La partida del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, esta semana, ha hecho que esas memorias se agolpen, no como meras anécdotas, sino como fundamento de la identidad política que abracé desde entonces.
Sirva este texto para agradecer al ingeniero, y también a Porfirio Muñoz Ledo, el legado que entregaron a toda una generación.
Ellos, junto con Ifigenia Martínez, abrieron un hueco en el techo de la historia mexicana, ese techo que hasta entonces impedía imaginar una política sin el Partido Revolucionario Institucional (PRI).
De todas sus aportaciones a la democracia, esa fue la más relevante: volver mortal al PRI o, cuando menos, derrotable.
Aterricé en la Facultad de Derecho en el verano de 1987, cuando la UNAM vivía una revuelta muy estimulante: no era posible pasar de largo sin sentirse atraído por aquel debate y su movilización.
Los fundadores de la Corriente Democrática fueron recibidos con entusiasmo y, junto con otros estudiantes, participé en varias reuniones donde su voz se escuchó fuerte. A Porfirio ya lo conocía; al ingeniero me tocó descubrirlo entonces, a distancia.
Lo que mi circunstancia generacional me estaba haciendo vivir entró en conflicto con mi contexto familiar. Muñoz Ledo mantenía amistad con mi madre, hermana del presidente Miguel de la Madrid; se habían conocido treinta años atrás, cuando los dos hombres también se hicieron amigos. Una vez que la relación entre De la Madrid y Porfirio se echó a perder, Muñoz Ledo decidió usar ese puente del pasado como correa de comunicación con el presidente y el azar me ubicó a medio camino.
Cuatro días antes de las elecciones del 88, fui testigo de la tensión de esa correa a raíz del asesinato de Francisco Xavier Ovando, encargado de coordinar la red de información electoral de la campaña del ingeniero.
Murió a balazos junto con su colaborador, Román Gil Heráldez. Fue un doble homicidio político que encendió la preocupación por la violencia que tocaba a la puerta de la historia nacional.
Al día siguiente, Muñoz Ledo me citó con urgencia. La conversación fue breve y, por su propósito, sorprendente. Me pidió que le llevara un mensaje al presidente De la Madrid: si la violencia o el fraude se asomaban durante la jornada electoral, el movimiento que había logrado tanto en los meses previos no lo iba a tolerar. Recuerdo haberle preguntado, mientras tomaba nota mental, a qué se refería concretamente. Porfirio respondió que aquello toparía donde tuviera que topar. “Hasta las últimas consecuencias”, insistió.
El sol brillaba fuerte esa mañana de julio y yo me sentí atribulado por el mensaje que me tocaba comunicar. Esa misma tarde me recibió el presidente De la Madrid en su oficina de Los Pinos. Escuchó con parsimonia y se refirió a la muerte de Ovando como una tragedia. Aprovechó para aclarar que Muñoz Ledo no era la única voz del Frente Democrático Nacional y que confiaba en que Cárdenas actuaría con responsabilidad.
La tarde del miércoles 6 de julio de 1988, el fantasma del fraude encendió los ánimos. Un sistema que se calló cayendo, o que se cayó callando, sembró el porvenir con la pólvora de la ilegitimidad.
Si en aquellas horas Cárdenas hubiese coqueteado con la violencia para defender su triunfo, el país se habría incendiado y, en vez de conquistar la democracia, los bastiones del autoritarismo se habrían endurecido.
¿Reforma pactada o desconocimiento de las instituciones? Esa fue la disyuntiva principal.
A esa conversación se sumó el tercer candidato presidencial, Manuel J. Clouthier, que también denunció el fraude del 88, aunque desde otra perspectiva. No reconoció el triunfo de Cárdenas ni el de Carlos Salinas de Gortari. Sostuvo, en cambio, que a él le habían robado votos para maquillar la victoria del candidato del PRI por encima del 50 por ciento de los sufragios emitidos.
Clouthier y Cárdenas, no Salinas, trazaron la ruta para escapar del desastre. Con el mejor tino concentraron voluntad e inteligencia política en exigir un cambio radical de las reglas del juego electoral. Fue entonces cuando se propusieron, entre otras cosas, una credencial con fotografía, un padrón confeccionado desde cero y la separación de la autoridad electoral de la Secretaría de Gobernación.
Las bases de la democracia mexicana, tal como hoy la conocemos, son resultado de la responsabilidad que, sobre todo, Cuauhtémoc Cárdenas impuso como ritmo y rumbo después del descalabro del 88.
Si me atrevo a decir que el ingeniero marcó a mi generación, no es solo por la transformación del sistema que significó su candidatura, sino también por los valores que guiaron su actuación para que la democracia tuviera una oportunidad en México.
En noviembre del año pasado tuve la suerte de presentar un libro coordinado por Muñoz Ledo y publicado póstumamente. Compartí mesa, entre otras personas, con el ingeniero Cárdenas. Aquel último encuentro cerró una larga conversación cargada de respeto.
Lo que ahí se dijo y se escuchó resume un patrimonio que la muerte del ingeniero no borrará; al contrario, interpelará inevitablemente al futuro del país. Fiel a su trayectoria, el ingeniero lamentó que, en vez de atender las muchas críticas contra el gobierno, los dirigentes del presente le dieran la espalda a la conversación pública. “Se manifiestan también inquietudes válidas, y ahí es donde a mí me preocupa mucho que no haya diálogo”, advirtió.
Le preocupaba el deterioro de la educación y de los servicios de salud, y que no hubiera recursos para universalizar la seguridad social. Citó también la erosión de las comisiones de derechos humanos.
Sin desestimar los programas sociales, reclamó la ausencia de una política de creación de empleo formal y exigió una reforma fiscal que dotara al Estado de recursos para invertir en lo fundamental.
Democracia y diálogo, desde la izquierda y para el progreso de la sociedad: en esas cuatro ideas se resume su legado para el futuro.
Extrañaremos la presencia del ingeniero, pero no su herencia. Su responsabilidad a la hora de construir país, siempre con la propuesta por delante, habría de ser un referente ético del porvenir.