Llegamos a la isla flotante de Eolo —continuó Odiseo—, la cual está rodeada de una muralla impenetrable de bronce.
Allí vive con sus doce hijos: seis hombres y seis mujeres que están prometidos en matrimonio entre sí.
Al recibirme, me invitó a quedarme un mes. Le pedí noticias de Troya y de las naves que regresaron a casa. Al final, le dije que nos dirigiera hacia allá.
Me obsequió un odre de cuero que contenía ráfagas de viento. Lo ató con un cordón de plata al mástil del barco para que el viento no escapara.
Céfiro sopló y navegamos por nueve días. Al décimo, avistamos nuestra tierra.
Estábamos tan cerca que vimos el fuego de los campamentos. Exhausto, me quedé dormido, anhelando el momento del regreso.
No obstante, la tripulación comenzó a murmurar:
—Todos aman a este hombre. No solo saqueó Troya, sino que le hacen honores por doquier. Hemos compartido el camino, pero regresamos con las manos vacías. Abramos el saco para ver cuánto oro y plata hay allí.
Cuando abrieron el costal, los vientos comenzaron a soplar. Un golpe nos precipitó a la mar abierta y nos alejamos de Ítaca, sin dirección.
Desperté al oír sus gritos. Pensé en saltar del barco y ahogarme, o quizá morderme solo el labio y soportar: permanecer en este mundo.
Me cubrí el rostro con las manos y caí a cubierta.
Descubrimos llorando que el viento nos había devuelto a la isla de Eolo.
Al vernos, Eolo y sus hijos preguntaron:
—¿Por qué están de regreso?
—Culpen a mis hombres y a mi terrible urgencia de dormir. Pero ustedes tienen el poder de enderezar este lío.
Eolo permaneció en silencio. Luego gritó:
—¡Largo de aquí! ¡No es correcto ayudar a quien es odiado por los dioses!
Así bramó y nos sacó del palacio.
Remamos por seis días y seis noches. Al séptimo, llegamos al puerto de Telépilo, en Lestrigonia, rodeado de acantilados escarpados.
Todos los barcos, con excepción del mío, atracaron en la orilla. No había olas, ni siquiera agitación del agua.
Escalé un peñasco. No encontré rastro de ganado ni de humanos, solo el humo que se alzaba en la distancia.
Ordené a un esclavo y dos hombres que investigaran qué tipo de personas vivían y comían pan en esa tierra. Caminaron por un sendero angosto hacia la ciudad.
Encontraron a una niña muy robusta, que recogía agua en la fuente de Artacia. Le preguntaron quién era el rey y la gente de esa patria.
Pronto los llevó al palacio de altos techos de su padre, el rey mismo.
Los recibió una mujer tan alta como una montaña, quien llamó a su esposo inmediatamente.
El gigante quiso matar a mis hombres. Sujetando a uno de ellos, lo devoró por entero. Los otros dos escaparon.
El grito del rey resonó a lo largo de la ciudad. Los poderosos lestrigones aparecieron de todos los rincones. No eran humanos. ¡Eran gigantes!
Apedrearon los barcos desde los acantilados, con rocas que un hombre no podría levantar.
Escuchamos el crujido de los barcos y el clamor de soldados muertos. ¡Los arponearon como peces!
Yo corté la soga que anclaba mi nave de oscuras proas. Remamos a doble tiempo, mientras los gigantes destruían el resto de la flota.
Estábamos felices por haber sobrevivido, aunque habíamos perdido a muy buenos amigos por nuestra necedad.
Navegando con tristeza, llegamos a la isla de Eea, el hogar de la bella y temible diosa Circe.