Cultura

La ofrenda del hambre

  • 30-30
  • La ofrenda del hambre
  • Fernando Fabio Sánchez

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A salvo de Escila y Caribdis —continuó Odiseo—, nos acercamos a la isla de Helios, dios del Sol e hijo de Hiperión. Allí pastaban sus rebaños.

Desde el barco de negras proas, escuché el mugido de las reses y el balido de las ovejas. Les dije a mis hombres con pesar:

—Amigos, sé cuánto hemos aguantado. Pero escuchen: Tiresias y Circe me dijeron que debíamos pasar de largo, pues un gran peligro nos espera allí.

Mis palabras los desanimaron. Euríloco me dijo, enojado:

—No eres justo con nosotros, Odiseo. Tú pareces muy fuerte y nunca te cansas. Quizá estés hecho de hierro. Pero el resto de nosotros necesitamos descansar y dormir.

»Estamos exhaustos y no quieres que desembarquemos para preparar una deliciosa cena en esa isla.

»Nos has ordenado seguir navegando en el océano neblinoso. En la noche, aparecen tormentas salvajes que hacen las naves naufragar.

»¿Cómo evadir el viento del norte o del oeste, que puede rompernos, independientemente de la voluntad divina?

»Permite someternos a la noche. Permite echar anclas para cocinar junto al barco. Ya al amanecer embarcaremos para continuar en mar abierto”.

Cuando Euríloco terminó, los otros hombres le dieron la razón. Parecía que un espíritu tramaba nuestro fin. Respondí:

—Euríloco, yo soy solo uno, y ustedes muchos. Me estás forzando a cambiar de opinión.

»Júrenme solemnemente que, si encontramos algún rebaño de vacas u ovejas, no serán tan tontos como para matar un solo animal. ¿Está claro?

»Solo coman de las provisiones que nos dio la inmortal Circe”.

Todos juraron como ordené. Entonces nos acercamos a la costa, cerca de un arroyo de agua dulce.

Los hombres desembarcaron y cocinaron la cena. Luego de sentirse satisfechos de comer y de beber, lloraron por los compañeros muy queridos, que Escila había arrancado del barco y se había comido.

Las estrellas se desvanecieron en el cielo, y Zeus elevó una tormenta que cubrió la tierra y el mar con una niebla espesa.

Cuando los dedos rosicler de la Mañana aparecieron, arrastramos el barco hacia una cueva, lugar donde danzan las Ninfas, y lo resguardamos de la tormenta.

Les recordé a mis hombres:

—Tenemos provisiones en el barco. Así que no toquen los rebaños. Pertenecen a Helios, el gran dios del Sol, que todo lo ve y todo lo escucha.

Aceptaron en contra de su voluntad.

Pero por un mes entero el Viento del Sur nunca dejó de soplar. No soplaron otros vientos que los del Sur y del Este.

Mientras los hombres tuvieron provisiones, dejaron en paz a las vacas. No obstante, cuando la comida se acabó, necesitaron cazar.

Usaron ganchos para atrapar peces y aves, o cualquier cosa que pudieran. El hambre avanzaba en sus vientres.

Me aparté para orar. Quizá uno de los dioses me mostrara el camino de regreso a casa. Crucé la isla, me lavé las manos y me cubrí del viento. Un sueño dulce se apoderó de mis ojos.

Mientras tanto, Euríloco propuso a los demás:

—Escuchen, amigos. Ya hemos sufrido demasiado. Pero morir de hambre es la peor de las muertes.

»Elijamos lo mejor de este ganado, y sacrifiquémoslo a los dioses. Si regresamos a Ítaca, le construiremos un templo al dios Sol.

»Pero si Helios decide destruir nuestro barco, prefiero beber el agua del mar y morir que perecer lentamente en esta isla desierta”.

Los demás estuvieron de acuerdo. Eligieron a las reses que pastaban junto al barco. Se reunieron alrededor y oraron.

Luego las mataron, las despellejaron y cortaron los muslos para untar grasa en los huesos. 

No tenían vino para verter libaciones sobre la ofrenda que ardía, pero lo hicieron con agua.

Cocinaron las vísceras y cortaron pedazos de carne para insertarlos en pinchos.

El dulce sueño se disipó de mis ojos. Regresé con urgencia al barco. Cuando me acercaba, percibí el olor a carne pasada por el fuego.

Gemí y le dije a los dioses:

—Oh, Zeus, me cegaste con el sueño mientras mis hombres realizaban estos actos terribles.

Helios ya le había dicho a Zeus que sus vacas habían muerto y le pidió que castigara a mis hombres. De lo contrario, se hundiría en el Hades para alumbrar solo a los muertos.

Zeus le respondió:

—Helios, sigue brillando sobre inmortales y mortales. Pronto azotaré el barco de Odiseo con un rayo y flotará en pedazos en el mar oscuro como el vino.

La profecía comenzaba a volverse realidad.

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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