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El conocimiento que trae la verdadera felicidad

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BRAULIO MONTES
BRAULIO MONTES

Ojalá estuvieras aquí, querida,

ojalá estuvieras aquí.

Ojalá no supiera nada de astronomía

cuando aparecen las estrellas.

M+.- ¡Sí! Eso pensé al leer estos versos del poeta ruso-estadunidense Joseph Brodsky en un poema de amor de 1989 titulado “A Song”. Hay algo en la belleza inefable de la vida que el conocimiento formal pasa por alto. Así lo veía yo a los 25 años, cuando era un músico bohemio y un romántico empedernido.

Es cierto que esta postura antiintelectual estaba teñida de cierta amargura, después de pasar ocho meses infructuosos en la universidad y apenas lograr pagar el alquiler. No lo sabía entonces, pero me esperaba un gran aprendizaje académico a mis treinta y tantos, lo que finalmente me llevaría a dedicarme a la vida universitaria. Aunque terminé investigando sobre la felicidad y no como astrónomo, acabé rechazando aquel coqueteo con la tesis de Brodsky.

Aún así, dada mi profesión actual, debo preguntarme: ¿cómo afecta precisamente la educación superior a la felicidad? No porque la universidad cueste a una familia, en promedio, casi 40 mil dólares al año (por estudiante) lo que suscita un debate legítimo sobre si la inversión realmente vale la pena, sino porque una de las cuestiones más importantes que deben sopesar es: “¿Será mayor o menor el bienestar con esta inversión de tiempo y dinero en educación adicional?”. La respuesta a si la educación reporta beneficios en términos de felicidad no es sencilla ni evidente, pero puedo sugerir algunas reglas para orientar la decisión de un posible estudiante acerca de si debe cursar estudios superiores.

A primera vista, la relación entre educación y felicidad parece muy positiva. Muchos académicos han analizado la satisfacción con la vida en países de todo el mundo y han descubierto que el nivel educativo suele elevarla, por lo general, tanto en los individuos como en los países. La mayoría de los estudios atribuyen este efecto al hecho de que la educación formal mejora los resultados en el mercado laboral, lo que eleva el nivel de vida y, en consecuencia, aumenta el bienestar.

Algunos investigadores también han examinado los beneficios no financieros. Un estudio extenso realizado en España reveló que, además de mejores perspectivas profesionales, las personas experimentan un aumento en su felicidad gracias a los mayores niveles de confianza y autoestima que puede aportar la educación superior.

Otro estudio encontró que, en niveles de ingresos relativamente altos, la educación especializada que alcanzan pocas personas (por ejemplo, un doctorado) se convierte en un “bien posicional”; esto significa que el simple hecho de poseer ese título eleva el estatus social, lo que puede traducirse en una mayor satisfacción con la vida. En este sentido, obtener un doctorado podría compararse con comprarse un Ferrari.

Al analizar la felicidad en otros ámbitos de la vida, la situación se vuelve algo más compleja. Por un lado, las personas con estudios universitarios están menos satisfechas con la cantidad de tiempo libre de la que disponen que las personas que no tienen esa educación universitaria.

Por otro lado, la educación superior mejora la satisfacción laboral y ofrece beneficios económicos, aunque esto último solamente ocurre si las expectativas profesionales coinciden con las oportunidades de empleo reales (una situación especialmente común en los países ricos).

La explicación más evidente podría ser que algunas carreras no preparan realmente a los estudiantes para profesiones bien remuneradas. Las universidades pocas veces mencionan la realidad de que, independientemente del valor intrínseco que puedan tener ciertos títulos, estos no garantizan automáticamente un salario elevado; por esto, algunos graduados se llevan una desagradable sorpresa.

Aún peor para la felicidad es cuando la educación superior conduce al endeudamiento, lo que reduce considerablemente el bienestar.

Los investigadores han descubierto que los préstamos estudiantiles guardan una correlación negativa con el funcionamiento psicológico y que unos altos niveles de deuda en relación con los ingresos predicen más síntomas de depresión en la mediana edad. Esto concuerda con la conclusión general de que, por lo general, deber demasiado dinero es terrible para la felicidad.

La frase de Brodsky sobre la astronomía se refiere a cómo el conocimiento derivado de la educación formal puede limitar nuestra percepción de lo sublime y, en ese sentido, interferir con la felicidad pura. Sin embargo, la educación solamente es una de las formas de adquirir conocimiento.

Muchos científicos del comportamiento, entre los que me incluyo, creemos que el interés es una emoción positiva que, al estimularse, hace que el aprendizaje sea intrínsecamente gratificante.

El argumento es que, como especie, estamos mejor adaptados cuando aprendemos cosas nuevas y, por tanto, evolucionamos para desear hacerlo. Pero no todo el mundo aprende de la misma manera; la educación convencional en el salón de clases puede no encajar con la forma en que algunas personas adquieren conocimientos de forma natural. Para ellas, la universidad es —en palabras de uno de mis hijos— una auténtica y absoluta tortura.

