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La dicha de un ego más tranquilo

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Vivimos en una era de egos grandes. Los académicos han documentado un gran aumento desde finales de la década de 1970 en el porcentaje de personas con personalidad narcisista; una tendencia especialmente evidente entre los adultos jóvenes. Las redes sociales permitieron amplificar este rasgo por todos lados, hasta el punto de que en la actualidad existe toda una clase cultural de personas a las que llamamos influencers, dedicadas a proyectar su propia imagen a través de las nuevas tecnologías. Y esta nueva clase genera constantemente nuevos aspirantes a unirse a sus filas: de acuerdo con una encuesta, más de la mitad de los jóvenes actuales dicen que quieren ser influencers.

Una estructura de incentivos similar sustenta nuestro sistema político impulsado por los medios. Si bien la política alguna vez atrajo a personas con una sólida ética de servicio público y virtudes tradicionales como la modestia y la humildad, hoy recompensa a líderes y activistas —tanto de izquierda como de derecha— que buscan el protagonismo y actúan por puro interés personal.

El auge de los egos grandes coincide con un deterioro del bienestar. La tasa de depresión en Estados Unidos alcanzó su nivel más alto jamás registrado. Las ciencias del comportamiento ofrecen una tesis que podría explicar lo que estamos viendo como resultado de lo que se ha denominado la “paradoja de la autorreflexión”.

Los científicos sugieren que enfocarse intensamente en uno mismo es un rasgo evolutivo, ya que confiere ventajas competitivas para el apareamiento y la supervivencia. Sin embargo, las investigaciones también han demostrado que estar tan enfocado en uno mismo es una fuente principal de infelicidad y desajuste personal.

Lo que parece estar ocurriendo es que desarrollamos una cultura y una tecnología que, combinadas, potencian al máximo este impulso primario de autorreflexión, llevándolo a un extremo poco saludable y antinatural que produce el efecto paradójico de arruinar nuestras vidas.

No sé adónde conducirá a nuestra sociedad esta sombría tendencia, pero sí sé que existen medidas para proteger el bienestar personal sin necesidad de desconectarse de todo y mudarse a un monasterio del Himalaya. A menos que eso sea precisamente lo que uno desea, el secreto para mantener la felicidad en medio de una cultura de egos grandes consiste en adoptar la estrategia opuesta: cultivar un ego tranquilo.

Ego tranquilo no es un término que inventara yo; dos psicólogos lo introdujeron en 2008. En investigaciones posteriores lo definieron como “una identidad propia que no se centra excesivamente en uno mismo ni en los demás, sino que incorpora a los otros sin perder el propio yo”.

Midieron el ego tranquilo mediante una encuesta en la que se pedía a los participantes que indicaran si estaban de acuerdo con afirmaciones como:

“Antes de criticar a alguien, intento imaginar cómo me sentiría si estuviera en su lugar” y “Para mí, la vida ha sido algo así como un proceso continuo de aprendizaje, cambio y crecimiento”.

Los investigadores descubrieron que las personas con un ego tranquilo mostraban una “identidad inclusiva” (pensaban en los demás y no solamente en sí mismas), “adopción de perspectivas” (veían las cosas desde el punto de vista ajeno), “crecimiento” (creían que podían mejorar) y “conciencia desapegada” (eran capaces de observarse a sí mismas con cierta distancia, una habilidad a la que me he referido anteriormente como “metacognición”); todo esto constituye lo opuesto a una concentración excesiva en uno mismo.

En un lenguaje menos técnico, el ego tranquilo conlleva las virtudes de la caridad, la humildad, la conciencia en uno mismo y la esperanza.

En otra colaboración, los mismos psicólogos que acuñaron el término de ego tranquilo descubrieron que, por lo general, este aumenta la felicidad. Se asocia con un mejor equilibrio del estado de ánimo, una mayor satisfacción con la vida y un sentido más profundo de propósito en la vida.

Esas cuatro virtudes ayudan a los que las poseen a llevarse bien con los demás, a no tomarse demasiado en serio a sí mismos, a comprender y manejar sus propias emociones y a visualizar el camino hacia un futuro mejor.

El ego tranquilo también posee cualidades protectoras, ya que permite a las personas afrontar eficazmente los problemas de la vida, incluso los más graves.

Los investigadores encontraron que poseer un ego tranquilo se asocia con la capacidad de crecer después de experiencias traumáticas, lo que se traduce en cambios psicológicos positivos como relaciones más sólidas, aprecio por la vida y una espiritualidad más profunda.

Diversos estudios muestran cómo esto puede aplicarse, por ejemplo, a madres que crían a hijos con discapacidad o a personas desempleadas que buscan trabajo.

