Durante décadas, luego de la euforia de la democracia liberal y el capitalismo de mercado de los noventa, no faltó quien pensó que las identidades nacionales y el nacionalismo habían desaparecido. Francis Fukuyama y su fin de la historia nos anunciaban un mundo sin banderas ni lenguas extrañas, sino un mundo de vendedores y compradores, de ciudadanos y gobiernos responsables. El Imperio Romano se formó a base de guerras y eso concluía 1800 años después con la caída del Muro de Berlín.
Robert Kagan lo resumió en un brillante texto: el retorno de la historia y el fin de los sueños. Tras los años de la euforia liberal, las Torres Gemelas fueron desplomadas; el terrorismo islámico comenzó una guerra brutal contra Occidente; Estados Unidos invadió Iraq y Afganistán; Israel comenzó un genocidio contra el pueblo palestino luego de los ataques terroristas encabezados por Hamas en 2023; Rusia no cesa en su intento de anexionarse una parte de Ucrania. No es el mundo del hombre nuevo socialista, pero tampoco es el mundo del hombre consumidor que reniega de los símbolos nacionales y su identidad étnica.
El mundial es el símbolo más acabado de la vigencia de las identidades nacionales. De 2014 a la fecha, en los campos de fútbol: un dron voló con la bandera albanesa por el estadio en donde se jugaba el polémico Serbia contra Albania. El hecho provocó la pelea de los jugadores y la suspensión del partido que se volvió a jugar hasta 2025. En 2018, los jugadores suizos se unieron a la reivindicación albanesa (Xhaka y Shaqiri) celebrando sus goles con la doble águila que simboliza la bandera albanesa. En 2022, Irán no cantó su himno en protesta por la muerte de Mahsa Amini. Así podemos irnos a las guerras del futbol entre El Salvador y Honduras en 1990 o el encuentro entre las alemanas democrática y federal en 1974. El futbol siempre ha sido la política por otros medios.
El actual mundial que se juega en Norteamérica no deja de tener esos ingredientes. Escocia vuelve a un mundial después de 36 años. La “Flor de Escocia” sonó en los juegos de la nación de Saint Andrew. No sonó el God Save The King, sino la particularidad cultural y nacional de Escocia. O qué decir de Irán que no tenía sede clara hasta que se llegó a uno de los fallidos armisticios a horas de comenzar el mundial. O el mundo de las migraciones. Marruecos o Cabo Verde juegan con una amplia mayoría de jugadores que no nacieron en territorio africano. La mayoría vieron su primera luz en España, Francia o Portugal. Un mundial encierra tantas tendencias mundiales que se comprimen en noventa minutos.
México no es la excepción. Los terremotos o las catástrofes naturales y el futbol son de los poquísimos símbolos de unidad que tiene nuestro país. Las imágenes de los festejos en el Ángel de la Independencia o en la Minerva de Guadalajara son espectaculares. Es lamentable que hayamos tenido que contar hasta cuarto muertos en los festejos. Un recordatorio de nuestros bajos niveles culturales, educativos y sociales. Así como la perversa relación entre los festejos y el exceso en el consumo de alcohol.
Lo cierto es que el nacionalismo mexicano -y no lo digo peyorativamente- tiene elementos muy característicos: es un nacionalismo muy cultural, festivo, inclusivo, mestizo. Es un nacionalismo que se ha forjado en la derrota histórica. En las guerras perdidas, en los territorios erosionados, en la cercanía con Estados Unidos, en nuestra doble personalidad como latinos y norteamericanos. La identidad mexicana es muy compleja. No obstante, al igual que en la historia, es un nacionalismo que se construye desde la víctima. Por ello, las victorias futbolísticas, las obsesiones con el quinto o sexto partido son tan profundas. México no se reconoce como nación en la victoria.
El partido contra Inglaterra de mañana es, tal vez, el más importante desde aquel que enfrentamos a Alemania en 1986. La Selección podría paralizar por días a un país entero. Y el autoestima y la grandeza también se construyen desde el deporte si no pregúntenle a Estados Unidos o a la Unión Soviética. En el mundo moderno, el futbol es la guerra y la política por otros medios. Que el mexicanos al grito de guerra y el cielito lindo suenen más fuerte que el primer himno de la historia del mundo: God Save The King.