La cuestión es que estudiar astronomía no es la única forma de aprender sobre las estrellas y de interesarse por ellas.

Imagino que muy pocas familias se sientan a la mesa de la cocina a tomar una decisión sobre la universidad basándose únicamente en la felicidad. Pero en Estados Unidos, donde la tasa anual de deserción de la universidad ronda el 33 por ciento, haríamos bien en tomar en cuenta esta variable. Además, las investigaciones ofrecen una guía sencilla para convertir la universidad en una experiencia más feliz.

1 Sigue el ikigai universitario

En primer lugar, afortunado es el estudiante que siente una gran fascinación por la carrera más demandada en el mercado laboral. Sin embargo, la mayoría tendrá que encontrar un equilibrio entre estas dos prioridades: el interés y la recompensa. Un método para lograr ese equilibrio consiste en utilizar una versión simplificada del concepto japonés “ikigai”: en este caso, el punto óptimo de intersección entre lo que te interesa y lo que resulta práctico desde el punto de vista profesional.

Si te sitúas en ese punto óptimo, obtendrás la mayor cantidad posible de emociones positivas de tu trabajo y, al mismo tiempo, vas a minimizar el riesgo de insatisfacción laboral. Así que haz el trabajo que las universidades no hacen: infórmate sobre qué carreras conducen a los mejores empleos y combina esa lista con las carreras que más te atraigan.

2 Evita las deudas en la medida de lo posible

Por el bien de tu felicidad, evita las deudas educativas tanto como sea posible. Para los que tienen la suerte de contar con una situación familiar favorable, la deuda estudiantil no es un problema, incluso si asisten a universidades privadas costosas. Sin embargo, para otros, contar con recursos más limitados implica empezar en un “community college” (centro formativo superior) y mantenerse dentro del sistema estatal, o bien aprender a través de uno de los muchos cursos virtuales asequibles que proliferan hoy en día.

Yo me encontraba en este último grupo cuando finalmente fui a la universidad, ya pasados los 25 años; me gradué un mes antes de cumplir 30. Tenía poco dinero, estaba formando una familia y sabía que una carga de deuda no solamente afectaría negativamente mi bienestar, sino también el de ellos. Encontré una institución donde podía cursar mi carrera a distancia y completé mis estudios con un presupuesto de 10 mil dólares, libros incluidos. Muchas personas obtienen su educación superior de esta manera, sin tener que pagar el precio de la infelicidad que conlleva una deuda enorme.

3 Si odias la escuela, busca un camino diferente

Por décadas, los investigadores han debatido si existen diferentes “estilos de aprendizaje” y cuáles son. Muchos se adhieren a la idea de que algunas personas aprenden mejor a través de la palabra escrita, mientras que otras aprenden visualmente y otras más asimilan el conocimiento preferentemente mediante la palabra hablada.

Aunque esta teoría —basada en modalidades de texto, imagen y discurso— sigue siendo objeto de controversia, apenas se discute que la educación universitaria tradicional no es la opción ideal para todo el mundo, ni siquiera resulta necesaria.

De acuerdo con PRT, una empresa de contratación de personal en oficios técnicos, Estados Unidos sufre una escasez crítica de trabajadores cualificados en sectores como la plomería y la instalación eléctrica. Tengo una fuerte sospecha de que un factor que contribuye a esta escasez es la mentalidad de que “todo el mundo debe ir a la universidad”.

Si bien las intenciones declaradas pueden ser admirables, a menudo ocultan un esnobismo inconsciente respecto a la clase social y la profesión; esta actitud empuja hacia la educación superior a muchos jóvenes talentosos y trabajadores que serían más felices en ocupaciones que no requieren un título universitario.

Por último, cabe señalar que la felicidad que aporta la educación puede variar según la etapa de la vida. Si me hubiera quedado en la universidad en mi adolescencia, sin duda me habría especializado en alguna disciplina de dudoso valor en el mercado laboral y habría contraído una deuda considerable en el proceso.

Una década más tarde, la educación que recibí resultó práctica para mi futuro profesional e inspiradora, algo que permitió que me comprendiera a mí mismo y al mundo. A los 18 años no estaba preparado para estudiar, y hacerlo no me producía ninguna satisfacción. En cambio, a los 29 me apasionaron las maravillas del cálculo diferencial y los misterios desvelados por el análisis de regresión.

No me limité a las disciplinas cuantitativas; también cursé asignaturas de poesía. Fue entonces cuando las palabras de Brodsky adquirieron un significado más profundo, permitiéndome percibir la belleza efímera que el conocimiento aporta a lo largo de la vida. De hecho, el poema “A Song” concluye con estos versos:

Es el atardecer, el sol se oculta;

gritan los muchachos y chillan las gaviotas.

¿Qué sentido tiene olvidar

si lo que sigue es la muerte?


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