Cultura

Origen del clientelismo

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Luis M. Morales

Como pudimos constatar el 6 de junio, el voto clientelar sigue determinando los resultados electorales en México, pues una buena parte de la población sólo percibe diferencias entre las fuerzas políticas por su mayor o menor largueza en el reparto de dinero, despensas, materiales de construcción, becas o pensiones que alivian los estragos de la miseria, pero no sacan de la pobreza a nadie. Para desmentir el supuesto carácter transformador del clientelismo practicado a gran escala (un gran salto al futuro, según la propaganda oficial), considero pertinente recordar cómo surgió en la antigua Roma esta manera de granjearse la simpatía de los electores.

En la Roma de los césares se llamaba clientes a los pequeños propietarios rurales empobrecidos por las deudas y las malas cosechas, que tras perder sus tierras emigraban a Roma en busca de la protección de los patricios, con quienes los unían lazos de paisanaje o de parentesco. Los patricios los socorrían a cambio de que votaran por ellos en los comicios para elegir senadores o jefes militares. El portavoz de los clientes en la sátira latina fue Juvenal, un moralista indignado que denunció tanto la soberbia de los patricios como el servilismo de sus parásitos.

En una epístola dirigida a Trebio, un cliente dispuesto a tolerar cualquier humillación, Juvenal describe cómo sobrevivía esta masa de limosneros manipulables. Cada mañana, los clientes hacían cola en las mansiones de los patricios. Tras una larga espera los pasaban al atrio donde recogían la espórtula, una cestilla con la limosna que se dignara darles su benefactor, generalmente diez sestercios por cabeza. Cuando el patricio invitaba a un cliente a su mesa, los criados le servían platillos y bebidas de calidad inferior a los del anfitrión. La hostilidad de los esclavos que los atendían contrastaba con su deferencia hacia el patricio, que muchas veces cumplía esa obligación social a regañadientes, sin dignarse cruzar palabra con el cliente. “Nada tiene de más cruel en sí la infeliz pobreza que el hacer ridículos a los hombres”, lamenta Juvenal y con ardiente indignación increpa a Trebio: “Si eres capaz de soportar este trato, te lo mereces”.

A diferencia de Horacio, un escritor satírico hedonista y frívolo, que había triunfado en sociedad y se codeaba con Octavio César Augusto, Juvenal militaba en el bando de los perdedores y sus burlas tienen un regusto amargo, que prefigura el rencor social de algunos personajes de Dostoyevsky, el explorador más incisivo de las almas atormentadas. Como el protagonista anónimo de Memorias del subsuelo, un empleadillo indignado por el menosprecio de la casta superior, a quien le duele más la arrogancia de los señoritos que su pobreza, Juvenal contrapone a ese menosprecio una destreza verbal y una fineza de espíritu que ningún oligarca tendrá jamás.

Pertenecer a una clientela política no demerita a ningún ser humano, pero como todos los hombres aspiramos a vivir de nuestro trabajo, cualquier gobierno preocupado por el bienestar general debería entender que este paliativo de la miseria no convierte en prócer a quien lo regentea con fines electorales, ni debería eximir a la sociedad de crear más riqueza y repartirla mejor. En México, por desgracia, los partidos que enarbolan los ideales justicieros de la Revolución se dedican de tiempo completo a imitar con dinero ajeno la interesada munificencia de los patricios. El PRI perdió el poder, entre otras razones, porque la cúpula gobernante desangró, mediante la Estafa Maestra, el presupuesto asignado a la Sedesol para aliviar las carencias de los pobres. La promesa de practicar un clientelismo honesto, donde los recursos públicos lleguen de verdad a la población, llevó al poder a Morena. Pero suponiendo sin conceder que la burocracia ya no se quede con la mayor tajada del pastel, el desatino de convertir la caridad pública en el pilar de la política económica, a la manera de Perón en Argentina o de Chávez en Venezuela, no sólo nos condena al subdesarrollo eterno: también puede lastimar el orgullo de muchos clientes.

Algunos politólogos sostienen que la democracia sólo funciona con relativa eficacia en países ricos donde la mayoría de la población pertenece a la clase media, pues de lo contrario, el votante no goza de libertad plena para elegir entre las opciones políticas. Como la democracia mexicana tardará mucho en vencer ese hándicap, sería deseable reemplazar el clientelismo por la Renta Básica Universal, como propuso Ricardo Anaya en la campaña electoral del 2018. La transformación de la caridad pública en derecho a la subsistencia impediría que los partidos utilicen los programas sociales con fines políticos. Los patricios en el poder no quieren aceptar ese necesario avance, pues con él perderían su aureola de redentores.


Enrique Serna

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Enrique Serna
  • Enrique Serna
  • Escritor. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Ha publicado las novelas Señorita México, Uno soñaba que era rey, El seductor de la patria (Premio Mazatlán de Literatura), El vendedor de silencio y Lealtad al fantasma, entre otras. Publica su columna Con pelos y señales los viernes cada 15 días.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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