Augusto Monterroso escribió el cuento titulado “El eclipse”, en el cual un misionero se pierde en la selva del Nuevo Mundo.
Cansado y derrotado, con la memoria de haberse reunido alguna vez con Carlos V, quien en el convento de Los Abrojos le dijo que confiaba en su labor redentora, se sienta a esperar la muerte.
Pero fray Bartolomé Arrazola se despierta y está rodeado de indígenas con semblante indiferente, inmutable.
Entonces el hombre europeo, sabio en la mecánica celeste y en las lecciones de Aristóteles, con un idioma que iba a alcanzar grandes cúspides literarias y un proyecto imperial en las oraciones, piensa en una idea que cree magnífica.
—Si me matáis —les dijo a los indígenas— puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Pues había recordado que ese día iba a haber un eclipse solar.
No contaré el resto de la historia para motivar a los lectores a leer este relato que dice tanto en dos páginas.
Lo cierto es que la historia parece basarse en un hecho que los libros revelan como real y que Cristóbal Colón protagonizó en su cuarto viaje a las Indias.
Dice Niel deGrasse Tyson que el historiador Edward Drake narra que Colón amenazó a los pobladores de la Española con desaparecer la luna en lo alto. Colón sabía que un eclipse estaba a punto de suceder.
Resulta que los indígenas no producían suficientes alimentos como para que la tripulación almacenara provisiones para su viaje de regreso a España, y eso ponía en riesgo la lealtad de los marineros a su capitán.
Colón había compilado tablas de eclipses que contenían las fechas de los fenómenos lunares y solares, de hasta catorce siglos de antigüedad cuando Ptolomeo descubrió las fórmulas matemáticas para predecir la fecha de los eclipses, así como su magnitud y duración.
Ocurrió la noche del 29 de febrero de 1504.
Colón ordenó a un mensajero indígena que hablaba español que reuniera a la comunidad, pues deseaba comunicar un asunto de gran importancia para ellos.
Ya reunidos, el mensajero (ahora traductor) comunicó que los extranjeros (ahora dueños de todo) creían en el dios verdadero, creador del cielo y de la tierra.
Ese dios estaba enojado con ellos porque no habían alimentado, como debido, a sus fieles y afligidos emisarios.
De esa manera, estaba a punto de castigarlos con hambrunas y calamidades.
Como una prueba y adelanto de ello, Dios elevaría en el cielo una luna sangrienta. Ese era el símbolo de los castigos que estaban por venir si no cambiaban su comportamiento.
Salió la luna y el eclipse comenzó casi de inmediato. La imagen provocó miedo, consternación y arrepentimiento.
Los indígenas le suplicaron a Colón que le rezara a Dios para que no estuviera molesto con ellos.
Se comprometieron a traer los alimentos que los europeos necesitaban para el viaje.
Entonces el Almirante de la Mar Océana se encerró en su cabaña hasta que el eclipse llegó al cenit. Luego salió y dijo:
—He orado por vosotros y le he comunicado a Dios que seréis buenos. Alegraos, pues Dios los ha perdonado y la Luna recobrará su semblante eterno.
Quizá nosotros al leer lo que ocurrió aquella noche en el Caribe hace más de 500 años sentimos cierta indignación por el abuso de Colón de su conocimiento astronómico.
Lo cierto es que los indígenas del lugar no habían creado un sistema de memoria que les permitiera recordar que los eclipses de luna eran fenómenos recurrentes, temporales y propios de la naturaleza.
Tendrían que pasar los siglos para que Augusto Monterroso confiriera justicia poética a los hombres y mujeres de este continente y pusiera a fray Bartolomé Arrazola frente a un grupo de indígenas continentales.
Lea “El eclipse” de Monterroso y recupere la sorpresa de un final (de los astros) enterado.*
*Reflexiones sobre “Ciencia y guerra. El pacto oculto entre la astrofísica y la industria militar” (2018) de Neil deGrasse Tyson y Avis Lang.