M+.- Como científico del comportamiento con un interés de larga data y experiencia en el mundo de las artes, siempre me ha fascinado el pintor Salvador Dalí, surrealista catalán del siglo XX. Muchos lo consideran un genio, pero es tan famoso por su excentricidad como por su arte. Afirmaba, por ejemplo, ser la reencarnación del místico español san Juan de la Cruz; bajo esa identidad, decía que podía “recordar vívidamente” haber “atravesado la oscura noche del alma”.
Cuando surge el desacuerdo sobre Dalí, este se centra en si su locura era real o fingida. Los que creen lo segundo argumentan que era un mentiroso compulsivo que manipulaba a la gente con sus extravagantes farsas para alcanzar el éxito.
¿Por qué recurriría Dalí al engaño de una manera tan extraña y audaz? Tal vez esa compulsión por engañar no se daba por sus extraordinarias facultades creativas, sino precisamente a causa de ellas.
“La imaginación”, escribió el filósofo francés Blaise Pascal en el siglo XVII, “es esa parte engañosa del hombre, esa maestra del error y la falsedad”. A lo que añadió: “No hablo de los tontos, hablo de los hombres más sabios”.
Parece como si Pascal tuviera algún problema con los artistas; de hecho, se adelantó a su tiempo al intuir algo de lo que, siglos más tarde, los investigadores hallarían pruebas: un vínculo orgánico entre la creatividad y el comportamiento deshonesto.
Lo que Pascal pasó por alto es que la creatividad no conduce intrínsecamente a una conducta poco ética. La creatividad es una forma particular de poder: el de ver nuevas posibilidades con mayor claridad que los demás.
Y, como cualquier otro poder, la creatividad suele utilizarse mal cuando no está al servicio de los demás. Por fortuna, existen formas de emplearla que realmente enriquecen nuestra vida y la de los demás.
Los investigadores han examinado detenidamente si las personas altamente creativas tienden a ser más o menos éticas que el promedio de la población. A primera vista, los datos están divididos: algunos estudios muestran una relación positiva, mientras que otros no muestran una asociación.
Sin embargo, un análisis más profundo de estos resultados aparentemente contradictorios revela una historia distinta. Los estudios que no muestran ninguna relación entre la creatividad y la conducta poco ética se basan en autoevaluaciones, mientras que la correlación positiva proviene de mediciones como la observación de comportamientos poco éticos por parte de terceros o en entornos experimentales.
En otras palabras, las personas creativas niegan ser poco éticas (¡qué sorpresa!) pero los demás las perciben como tales.
Un ejemplo de este patrón es un experimento psicológico de 2013 en el que se ofrecieron créditos académicos a estudiantes universitarios.
Se les sometió a una prueba de creatividad en la que debían encontrar una palabra que vinculara, mediante asociaciones, otras tres palabras aleatorias (por ejemplo, si las palabras clave eran caída, actor y polvo, una persona podría conectarlas con la palabra estrella). Luego se les pidió que evaluaran su propia integridad.
A estos ejercicios les siguió una encuesta tediosa para obtener el crédito, diseñada de tal manera que los participantes podían saltarse una parte sin ser detectados (o eso creían) y aun así afirmar que la habían realizado completamente.
Los que hicieron trampa en la encuesta obtuvieron calificaciones mucho más altas en la prueba de creatividad; sin embargo, los tramposos calificaron su propia integridad al mismo nivel que los que no hicieron trampa.
La creatividad y el comportamiento poco ético suelen mostrar una correlación más fuerte cuando, como se demostró en un estudio de 2017, las normas son vagas y difíciles de aplicar, en lugar de ser lo suficientemente claras e inequívocas.
Esto puede ocurrir en las relaciones sentimentales, donde las expectativas de exclusividad y fidelidad se dan por sentadas, pero no se explican claramente.
