Cultura

El gran pastor

  • 30-30
  • El gran pastor
  • Fernando Fabio Sánchez

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Diez días después llegamos a una isla —dijo Odiseo al rey de Feacia—. 

Recogimos agua y preparamos de comer cerca de las naves. Entonces dos hombres y un esclavo se internaron para explorar.

Encontraron seres humanos: lotófagos inofensivos, quienes compartieron la delicia de la flor de loto.

Al primer bocado, decidieron no regresar. Querían quedarse allí, comiendo pétalos de loto con los habitantes de la isla.

Tuve que ir por ellos y arrastrarlos; mientras, lloraban. Al final, los amarré en el interior del barco. 

Ordené a los demás que subieran a bordo sin probar el loto. Recordando todavía nuestro destino, sujetaron los remos, uno junto a otro, y azotaron la superficie grisácea del mar.

Nos acercamos a otra isla con montañas y cuevas. Arroyos de agua dulce corrían entre los álamos.

Rodeados del rosicler de la aurora, cazamos cabras que las ninfas, hijas del gran Zeus, enviaron desde las montañas. Comimos y bebimos, sentados en la playa hasta el atardecer.

Un arroyo que se adentraba en la isla nos mostró una columna de humo. Escuchamos el balido de cabras y ovejas.

Por la mañana, partí en mi barco con un puñado de hombres hasta una cueva cubierta por laureles. Allí estaban los animales.

Frente a la cueva había un patio con una gran piedra, altos pinos y robles frondosos.

No podía ser más que la morada de un hombre grandísimo que pastoreaba sus rebaños solo; un ser que no se alimentaba de pan como nosotros, un gigante tan alto como una cumbre boscosa.

Tomé una alforja de vino que me había entregado el sacerdote de Apolo por haber salvado a su esposa e hijo. Era tan intenso que lo debía diluir en agua. 

Pero mi instinto me indicó que podría conocer a un hombre de coraje, salvaje, que no siguiera las reglas.

Doce de mis hombres y yo entramos en la cueva. Había cajas de madera llenas de queso y corrales atestados de corderos de todos los tamaños. 

Vimos también tazones y cubetas, repletos de suero de leche.

La tripulación me rogó:

—Tomemos algo de queso y enfilemos los corderos hacia los barcos para navegar de inmediato en el agua salada.

Esa pudo haber sido la mejor opción. Pero me negué.

Quería quedarme para ver si el dueño de la cueva nos ofrecía regalos.

Encendimos fuego y realizamos un sacrificio. Comimos queso y esperamos, hasta que escuchamos que caía un tronco hacia la entrada y que los rebaños regresaban. Era la hora de la cena.

Nos encogimos, llenos de miedo, hacia el fondo. Y la criatura levantó la gran piedra para sellar la puerta.

Comenzó a ordeñar las cabras y ovejas. Luego encendió el fuego, echó un vistazo alrededor y nos vio.

—¡Desconocidos! ¿Quiénes son? —dijo.

Su voz, tan profunda y estruendosa, y su tamaño tan grande infundieron terror en nuestros corazones. Como pude, respondí:

—Somos griegos y venimos de Troya. Pero perdimos el camino a casa, como Zeus lo quiso. 

Ahora te rogamos que nos otorgues un regalo, como es costumbre entre anfitrión y huésped. Por favor, mi señor, respeta la ley de los dioses.

Pero él, impasible, contestó:

—Extranjero, no eres más que un tonto. Me pides que tema a los dioses. 

Pero mi gente no respeta a Zeus ni a ningún otro habitante del Olimpo. ¡Somos mucho más fuertes! ¿Vas muy lejos en tu hermosa nave?

Yo escuché con atención. El gigante me estaba poniendo a prueba. Respondí engañosamente:

—Poseidón provocó que naufragáramos en tu isla. Apenas pudimos sobrevivir.

El coloso no respondió ni tuvo compasión. Alargó su mano hacia mis hombres. Tomó a dos de ellos y los estrelló en las rocas. Había sesos por todas partes.

Les arrancó los miembros. Y, como un león en las montañas, devoró carne, vísceras y la médula de los huesos.

Nosotros levantamos los brazos para clamar a Zeus. ¿Cómo escaparíamos de aquella cueva?

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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