo que está pasando, ¿qué sentido tiene escribir sobre otra cosa? Ante el hecho de que somos ocho mil millones en la Tierra, ante el desastre ecológico irreversible, ante la crisis migratoria, ante la inteligencia artificial, que se nos comerá antes incluso de que nos demos cuenta; ante, de paso, el fin de la democracia y de todos nuestros valores occidentales (digo “de paso” porque aparte de nosotros no parece que nadie lo vea como una gran pérdida).

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Cuando escribí (Una novela rusa) no sabía lo que era, pero entretanto me han diagnosticado a mí la enfermedad, que encaja tan bien con lo que me ha atormentado, y ha atormentado a los demás, durante toda mi vida, que resulta poco menos que un alivio: sabemos lo que es y que, en cierta medida se puede tratar. En mi caso, el litio funciona bastante bien. Reduce la magnitud de esos cambios de humor que afectan a todo el mundo, incluso a las personas normales, pero que en los bipolares se acentúan mucho más. Todo el mundo tiene altibajos, momentos de euforia y momentos de desánimo, pero en el caso de los bipolares, que en otro tiempo se llamaban maniaco-depresivos, los altos son más altos y los bajos más bajos. Lo he pagado caro, pero, echando la vista atrás creo que he sabido aprovechar la enfermedad como un instrumento de conocimiento.

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Ese optimismo y esa capacidad de adaptación, que serán rasgos constantes de mi madre toda su vida, los atribuye a la educación de su propia madre, cuyo lema era el de Disraeli: Never complain, never explain. Nunca te quejes, nunca des explicaciones, algo que su padre hacía todo el tiempo, y yo ya ni te cuento.

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Volvimos juntos al dormitorio, donde nos esperaba mi madre. Abrí la cama, le ayudé a acostarse, le puse el pantalón del pijama, primero una pierna, luego la otra. No opuso resistencia, tampoco puso de su parte. Misión cumplida. Lo tapé con las sábanas y las mantas: estaba listo para pasar la noche. Le sonreí, me sonrió y susurró: “estoy confundido”. 

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Como todos los viernes, Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras el mesero se acerca con la botella de Grey Goose, materia prima del ganso salvaje, Gamés pondrá a circular por el mantel tan blanco las frases de Proust: “No hay nada más difícil de soportar que una sucesión de días felices”. 

Gil s’en va


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Gil Gamés
  • Gil Gamés
  • gil.games@milenio.com
  • Entre su obra destacan Me perderé contigo, Esta vez para siempre, Llamadas nocturnas, Paraísos duros de roer, Nos acompañan los muertos, El corazón es un gitano y El cerebro de mi hermano. Escribe bajo el pseudónomo de Gil Gamés de lunes a viernes su columna "Uno hasta el fondo" y todos los viernes su columna "Prácticas indecibles"
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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