Cultura

Una navegación a pie

  • 30-30
  • Una navegación a pie
  • Fernando Fabio Sánchez

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El payaso instaló su bocina en la explanada del Bosque de Chapultepec, justo frente al hemiciclo de seis columnas, el Altar a la Patria. 

Era la tarde nublada de un miércoles cualquiera de verano.

Atrás se alzaba el Cerro de Chapultepec, coronado por el castillo que comenzó a construir el virrey Bernardo de Gálvez en 1785. 

Antes, el cerro había sido la base del primer intento mexica por fundar un altépetl bajo el mando de Huehue Huitzilihuitl.

El payaso saludó a quienes bajaban desde el Museo Nacional de Historia, en lo alto del castillo, por Juventud Heroica hacia Paseo de la Reforma.

Allí se elevaba la Estrella de Luz, erigida en 2010 para conmemorar el Bicentenario de la Independencia.

En el sexenio de López Obrador, los jóvenes se reunían ahí para fumar, convirtiendo el lugar en un espacio de tolerancia y de proclamas sobre el derecho a la tierra. Pero ya no estaban ahí.

Reforma hace una curva, viniendo desde el costado del Bosque de Chapultepec y la zona de los museos, y a la altura de Lieja comienza su tramo más famoso, para dirigirse en diagonal rumbo al centro de la ciudad.

Las bicicletas corrían con facilidad por la ciclovía, gracias al terreno inclinado.

Hoteles cinco estrellas y edificios de corte financiero ocupaban el espacio, orientados hacia el cielo.

Llegó la fuente de la Diana Cazadora, bella y atlética como siempre, custodiada por chorros de agua que no llegaban a tocarla.

A una misma distancia estaba el Ángel de la Independencia, dorado, visitado por turistas y circulado incansablemente por automóviles: el centro de una gran metrópoli.

Empezó a llover y el viento arreció. Al caminar por una de las jardineras, las corrientes volteaban los paraguas, por lo que era mejor dejarse mojar, sentir el tacto de los dioses.

El cielo se había vuelto azul cobalto, aunque seguía habiendo luz —un largo atardecer sin transición— y tronaba. Los dioses estaban allí.

A otro tramo igual, como una cicatriz estaba la Rotonda de los Desaparecidos, con la leyenda increíble: “+130,000 DESAPARECIDOS”, impresa con spray y una plantilla sobre cientos de fotografías.

Era un altar de sacrificio frente a la Bolsa de Valores. Una pizarra luminosa anunciaba al mundo los tipos cambiarios y el lema: “SOMOS CREADORES DE VALOR”.

Más adelante había otros antimonumentos que contrastaban con el centro comercial en Reforma 222, hasta la intersección con Insurgentes. 

Desde allí, las jardineras cambiaron obligando a los paseantes a caminar por las aceras más extremas, al pie de más edificios y hoteles.

Al llegar a la Lotería Nacional y el Caballito, la corriente continuó por la Avenida Juárez, escenario de cantantes de rock, baladas y muchas más para diversos gustos.

También vendían ropa en mesas —playeras de la selección—, a lo largo de la Alameda, pasando el hemiciclo a Juárez, el Barrio Chino en la otra acera, hasta Bellas Artes en el Eje Central.

En el aparador de una librería se anunciaba la más reciente novela de Enrique Serna, “El dios hambriento”, que trata de la nación mexica hacia 1430.

El flujo siguió por la avenida 5 de Mayo, dejando atrás el Sanborns de los Azulejos, impulsado por la gente en medio de acordeonistas, vendedores, hombres que entregaban volantes, justo hacia el Zócalo y la Catedral.

La noche había caído en un recorrido de seis kilómetros y medio aproximadamente, del castillo a un zócalo cercado y custodiado por soldados y policías, ocupado por estructuras de metal —residuos del FanFest— y sin señal telefónica: ningún celular funcionaba allí.

En menos de dos horas, había navegado la misma distancia que los mexicas al huir de Chapultepec hacia los islotes donde fundarían su ciudad en el siglo XIV.

En aquel entonces, todo eso era el lago de Texcoco, y ahora había caminado donde hubo agua. 

¿Qué dirían los mexicas si asomaran sus ojos al futuro y vieran lo que hemos hecho con su lago?

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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