Las discrepancias en estas suposiciones pueden conducir a una, digamos, “ambigüedad creativa”. Si un artista o un músico te ha sido infiel, esto podría explicar el motivo (de hecho, poetas y artistas suelen tener más parejas sexuales que el promedio).
La falta de claridad en el abrumador millón de palabras que conforma el Código de Rentas Internas también podría explicar el problema de la “contabilidad creativa” en las declaraciones fiscales de algunas empresas.
Si la creatividad no solo es un don sino una forma de poder, entonces -así como “el poder tiende a corromper”, como dijo lord Acton- los humanos pueden verse tentados a hacer un mal uso de ella.
De hecho, podría discutir con lord Acton sobre si el poder es inherentemente corrupto, pero sé, gracias a la extensa investigación sobre el tema, que tener poder sobre otros sin duda puede estar correlacionado con un comportamiento poco ético, como hacer trampa.
Un rasgo de personalidad que vincula el poder creativo y la deshonestidad es el propio narcisismo.
En la autobiografía de Dalí de 1942 -que un asqueado George Orwell llamó más tarde “un acto de striptease realizado en luz rosa”- el showman surrealista se diagnosticaba con orgullo como narcisista, un juicio que cualquiera que tenga incluso una familiaridad pasajera con su vida encontrará difícil de refutar.
De hecho, el narcisismo está fuertemente correlacionado con muchas medidas de creatividad, así como con comportamientos poco éticos.
Las personas egocéntricas descubren que esta cualidad les ayuda a aprovechar su potencial creativo. Pero este mismo egocentrismo también suele volverlos egoístas y dispuestos a tomar atajos nada éticos para beneficiarse.
Sin duda, esto es un riesgo para las personas con poder creativo. Pero para los que resisten sus impulsos narcisistas y utilizan su creatividad para el bien de los demás, el resultado seguramente será ético.
Una forma de garantizar que estás utilizando tu poder creativo de manera ética toma prestada la técnica estándar de un emprendedor al someter cada decisión a una lista de verificación de condiciones.
Por ejemplo, una pequeña startup podría mantenerse enfocada en su misión asegurándose de que cualquier nueva oportunidad sea: 1) sostenible; 2) escalable; y 3) potencialmente rentable.
De manera análoga, utilizó un algoritmo ordenado para mi trabajo creativo (como esta columna) para garantizar que cumpla mis estándares éticos: 1) glorificar lo divino; 2) elevar a los demás; y 3) ser interesante para mí. Si un determinado trabajo solo cumple el punto 1, o 1 y 2, igual sigo adelante; pero si no los cumple, no continuaré bajo ninguna circunstancia.
La idea de establecer esos criterios es evitar que participe en un trabajo creativo que sea sarcástico, hiriente o indecente.
Lo que recomiendo: incluso si no te consideras “un creativo”, puedes utilizar este enfoque para hacer tu propio algoritmo de servicio ético y amor por los demás.
Dalí utilizó su prodigiosa creatividad para amplificar su propio prestigio, fama y riqueza. Su vida y obra estuvieron marcadas por el egoísmo, el comportamiento manipulador y las relaciones arruinadas.
Según todos los relatos, eso no terminó bien: en el momento de su muerte, estaba sumido en una depresión y alejado de los demás. A pesar de su evidente genio, Dalí no es alguien a quien emular en sus propios esfuerzos creativos, artísticos o de otro tipo.
Un modelo que prefiero es el antepasado catalán de Dalí, el arquitecto modernista Antoni Gaudí, que diseñó la hermosa basílica de la Sagrada Familia de Barcelona.
Católico, profundamente religioso, dedicó esta y otras obras a glorificar a Dios y enaltecer a las personas que las veían y usaban; El Vaticano está considerando el caso de la canonización de Gaudí.
Incluso Dalí admiraba y elogiaba las extraordinarias creaciones de Gaudí, pero siendo Dalí, no pudo resistirse a inyectar un pequeño y desagradable golpe dentro de sus elogios: “Los que no han probado su mal gusto magníficamente creativo son traidores”.