Las investigaciones demuestran una correlación positiva entre el ego tranquilo y rasgos de personalidad como la extroversión, la amabilidad, la responsabilidad y la apertura a la experiencia.

Ninguna investigación llega a sugerir que un tipo de personalidad concreto sea incompatible con el “ego tranquilo”, con la posible excepción de la Tríada Oscura, que se caracteriza por altos niveles de narcisismo, maquiavelismo y psicopatía.

Sin embargo, es probable que el ego tranquilo surja con mayor facilidad en unas personas que en otras.

En un mundo de egos grandes y una infelicidad creciente, la estrategia contracultural consiste en cultivar un ego tranquilo.

Esto comienza por cuestionar gran parte de la sabiduría popular, la cual nos dicta que debemos dar prioridad a nosotros mismos sobre los demás, buscar “nuestra verdad” en lugar de la verdad, y percibir el futuro como algo sombrío sobre lo cual no tenemos capacidad de acción.

Incluso dejando de lado las conclusiones de las investigaciones, un simple vistazo a las estadísticas sobre el deterioro de la salud mental sugiere qué tan desacertada resulta esa sabiduría popular como guía para el bienestar.

Entonces, elabora una estrategia para adquirir las cuatro virtudes que conforman el ego tranquilo. Una forma en que me gusta hacerlo es a través de dos preguntas y dos afirmaciones.

La primera pregunta es: “¿Qué necesitan los demás que solo yo puedo ofrecer?” Esto me faculta para hacer lo que está bajo mi control en beneficio de las personas que dependen de mí.

Solo yo puedo desempeñar los papeles de esposo, padre y abuelo para mi familia —porque, por definición, ya ocupo esos lugares— así que me enfoco en cumplir esas funciones con generosidad y eficacia.

Del mismo modo, solamente yo puedo impartir mi clase y escribir mi columna hoy, por lo que me esfuerzo al máximo en realizar estas tareas.

Otras personas pueden seguir las noticias y quejarse del gobierno tan bien como yo; por eso, procuro dedicarles mucha menos energía y atención.

La segunda pregunta: “¿Qué aspectos de mi entorno mejorarían y cómo puedo contribuir a lograrlo?”. Esto implica examinar periódicamente mi ámbito personal y profesional en busca de áreas de mejora.

A veces, significa replantear mi agenda para asegurarme de que no interfiera con mi vida familiar (algo que es una tendencia constante para mí). Significaría pensar de forma creativa sobre qué tema o cuestión -que requiera atención pública- podría abordar en mis escritos o conferencias.

O bien, identificar alguna causa o actividad que deba apoyar altruistamente con mi tiempo o mi dinero.

Por último, la primera afirmación que trato de repetir a diario es: “Podría estar equivocado”. En realidad, me equivoco en muchas cosas; simplemente, aún no sé cuáles son.

La única forma de averiguarlo, y de acercarme más a la verdad, es mantener una actitud humilde: reconocer que, en cualquier ámbito sujeto a debate (y casi todo mi campo profesional de las ciencias del comportamiento lo es), podría estar equivocado; por tanto, debo estar abierto a puntos de vista alternativos y a nuevos datos.

Es fácil ver la utilidad de este enfoque para tranquilizar el ego: fomenta mi curiosidad en lugar de la susceptibilidad y hace que me interesen las opiniones distintas a la mía.

La segunda afirmación es: “Yo no soy mis emociones”. Es una manera de cultivar una autoconciencia desapegada, creando distancia entre mi sistema límbico (donde se originan las emociones) y mi corteza prefrontal (donde tomo decisiones conscientes).

Mis emociones son información sobre amenazas y oportunidades percibidas, no una guía para evaluar mi vida o decidir cómo actuar. Cuando me despierto sintiéndome decaído, no soy una persona triste; soy alguien que probablemente durmió mal y necesita ir al gimnasio para recuperar el equilibrio. Esto me otorga control sobre mis sentimientos, en lugar de que ellos me controlen a mí.

Una última reflexión: tal vez descarté demasiado rápido la opción del monasterio en el Himalaya. Existe una corriente de pensamiento que defiende las virtudes de carecer por completo de ego.

Esta idea sustenta la doctrina budista del anātman: la comprensión de que el yo individual es una ilusión pasajera.

Según esta filosofía, lo que percibes como tu esencia no es más que una melodía efímera en la canción de la vida, que ocupa su lugar junto a todas las demás melodías.

Un ego tranquilo es una forma de silenciar la cacofonía de un mundo dominado por el ego. No hace falta llegar a la abnegación budista de ausencia total de ego, pero sin duda puedes disfrutar de la armonía y la felicidad que aportará un ego en calma.

Braulio Montes
Braulio Montes


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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